Ultimas críticas musicales. Las críticas de espectáculos musicales de Gonzalo Alonso se publican también en "La Razón".
Goerne, bella monotonía
02-02-2010
XVI Ciclo de Lied
Bella monotonía
Lied de Schubert. Matthias Goerne, barítono y Alexander Schmacz, piano. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 1 de febrero
Matthias Goerne parece haber sacado abono al ciclo de lied de la Fundación Caja Madrid, con nada menos que once presencias en sus dieciséis ediciones, si bien en esta ocasión se ha traído un pianista debutante, Alexander Schmacz, que no ha desmerecido de sus anteriores acompañantes.
Con más peso y aspecto de haber perdido la maleta y tenido que salir al escenario con lo puesto, desgranó un programa monográfico Schubert que no respondía a ciclo alguno, pero que mantenía, sobe todo en su primera parte, un mismo tono vital. En el enorme repertorio liederístico schubertiano hay mucha mayor variedad musical del que ofrecieron los dos artistas. Ello se tradujo en una más que evidente monotonía, por cuanto además Goerne no puso la carne en el asador en ningún momento. Cantó sin forzar lo más mínimo, ni siquiera en ese “Canto en la vejez” de profunda y hermosa belleza, buscando afanosamente en el armario de las medias voces y algo engolado. Este enfoque, junto con la incoherente capacidad para permanecer señorialmente sobre el escenario, se tradujeron en una cierta afectación que perjudicó la siempre imponente línea canora.
El público se fue desinflando a pesar del mayor colorido de la segunda parte, con el conocido “An Sylvia” como concesión, y tan sólo logró colocar dos propinas. No hay duda del gran liederista que es Goerne, pero tampoco de que esta vez no ha sido su más brillante actuación en Madrid. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Montiel debuta como Carmen en Murcia
31-01-2010
“Carmen” en Murcia
Montiel debuta como Carmen
“Carmen" de Bizet. M.J. Montiel, J. de León, S. Puertolas, J.J. Frontal, C. Lavilla, M. Pardo, etc. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. Coro del Teatro Villamarta de Jerez y Orfeón Infantil Fernández Caballero de Murcia. F. López, dirección de escena. J.M. Rodilla, dirección musical. Auditorio Victor Villegas de Murcia. 30 de enero
Cuatro óperas de repertorio – “Tosca”, “Don Pasquale”, “Carmen” y “Flauta Mágica”- componen la temporada lírica de Murcia. ¡Cómo han cambiado las cosas en España! Ya no es sólo que haya estupendos locales, como es el caso del auditorio murciano de absolutamente envidiable acústica, orquestas o artistas, sino que hay también quienes se dedican a ensamblar convenientemente todo ello y sin quienes no sería posible una “Carmen" como la presente. Un esfuerzo inmenso para una sola representación con ensayos entre Jerez y Murcia. La producción, firmada por Francisco López y Jesús Ruiz Moreno, ha girado bastante gracias a su inteligente planteamiento. Los conceptos en “Carmen" son siempre discutibles. Aquí corresponden a lo tradicional, con algunas “moderneces” añadidas innecesariamente y perjudiciales en ocasiones. José Miguel Rodilla dirigió con tempos irregulares a una orquesta eficiente que rinde bastante más que los coros.
El mayor atractivo del cartel lo componía la pareja protagonista. Maria José Montiel está en plena madurez vocal y el papel le viene como anillo al dedo. Ya sabíamos que la habanera es especialidad de la casa pero en el aria de las cartas, que supone siempre una piedra de toque, mostró su precioso centro y sus notables capacidades dramáticas, desarrolladas plenamente en el dúo final, con un Jorge de León también pletórico. Montiel, a pesar de ser su debut español, es una gran Carmen vocalmente y lo será también escénicamente cuando coincida con un director que pula más personaje y entorno. Sucederá así con Bieito en el Liceo. De León es un tenor lírico puro, con una voz importante, llamado a ocupar un buen lugar en el escalafón lírico. Cantará un par de Chenier en las próximas representaciones del Teatro Real. Soledad Puertolas convenció plenamente como Micaela, imprimiéndola la dulzura que se requiere. Juan José Frontal abordó con línea un papel que no es el más adecuado para su voz, más de barítono lírico que de bajo-barítono, contando con la ayuda de las tijeras en el tenso dúo del duelo. Cecilia Lavilla y Marina Pardo son siempre nombres reclamo en un reparto.
Una representación recibida con entusiasmo que obliga a meditar sobre la ampliación a dos funciones de alguno de los títulos de la temporada. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Gardiner, multado con seis puntos por exceso de velocidad
29-01-2010
Gardiner en Ibermúsica
Un Beethoven trasgresor
Obras de Beethoven. María Joao Pires, piano. Coro Monteverdi y Orquesta Sinfónica de Londres. John Elliot Gardiner, director. Auditorio Nacional. Madrid, 27 y 28 de enero.
Vaya por delante mi admiración por Gardiner, uno de los directores cuyos conciertos procuro no perderme nunca. Vaya también por delante la contenida reacción del público tras el “Concierto para piano n.2” y, sobre todo, la “Sexta” en la primera jornada y la explosión jubilosa tras la “Novena”. Sin embargo no puedo compartir en modo alguno el concepto beethoveniano expuesto en sus dos últimos conciertos madrileños, aún admitiendo los múltiples detalles de interés.
Gardiner, que conoce bien el Auditorio, realizó diferentes colocaciones de atriles en ambos días, consciente de que los instrumentos situados en la parte trasera siempre proyectan más su sonido que los colocados en la delantera. Eso le funcionó bien. Sus lecturas se caracterizaron por la ausencia de vibrato en los arcos; la curiosa simultaneidad de sonidos pretendidamente historicistas con otros, como el de los timbales o las trompas mucho más modernos; con el abuso de “staccatos” en perjuicio del “legato” y por unos tempos de rapidez absolutamente imposible que, como decía mi maestro de cálculo infinitesimal y disculpen la expresión, obligaban a ir a los músicos, solistas y al buen Coro Monteverdi como “putas por rastrojo”. Podía intentarlo porque contaba con una agrupación de primero orden, porque con otra más normal habría resultado un desastre. Aún así hubo sus fallos, como las trompas al final del segundo tiempo de la “Novena”. La parte del tenor en la minimarcha con los platillos era irreconocible y es que Gardiner se dedicó a resaltar planos que nunca se escuchan y sumergió otros. Ganas de buscar una absurda originalidad. Al final, una “Novena” de infarto y la guardia civil a la salida para quitarle a Gardiner seis puntos por exceso de velocidad.
Mejor le fue con la “Pastoral”, porque los “staccatos” encajan con la escena de la tormenta y porque ofreció un tiempo lento de carácter haydiano y camerístico en el que todo sonaba pasmosamente diáfano. Maria Joao Pires mostró su clase en el segundo concierto y especialmente con su muy musical fraseo del adagio, aunque el acompañamiento de Gardiner volviera a resultar tosco. Para los abonados sin duda resultó curioso comparar la versión de la obertura “Egmont” tocada un par de días antes por la Filarmónica de Nueva York y la ofrecida por el inglés. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Zimerman, la perfección al teclado
26-01-2010
XV Ciclo Grandes Intérpretes
Zimerman, la perfección al teclado
Obras de Chopin. Krystian Zimerman, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 25 de enero
Krystian Zimerman (Zabrze, Polonia 1956) comunicó a última hora, como siempre, que en esta ocasión abordaría un programa monográfico centrado en Chopin e incluso anunció el contenido básico: las sonatas 2 y 3, a las que en Madrid añadió para completar las mismas piezas que en Oviedo: un nocturno, una barcarola y un scherzo.
Fue quizás éste, el “Scherzo n.2 en si menor”, donde el extraordinario pianista polaco alcanzó el súmmum de una velada inolvidable, como casi todas las suyas. Fueron diez minutos prodigiosos a los que no se podía poner objeción alguna. Sí cabe sólo al criterio de concluir el recital con una barcarola, cuando lo más serio habría sido terminar con la tercera sonata. Zimerman estaba de excelente humor. Dedicó su actuación a su admirada Alicia de Larrocha y no le molestaron ni las toses ni una puerta de acceso que chirrió un buen rato.
Ambas sonatas no pueden tocarse con mayor perfección, aunque ciertamente plantease lecturas que algunos pudieron tachar de un tanto personales. Esto último simplemente porque las indicaciones dinámicas se siguieron con exactitud y, por ejemplo, los fortes de la “Marcha fúnebre” eran auténticos fortes. O porque Zimerman es uno de los contadísimos pianistas capaces de dar todo su ímpetu al primer movimiento de la misma obra que, no lo olvidemos, lleva la connotación de “Grave agitato”, al “Presto” del final o al “Molto vivace” del scherzo de la tercera sonata. A esa velocidad quizá incluso a algunos oyentes les sería más difícil escuchar todas las notas que al solista tocarlas.
Todos los espectadores hubimos de sufrir un absurdo por inoperante control de seguridad al acceder a la sala sinfónica por el hecho de que en la de cámara se hallaba la Reina. Y vienen a mi recuerdo sus lágrimas en el entierro de Don Juan en el Monasterio de El Escorial. Esa humanidad, esa nota emotiva en medio de la exactitud del protocolo, es quizá lo único que le falta a Zimerman, cuya perfección es tal que puede llegar a resultar distante. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
La NFilarmónica de Nueva York con Gilbert
25-01-2010
Ciclo de Ibermúsica
Melancolía, tristeza y tragedia
Obras de Haydn, Adams, Schubert y Berg. Orquesta Filarmónica de Nueva York. Alain Gilbert, director. Auditorio Nacional. Madrid, 24 de enero.
Expresa acertadamente González Lapuente en sus extensas y densas notas al segundo de los conciertos de la Filarmónica de Nueva York que el programa se encontraba “entrelazado a través de una extraña coherencia argumental en la que importa lo subjetivo y la aparente sencillez, la mezcla de los sensible y razonado , lo íntimo, lo trágico y lo triste”. Efectivamente el programa resultaba triste y hasta trágico y desde luego poco adecuado para desvelar claramente si el nuevo titular del conjunto se encuentra al nivel del mismo. Cuatro obras en la que la más larga era la “Incompleta” schubertiana y que se abría con la sinfonía n.49 “La Passione” de Haydn, para completarse con “El curador de heridas” de Adams y las “Tres piezas para orquesta Op.6” de Alban Berg.
Tanto Haydn como Schubert sonaron equilibrados, expresivos y la orquesta lució un espléndido sonido que culminaría potentísimamente en el Alban Berg, obra que resulta todo un lujo para una gira dado que requiere más de cien músicos para sus apenas veinte minutos de duración. Algunos de los espectadores, que llenaban totalmente la sala, abandonaron ésta entre Schubert y Berg, perdiéndose una portentosa interpretación. Seguro que Berg no les habría parecido tan “duro” como temían. Completaba el programa, en vez de un Bernstein que quizá habría satisfecho más a todos, una partitura de John Adams con un texto de Walt Whitman imposible de musicalizar, con frases como “Del muñón del brazo, de la mano amputada, quito el vendaje ensangrentado, elimino la piel muerta, limpio de pus y sangre…”. Al final, la composición no pasa de ser una tragedia light y la presencia de Thomas Hampson para recitar, más que cantar su texto, no deja de ser todo un desperdicio. La obra resulta además incómoda de tocar para la cuerda y muy especialmente para una trompeta que siempre se mueve en la zona más aguda de su registro.
La obertura “Egmont” coronó un concierto en el que Alain Gilbert (New York, 1967) causó una buena impresión, especialmente tras la “Segunda” de Sibelius de la jornada anterior, pero al que aún hay que escuchar con una gran obra de repertorio. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
“Lucia di Lammermoor” en Valencia
24-01-2010
“Lucia di Lammermoor” en Valencia
Habemus tenor
“Lucia di Lammermoor” de Donizetti. V.Stoyanov, N.Machaidze, F.Mrli, A.Antonio Poli, D.Randes, E.Cossutta, N.Lunar. Coro de la Generalitat Valenciana y Orquesta de la Comunitat Valenciana. G.Vick, dirección de escena. K.M.Chichon, dirección musical. Palau de les Arts. Valencia, 23 de enero.
El bel canto llegó a Valencia con “Lucia di Lammermoor”, la más bella entre las óperas trágicas de Donizetti. Posee dos emblemáticas y largas escenas para la pareja protagonista, amén de uno de los sextetos más famosos en la historia del género, arias, dúos y coros por doquier. Todo ello combinado con una importante sustancia dramática que, si bien explota en la célebre escena de la locura, cierto es que apenas desde el inicio se presenta como violencia de género de un hermano a una hermana en la que al final sale malparado el pretendiente de ésta. Todo ello hay que saberlo reflejar.
El importante punto débil de estas representaciones es la dirección musical de Karel Mark Chichon, marido de Elina Garanza. Resulta lo más parecido a un tanque musical, aplastando toda la partitura. Sonidos fuertes, sin matizar o contrastar y ni una sola frase en la que se escuche algo más que unas notas altas. La orquesta suena bien y la flauta magnífica en su escena. La producción de Graham Vick, de carácter clásico y vista ya en el Real, aporta refinamiento y elegancia pero no llega a sumergirse en el drama sino que asiste a él como un espectador más.
Funcionan bien los personajes menos protagonistas, con un abaritonado pero correcto Raimondo y un sobresaliente Arturo de Angelo Antonio Poli. Vladimir Stoyanov cumple como Enrico sin mostrar especiales maldades o línea de canto. Nino Machaidze lleva ya una importante carrera a pesar de su juventud. Reúne una voz notable de ligera y posee las notas requeridas. Cosechó un gran éxito pero, con el papel aún por acabar de perfilar, se encuentra lejos de admirar en las coloraturas como una Gruberova o de emocionar en su dramatismo como una Sills. La gran revelación del reparto es sin duda el tenor lírico Francesco Meli, que posee todo lo preciso para ser una de las grandes figuras del panorama futuro. Voz bella en toda su extensión, caudal, fraseo impecable, capacidad de comunicación… El futuro de la ópera pasa por él. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Un “Ernani” de carencias en ABAO
23-01-2010
Verdi en la temporada de ABAO
Un “Ernani” de carencias
“Ernani” de Verdi. A. Machado, D. Theodossiou, Z. Lucic, O. Anastassov. Orquesta Sinfónica de Bilbao. M. Znaniecki, dirección de escena. M. Elder, dirección musical. Palacio Euskalduna. Bilbao, 22 de enero.
“Ernani” (Venecia, 1844) es obra que se programa poquísimo en nuestros días, fundamentalmente por requerir, como decía Franco Corelli, cuatro leones para cantarla. Es uno de los ensayos generales más completos en toda la producción verdiana de la llamada “época de galeras” de cara a la gran Trilogía de 1851-53. Posee un coro de gran exaltación patriótica, aunque en Bilbao su texto pudiese no sentar bien a algunos, magníficas arias y por doquier circula la firma del gran Verdi. El dúo del acto segundo entre Carlos V y Elvira adelanta claramente aquel entre Germont y Violeta de “Traviata” y la misma música festiva de la boda es eco premonitorio de la de la fiesta del tercer acto de la citada obra. Además logra emocionar cuando se arranca con frases como “Y bien, yo la amo…” del bajo Silva o con concertantes como el final del acto tercero. Así pues hay mucho, pero mucho que disfrutar en esta partitura y se agradece que la ABAO la presente, como no podía ser menos, dentro del “Toda Verdi”.
Quien firma se lamenta de lo mismo que Rigoletto: ¿Por qué el pasado perturba aún mi mente?”. Mi primer “Ernani” -1972 en Verona- incluyó a Corelli, Ligabue, Cappuccilli y Raimondi. No he vuelto a escuchar uno igual. En 1982 fue en la Scala con Domingo, Freni, Brusón, Ghiaurov, Ronconi y Muti. Resultó un total desastre: a Plácido no se le oía, Brusón precisó de apoyo electrónico y Freni lloraba en su camerino en los entreactos, lamentándose de haberse equivocado de papel. Más tarde recuerdo otro en el Metropolitan con Pavarotti, Mitchel y Milness, de nivel aún inferior. No siempre los tiempos pasado han sido mejores, pero sí con “Ernani”. El mismo de la Scala sería hoy todo un éxito y es que no hay voces para ópera como ésta o como “Trovador”. Aquiles Machado, que ha adelgazado muchísimo y cuya voz suena fresca y bella, resuelve el papel con soltura, pero no puede hacer justicia a todas las exigencias del personaje. Dimitra Theodossiou se halla lejos de revalidar su fama. Estridente arriba e inaudible abajo, ofrece una Elvira debilísima. Zeljko Lucic cuenta con una buna voz, pero abusa del “forte”, cala en los momentos más líricos y la línea de canto carece de nobleza para Carlos V. Orlin Anastassov, que no acaba de redondear su carrera, sobresale sobre los anteriores en poderío.
Mark Elder plantea una lectura fiel a la partitura, con todas las repeticiones de cabalettas, y obtiene una razonable respuesta de coro y orquesta. Falla totalmente la puesta en escena dirigida por Michal Znaniecki. Recurre en los dos primeros actos a un rosetón en plano inclinado de 40 grados, que obliga a los artistas a preocuparse más por el equilibrio que por cantar. No hay dirección de actores ni de masas, el vestuario es incomprensible y todo lo que rodea a Carlos V –horrible peluca zanahoria- le convierte en un bufón en vez de un emperador.
A pesar de todo lo expuesto, quien escribe vibró una vez más en muchos momentos y es que la genialidad verdiana es capaz de superar todo. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
No basta una gran orquesta
12-01-2010
XXVI Festiva de Canarias
No todo lo es una orquesta
Obras de Webern, Mahler y Strauss. Thomas Quasthoff, barítono. Zubin Mehta, director. Auditorio de Tenerife, 11 de enero.
“Como decíamos ayer” no era un inicio tan triste como el de la primera parte de este concierto el más adecuado para abrir una cita festiva, pero sanos doctores tiene la iglesia. Las “Seis piezas para oquesta Op.6” de Webern supusieron un formidable avance en 1913, años increíbles para la música en los que convivían –tal y como apunta Guillermo García Alcalde en sus serias notas del programa de mano- tardoromanticismo, impresionismo, expresionismo y atonalismo. Aún hoy día, cien años después, suenan “demasiado modernas” para gran parte del público, que las aplude sin demasiado convencimiento, aunque las escuche en una versión tan impecable como la que tradujo Zubin Mehta aprovechando los mil y un extraordinarios mimbres de la Staatskapelle Dresden. Es además una obra que le viene como anillo al dedo al maestro hindú, puesto que exige un control total sobre una muy amplia orquesta, uno de sus puntos fuertes.
El programa continuó con el lujo de un Thomas Quasthoff cantando los “Kinderttenlieder” de Mahler, en los que brilló a excelente altura, especialmente por el sentimiento imprimido y la matización en todos los amplios contrastes emotivos de unas canciones que tentaron al diablo. Escritas con sus dos hijos en vida, poco más tarde moriría de difteria su hija Maria Anna. La voz del barítono alemán no sonó como otras veces, si bien siguen siendo admirables sus graves aterciopelados y la firmeza de unos agudos casi de tenor dramático. La culpa provenía de la acústica del auditorio de Calatrava, espectacular por fuera pero poco práctico por dentro, y ésta incidiría aún más en la siguiente obra de la noche.
La orquesta que presume e ser la más antigua del mundo tuvo muchas veces a Richard Strauss en su podio e incluso fue destinataria de varios de sus estrenos. El inicio del poema sinfónico “Así habó Zaratustra” lo conoce casi todo el mundo, aunque muchos menos sepan de qué van los compases que siguen a los que nos dejó Kubrick en la obertura de su “2001”. Los de Dresde volvieron a lucir la pastoso y suntuoso empaste de su cuerda, la dulzura de sus vientos -metales incluidos- los pianos etéreos y los fortes sin acritud alguna. Mehta se esforzó, con y sin batuta, para hacer toda una demostración de las sonoridades del poema. Conseguidas éstas a pesar de la distante acústica de la sala, quedaron más apagadas las dudas metafísicas que nutren su base. Hay auditorios en los que las diferencias entre una buena orquesta y una excepcional apenas se perfilan. El de Tenerife es uno de ellos. Gonzalo Alonso
“Como decíamos ayer” no era un inicio tan triste como el de la primera parte de este concierto el más adecuado para abrir una cita festiva, pero sanos doctores tiene la iglesia. Las “Seis piezas para oquesta Op.6” de Webern supusieron un formidable avance en 1913, años increíbles para la música en los que convivían –tal y como apunta Guillermo García Alcalde en sus serias notas del programa de mano- tardoromanticismo, impresionismo, expresionismo y atonalismo. Aún hoy día, cien años después, suenan “demasiado modernas” para gran parte del público, que las aplude sin demasiado convencimiento, aunque las escuche en una versión tan impecable como la que tradujo Zubin Mehta aprovechando los mil y un extraordinarios mimbres de la Staatskapelle Dresden. Es además una obra que le viene como anillo al dedo al maestro hindú, puesto que exige un control total sobre una muy amplia orquesta, uno de sus puntos fuertes.
El programa continuó con el lujo de un Thomas Quasthoff cantando los “Kinderttenlieder” de Mahler, en los que brilló a excelente altura, especialmente por el sentimiento imprimido y la matización en todos los amplios contrastes emotivos de unas canciones que tentaron al diablo. Escritas con sus dos hijos en vida, poco más tarde moriría de difteria su hija Maria Anna. La voz del barítono alemán no sonó como otras veces, si bien siguen siendo admirables sus graves aterciopelados y la firmeza de unos agudos casi de tenor dramático. La culpa era de la acústica del espectacular auditorio diseñado por Calatrava ésta incidiría aún más en la siguiente obra de Strauss.
La orquesta que presume e ser la más antigua del mundo tuvo muchas veces a Richard Strauss en su podio e incluso fue destinataria de varios de sus estrenos. El inicio del poema sinfónico “Así habó Zaratustra” lo conoce casi todo el mundo aunque muchos menos sepan de qué van los compases que siguen a los que nos dejó Kubrick en su “2001”. Los e Dresde volvieron a lucir la pastoso y suntuoso empaste de su cuerda, la dulzura de sus vientos, metales incluidos, los pianos etéreos y los fortes sin acritud alguna. Mehta se esforzó, con y sin batuta, para hacer toda una demostración de las sonoridades del poema. Conseguidas éstas a pesar de la distante acústica de la sala, quedaron más apagadas las dudas metafísicas que nutren su base. Hay auditorios en los que las diferencias entre una buena orquesta y una excepcional apenas se perfilan. El de Tenerife es uno de ellos. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Dresde en Canarias, una orquesta que toca sola
10-01-2010
XXVI Festival de Canarias
Una orquesta que toca sola
Obras de Brahms. Staatskapelle Dresden. Zubin Mehta, director. Auditorio Alfredo Kraus. Las Palmas de Gran Canaria, 9 de enero.
La crisis también ha llegado, como era lógico, al Festival de Canarias. Su duración y espectáculos se han reducido casi a la mitad, al igual que su presupuesto que ha pasado de siete millones a tres. Quizá no sea mal asunto concentrar actos para retomar el concepto clásico de festival en vez del de temporada corta. Un mes, una docena de conciertos con solistas, agrupaciones y directores de primer nivel se antoja suficiente. Lo que el Festival de Canarias no debe perder es su carácter esencialmente clásico, así como mantener la calidad, tal y como sucede en la presente edición. Thomas Quasthoff, Zubin Mehta y la Staatskapelle de Dresde suponen un gran pistoletazo de salida para una programación que incluye a la Filarmónica de Londres, la Orquesta Nacional Rusa, Dudamel, Pletnev, Jurowski, Lif Ove Andsness, Uchida, etc sin olvidar la atención al capítulo de estrenos, con obras de Laura Vega, Benzecry o Turnage.
Los conciertos de Dresde fueron apalabrados por Rafael Nebot, capitán de 22 ediciones del certamen, y mantenidos por sus sucesores Juan Mendoza y Candelaria Rodríguez. Alguno de ellos debería haber caído en la cuenta de que las “Seis piezas para orquesta Op.6” de Webern y las “Canciones a los niños muertos” son sin duda grandes obras, pero pecan de tristes para abrir un festival. Hubiera sido quizá más acertado empezar por el segundo programa, un monográfico Brahms, comentado a continuación.
El sonido de la Staatskapelle Dresden es esplendoroso en todas sus secciones, aunque podría resaltarse el lujo de la cuerda, justo algo fundamental en el tejido brahmsiano. La “Cuarta sinfonía” sonó portentosa, brillantísima y en ella se lucieron todos los instrumentistas, empezando por la flautista. Es una orquesta que toca sola y no dejó de percibirse. Brahms le va mucho más a la agrupación que al director, a quien le falta un punto de entrega. Mehta posee una gran técnica y controla la orquesta como pocos, pero esa facilidad perjudica a veces la profundización y la “Cuarta” requiería más alma en su magnífica sonoridad. Algo anodinas, por la misma causa, resultaron la “Obertura trágica” y, sobre todo, las “Variaciones sobre un tema de Haydn”. La danza de Dvorak regalada vovió a dejar asombrado al público que llenaba el auditorio. Poquísimas veces se puede escuchar con tal plenitud. Esto s una orquesta. Gonzalo Alonso
Gonzalo Alonso
Damrau en Grandes Voces del Real
01-01-2010
Damrau en Grandes Voces del Real
¡Viva la coloratura!
Obras de Mozart, Rossini, Ravel, Massenet y Bellini. Diana Damrau. Orquesta Sinfónica de Madrid. Jesús Lópz Cobos, director. Teatro Real. 23 de diciembre.
Tras una primera parte centrada en Mozart y en la que ni cantante, ni director, ni público se llegaron a encontrar, llegó la Rosina de “El barbero de Sevilla” y Diana Damrau se hizo con el teatro. Cantó muy bien la dificilísima y larga aria “Al destin che minaccia” de “Mitridate”, un punto por debajo de lo que es capaz el “Exsultate, jubilate” y con gran musicalidad y sentimiento la página de Pamina “Ach, ich fühl’s”. Quizá alguna parte de la audiencia había echado en falta esa Reina de la noche con la que tantas veces ha triunfado y bastante de más la “Kleine Nachtmusik” con la que López Cobos abrió el programa, pasando por alto que en estos conciertos la gente quiere escuchar la voz solista y no un atracón de orquesta y, además, un atracón aburrido. ¿Qué pintaban sus más de quince minutos en la presentación de Damrau? Absolutamente nada, como tampoco la “Pavana para una infanta difunta” de la segunda parte aunque, todo hay que decirlo, aquí sí se alcanzó un buen nivel musical. Por si fuera poco la “Maurerische Trauermusik” no era la pieza más adecuada para alegrar y caldear el ánimo.
Menos mal que tras la pausa salió Rosina con todo su garbo. Se escuchó “Una voce poco fa” un tanto exagerada en el fondo y en las formas. Demasiados gestos y demasiadas pirotecnias ornamentales. El aria queda mucho mejor en voz de mezzo, pero encandiló al público y desde entonces los aplausos se transformaron en ovaciones. Más agilidades en “Je marche sur Tous les chemins” de esa “Manon” que debutará pronto y, como colofón, una impecable escena final de “La sonnambula” belliniana, muy contenida la primera parte y con bravura la cabaleta.
Las propinas de Mozart, Massenet y Puccini acabaron de redondear una tarde de triunfo, pero todos esperamos en el Real a Damrau en una ópera completa. El próximo abril cantará en el Liceo “Rapto en el serrallo”. Gonzalo Alonso