En esta sección encontrarán opiniones enfrentadas sobre un mismo hecho, críticas opuestas a un mismo concierto... incluso diálogos entre Beckmesser y Gonzalo Alonso sobre distintos temas.
La opinión de los críticos sobre "El buque fantasma" en el Real
14-01-2010
Van apareciendo las críticas a "El buque fantasma" en el Real. Álvaro del Amo coincide curiosamente en su titular ""El barquito del fantasmita" con la opinión expresada a viva voz por Gonzalo Alonso a la salida del teatro "El holandesito perdido". He aquí las de del Amo para El Mundo, Arturo Reverter para La Razón, Vela del Campo para El País y González Lapuente para ABC. Por una vez casi todos de acuerdo, excepto en matices: ¿Cantó bien el coro o chilló? ¿La Senta fue excelente o light? Ya ven...
ABC
Buscando el
rumbo
Enesta temporada que el Teatro
Real dedica a lo femenino,
sube ahora al escenario Senta,
la protagonista en «El holandés
errante». Lo hace sobre
una puesta en escena que
viene del Liceo de Barcelona
y firma Àlex Rigola, quien hizo
así su primer acercamiento
al género, y senota. Demasiada
banalidad, algún detalle infantiloide
y poco misterio para
un planteamientoque pasa
de puntillas por la obra pecando
de obviedad. El bueno de
Wagner advirtió de este peligro,
pero siempre hay quien
prefiere no escucharasus mayoresy
arriesgarse. Luego pasa
lo que pasa.
A la propia Anja Kampe,
que da vida a Senta en el primer
reparto, le sucede algo
parecido, llegando justa al papel
y deletreando su balada,
que es tanto como añadir leña
al fuego de la llaneza. Debería,
por tanto, salvar la nave
Johan Reuter, el Holandés,
pero para ello sería deseable
un punto de autoridad
que no alcanza. De manera
que en este «Buque» todo corre
por cubierta con cierta rusticidad.
El coro Intermezzo se
esfuerza y hasta chilla, y Stephen
Gould, Erik, se destempla
y tensa la cavatina. Afortunadamente,
en medio de todo
ello, está Hans-Peter König
que pone las cosas en su sitio,
porque lo suyo es amor de
padre y una voz con materia
más afín al papel, principios y
corpulencia. Es decir, que
marca el rumbo.
Jesús López Cobos así lo
entiendeydeja que la orquesta
también suene con soltura.
Se esmera en la obertura, que
incluso se aplaude, busca recodos
en el primer acto, deja
que el segundo acabe desleído
como el escenario que tiene
ante sus ojos y hace crecer
el tercero para terminar brillantemente.
Aél sedebe buena
parte de lo mejor de este
«Holandés» al que, por razones
coyunturales, en el estreno
de ayer se le obligó a vagar
mar adentro. Alberto González Lapuente
EL MUNDO
El barquito del fantasmita
Ópera. La banalidad de este montaje degrada la furia romántica
'EL HOLANDÉS ERRANTE'
Autor: Richard Wagner. / Director de escena: Àlex Rigola. / Director musical: Jesús López Cobos. / Intérpretes: Hans-Peter König, Anja Kampe, Stephen Gould, Johan Reuter. / Escenario: Teatro Real. / Fecha: 12 de enero.
Calificación: **
El talento de Wagner compositor, aquí en el inicio de su esplendor, dibuja musicalmente un anhelo. Desde los primeros compases de la obertura nos advierte que va a hablarnos del ansia. Veremos una galería de personas inquietas. En tensión, al acecho, atormentadas por inquietudes complementarias, contradictorias, irreconciliables. A la orquesta se le exigirá un nerviosismo cercano al trance, el latido de la impaciencia a punto de desbordarse, la voz de alarma que anuncia un naufragio.
Jesús López Cobos así lo entiende y logra de la orquesta una versión vibrante en la exaltación y de reposada belleza cuando el ardor se remansa, para volver a encenderse poco después. La interpretación musical nos hablaba de las intenciones del compositor, difuminadas en las voces y la escena.
El talento de Wagner dramaturgo se basa en su habilidad para mezclar los más diversos estilos. Aquí acumula el cuento maravilloso, el drama burgués y el discurso filosófico. El primero nos presenta la leyenda del irredento salvado por la doncella mártir. El segundo narra la historia de una loca que se inventa un suicida para matarse ella también. Y el tercero nos propone inquietantes preguntas sobre el sentido del sacrificio, la definición de fidelidad y la dificultad de aceptar la vida en su modestia, su vacío y la monotonía de un horario laboral.
El director de escena tiene mucho, quizá demasiado, donde elegir. Ante la riquísima ambigüedad de la obra, Álex Rigola ha preferido quedarse fuera. El primer acto no comunica el brote terrible del buque fantasma en plena tormenta; se queda en un desangelado cruce de navíos. El segundo acto se ambienta en una cantina donde el coro femenino retoza infantilmente, hasta que Senta vuelve a cantar su balada, muy lejos del delirio desgarrador que la posee. En el tercer acto hay luces rojas, flacas diablesas desnudas, una coreografía de comedia musical y nada de la entrega al acantilado de la heroína.
Los cantantes parecen adecuados a los personajes, pero tampoco expresan la densidad ni la enjundia que exigen sus papeles. El novio, Stephen Gould, animoso como actor, resulta claramente insuficiente. Johan Reuter hace un Holandés voluntarioso pero de escaso mordiente. Casi indiferente parece la pobre Senta de Anja Kampe. Su padre, Hans-Peter König, podía alcanzar la rotundidad del marino avariento, pero se pasea como un vejete bonachón, que llega incluso a ofrecer un café al tenebroso viajero. Preocupa la mediocridad de funciones como ésta. Alvaro del Amo
LA RAZÓN
BAJO CERO
Wagner: “Der fliegende Holländer”. Johan Reuter, Anja Kampe, Hans-Peter König, tephen Gould, Nadine Weissmenn, Vicente Ombuena. Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica titular. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena: Alex Rigola. Coproducción Teatro Real-Gran Teatro del Liceo.
La historia de esta ópera, de 1842, fue recogida por Wagner de un libro de leyendas nórdicas de Heine. En la narración musical se combinan lo mágico, lo onírico, lo irreal, lo pensado y lo imaginado, con lo concreto, físico y descriptivo. Una mezcla de elementos que plantea no pocos problemas a los registas. Y que Rigola no ha sido capaz de resolver. De entrada, huye de lo poético y de lo trascendente y construye unos personajes prosaicos, exentos de grandeza. Es como si todo ellos fueran Daland que, en efecto, sólo mira el dinero.
En este sentido quizá sea un acierto situar la escena en una moderna fábrica de conservas noruega, Daland y Co.; lo que parece marcar la temperatura de la representación. El planteamiento inicial es hábil, con esa cubierta a la que se une, en una espléndida proyección, el navío fantasma. Pero luego, en momentos cumbre como el encuentro del Holandés y de la joven o el de las turbulencias tras la fiesta marinera, no advertimos imaginación, ni para el sentimiento amoroso ni para la fantasmagoría. Unos feos ventanales, en los que tienen lugar innecesarios subrayados, están de más. Como algunos detalles chuscos pretendidamente graciosos.
López Cobos llevó con autoridad la nave, aunque no impidió que en la obertura hubiera apreciables borrosidades. Su batuta firme, a veces seca y restallante en lo dramático, no tuvo ese sabor agreste que pide en ocasiones la partitura. Un aplauso para el coro, generalmente afinado y rotundo, que proporcionó los instantes de mayor reciedumbre y consistencia. Del reparto hay que destacar sobre todo a Anja Kampe, por belleza tímbrica –un hermoso tinte de lírica ancha-, por intención y calor, sólo un punto exenta de metal y con tendencia a abrir la emisión el agudo. Se comió literalmente a Reuter, que nos ha defraudado: hizo un Holandés exento de amplitud, pálido, gélido, pese a unas notas graves bien puestas. Gould fue un Erik gritón, sin lirismo, engolado; inaceptable. Buen instrumento de bajo el de König, sólido y oscuro, pero afina relativamente y no coloca arriba. Cumplieron sin más Weissmann y Ombuena. Arturo Reverter
EL PAÍS
EL PAÍS - Cultura - 14-01-2010
En su interesantísimo libro Romanticismo, una odisea del espíritu alemán (versión española en Tusquets, 2009), Rüdiger Safranski explora la pervivencia hasta nuestros días de "lo romántico", lo que redunda, entre otras muchas cosas, en una búsqueda permanente del misterio y en conferir categoría de extraordinariamente elevado a algunos aspectos ordinarios. Wagner, claro, aparece en sus páginas, en las que queda explicada con naturalidad la necesidad hoy de sus óperas. Alex Rigola ganó el Premio de Jóvenes Directores del Festival de Salzburgo en 2004 con Santa Juana de los mataderos, una obra de Bertolt Brecht, a la que ponía música hip-hop del grupo Black Eyed Peas y un pinchadiscos.
En una entrevista para EL PAÍS entonces manifestó que su escena preferida era una "proyección de Juana de Arco, de Dreyer, con imágenes superpuestas de Coca-Cola, MacDonald o El Corte Inglés como si fuesen las marcas comerciales las que llevasen a la hoguera a Juana". No es, por tanto, tan sorprendente que en su percepción de Wagner haya afirmado: "Tengo una moto Harley-Davidson, cuyo motor emite con fluidez sonidos en registros muy graves, a diferencia de los ruidos agudos de las motos japonesas. En esos graves constantes y en esa continuidad sonora hay algo que puedo relacionar con la música de Wagner".
La puesta al día escénica de los títulos de repertorio puede desembocar en unos resultados artísticos admirables o quedarse en la banalidad. Mucho me temo que en el caso de El holandés errante presentado conjuntamente por el Liceo y el Real estamos más cerca de lo segundo que de lo primero. En el montaje de Rigola y su equipo hay ocurrencias, pero no una lectura compacta y actual de la leyenda, por muy buenas intenciones de modernidad que la animen. Se desaprovechan las posibilidades escenográficas que la ópera brinda, hay una dirección de actores que no define la psicología de los personajes y una cantidad de gags gratuitos que poco o nada enriquecen el material de partida. Rigola tiene mucho talento, pero esta vez no ha llevado a buen puerto la embarcación.
El holandés errante es una ópera romántica hasta las cejas. El director de orquesta Felix Mottl decía que "por donde se abra la partitura te pega el viento en la cara". En la versión del Real o el viento está en calma o a lo sumo hay ráfagas racheadas. López Cobos es fiel a su estilo y plantea una versión ordenada, pero con dosis de pasión contenida. La orquesta hace lo que puede y el coro grita más de lo deseable. No le vendría mal un poco más de empuje al Holandés de Johan Reuter. Discutible el Erik de Stephen Gould y light hasta el amaneramiento la Senta de Anja Kampe, que dejó escapar sin pena ni gloria la fabulosa Balada. Se mantiene firme y musical Hans-Peter König como Daland. Con todo este panorama escénico y musical no se puede hablar, ni de lejos, de una buena representación de ópera. Lástima tratándose de un título tan admirable. Juan Angel Vela del Campo
Por una vez los críticos casi de acuerdo
01-01-2010
Por una vez los críticos casi de acuerdo
02-11-2009
Pues sí... por una vez, casi, casi...
ABC
Una caricatura
de «L’Italiana»
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
Puesto que el Teatro Real es de todos hay cierta lógica en ver un día a Lulú y otro a la Italiana. Al fin y al cabo es lo mismo. Philip Gossettt, especialista en temas rossinianos, dejó escrito que «por muy diferentes que puedan parecer, la Isabella de Rossini y la Lulú de Alban Beg tienen en común la misma facultad de seducir a los hombres». Aquel que dude del entrecomillado puede comprobarlo en el programa del Teatro de la Zarzuela de 1994. También en el que ahora edita el Real, donde «L’italiana in Algeri» se ofrece hasta el 18 de este mes. Nada menos que una «ópera normal», como bien señaló un espectador en el estreno de ayer.
Sin duda se refería a que en ella pueden escucharse detalles de noble y vieja cantabilidad en la magnífica voz de Vesselina Kasarova cuyas maneras algo sofisticadas, su oscura personalidad vocal y el dominio de la agilidad y la expresión la convierten en una protagonista única. Imponente el «Per lui che adoro» o «Pensa alla patria». También a Carlos Chausson, impecable en las maneras, el tono y el acento. Una vez más, una agradable garantía. Incluso, se admirará a Michele Pertusi, algo delgado pues le falta anchura, o a Maxim Mironov un tenor de admirable corrección y pusilanimidad.
Hasta aquí, de acuerdo con el buen espectador, quien, sin embargo, omitía algo interesante como es que esta ópera además de normal es «giocosa» y a poco que se haga con gracia hasta hilarante. Porque en este detalle se tuerce lo esperado ya que el maestro Jesús López Cobos de puro estilizar deja a Rossini en los huesos y temblando, lo que obliga a fijarse mucho para no desperdiciar el talento de tan notables intérpretes. Acompañados minuciosamente, eso sí, pero sólo acompañados. De ahí la mortecina sinfonía de entrada, los apagados concertantes, lo sosito que queda el Coro de la Comunidad o la inmensa tristeza del «Pappataci» que tantas alegrías podría llegar a proporcionar.
Los Comediants (Joan Font) lo saben y es en ese punto y en el «Pensa la patria» donde echan el resto de su talento escénico, aunque también midiendo las fuerzas y centrados en su estética colorista, cándida, evocadora e infantiloide. ¿Posible? Por supuesto, aunque le falte soltura en el movimiento escénico que tan buen resultado podría dar en el final del primer acto. De manera que, ya como cierre, únicamente queda añadir que de una aburridísima «Lulú» magníficamente representada hemos pasado a una divertidísima «Italiana» aburridamente resuelta. El público decide
EL MUNDO
ÁLVARO DEL AMO
Esta farsa desenfrenada, desvergonzada,con todos los ingredientes del más espumoso y tonificante refresco, comprobamos hoy que se adelantó a su tiempo. Lo bufo galopa valientemente hasta alcanzar algo así como la formulación
de un teorema, una ecuación festiva con dos incógnitas, la libertad y
la alegría. La velocidad de una invención pletórica cruza todas las barreras, se salta cualquier obstáculo; nadie echará de menos los sensatos ingredientes de una función convencional, como la coherencia psicológica o el respeto a
una mínima verosimilitud.
Aquí estamos en el terreno o, quizá mejor, en la estratosfera del delirio que se alimenta de sí mismo, paladeando la exactitud de las matemáticas e invitando al oyente espectador a, durante un rato, perder la cabeza, olvidarse de la mecánica sórdida de la realidad para identificarse, apabullarse, animarse
con la pirotecnia de tan fulgurante artificio. Drama jocoso lo llamó su autor, sin poder sospechar que sentaba las bases de formas futuras, como la opereta, la comedia musical, el cabaret, e incluso el teatro del absurdo. Este diamante, no precisamente en bruto sino tallado por un orfebre magistral, necesita una interpretación musical luminosa y dinámica, unas prestaciones vocales capaces de cumplir con la exigente partitura; asimismo, se presta a
un tratamiento escénico imaginativo, abierto a la travesura.
El montaje estrenado en el Teatro Real responde ampliamente a tales
necesidades. Jesús López Cobos comunica la música, recreándose en sus calidades melódicas, al tiempo que ejerce de firme y riguroso concertador,
tanto de una orquesta entregada como de un reparto donde abundan los conjuntos; las voces distintas suenan integradas en la endiablada complicación de la pieza sin perder la personalidad, la presencia y el brillo que corresponden a cada una. Cabe un brío más chispeante y distendido, pero nada
puede objetarse de una precisión que no renuncia en absoluto a la facundia
de lo festivo.
Joan Font y sus Comediants demuestran una gran sabiduría teatral; no fuerzan los fáciles recursos de lo bufo, no abruman con jueguecitos ni guiños inútiles; ofrecen un espectáculo que cabría llamar canónico, tomando a broma todo lo que allí aparece y desaparece, pues estrictamente nada sucede.
Los aludidos conjuntos, férreamente controlados desde el podio, son inteligentemente tratados escénicamente creando verdaderos
microcosmos de tensión dramática, que evitan la rigidez de unas figuras
que cantan en fila. Consiguen asimismo que el reparto actúe, desde la graciosa intención de los papeles más pequeños, bien servidos por las españolas Davinia
Rodríguez y Angélica Mansilla, hasta los protagonistas, cabales intérpretes.
Maxim Mironov es un joven tenor de tesitura muy adecuada para Lindoro; Carlos Chausson vuelve a apropiarse de personajes como éste, que resuelve con la
técnica del especialista; el Mustafá de Michele Pertusi tal vez habría
precisado una mayor contundencia vocal. Vesselina Kasarova hace una Isabella intachable, dúctil actriz y experta cantante que domina el secreto que explica el magnetismo irresistible de la despachada italiana: la combinación de un sólido registro grave con las acrobacias de la coloratura, o lo que es lo mismo, la mezcla de la fortaleza de carácter con la más exquisita feminidad.
LA RAZÓN
A falta de sal y pimienta
“La italiana en Argel” de Rossini. M.Pertusi, V.Kasarova, M.Mironov, C.Chausson, B.Quiza. D.Rodríguez, A.Mansilla. Coro de la Comunidad de Madrid y Orquesta Titular del Teatro Real. J.Font, dirección de escena. J.López Cobos, dirección musical. Coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, el Gran Teatro de Burdeos y la Huston Grand Opera. Teatro Real. Madrid, 1 de noviembre.
El Teatro Real profundiza en los contrastes con el segundo título de su temporada. Tras el drama de una mujer fatal como Lulu, llega la picardía de una fémina “sabelotodo”, que también da ciento y raya a los varones que la rodean, pero de otra forma y, desde luego, no termina destripada sino fugándose con el hombre que ama. De la música inquietante de la “Lulu” de Alban Berg se pasa a la amable y chispeante de Rossini y de la puesta en escena, un tanto sobria –inteligente pero ininteligible para neófitos-, al colorido de la escenografía de Joan Guillén y la comicidad que intenta crear Joan Font. Está bien que el público pueda degustar una u otra –¿y por qué no ambas?- según sus preferencias.
Podríamos decir que “La italiana en Argel” es la primera gran ópera cómica de Rossini como “Tancredi”, estrenada pocos meses antes (1813) lo es entre las serias. Era casi la predilecta de Stendhal. Año fructífero por tanto que encontraría remate cómico en “El turco en Italia” muy poco después y, a tres años vista, estaba ya “El barbero de Sevilla”. La partitura deslumbra por su ingenio y vivacidad en un alternar de difíciles arias con gran cantidad de concertantes en los que Rossini dejaba ya plena muestra de su personalidad, derrochando poderío en los fantásticos “crescendos” y “strettas”.
La escena mantiene como principal elemento de referencia el mar, ese mar que supone la única salida para regresar a la patria, evocada por variados detalles, como un cañón en forma de enorme botella de Chianti. Se trata de una puesta en escena con pretensiones de alegría y vivacidad sin acabar de redondearse ya que, sobre todo en el primer acto, le falta el salero que reclama la música pero, la verdad, es que en estos tiempos se agradecen luz y colorido. Los personajes se encuentran perfilados dentro de sus estereotipos, los cantantes actúan comedidamente y nadie del público tendrá necesidad de leer previamente un tratado filosófico para saber qué quería contar el director de escena.
López Cobos llevó la obra al disco en 1997, se sabe la partitura y la dirige con seguridad y precisión, si bien podría pedirse un mayor desenfado y chispa en la dirección de una orquesta y un coro a su nivel habitual Vesselina Kasarova es una baza que no cubre todas las expectativas, quizá porque no sea el papel más adecuado para una voz de su gravedad y entubamiento, si bien mejora mucho en la cavatina y el rondó. El Lindoro de Maxim Mironov peca de blandura a causa de un instrumento que correría mejor en un teatro de menores dimensiones. Michele Pertusi resuelve las muchas coloraturas de Mustafa, sin que se pueda evitar añorar los tiempos pasados de un Ramey. Afortunadamente hay en escena, en el segundo acto, alguien como Carlos Chausson, capaz de adueñarse de ella vocal y teatralmente en un Taddeo de lujo. Por su lado, tal y como expresa la parte, Elvira está a un paso de romper los tímpanos a Mustafá. Una representación amable que no complica ni produce deserciones, pero tampoco entusiasmos y que podía haber volado más alto Gonzalo Alonso