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Sir Roger Scruton

Esta semana  no va a ser un concierto el protagonista de la sección sino un libro. Es una publicación importante.

Sir Roger Scruton, 75 años, filósofo, ensayista incansable, músico, activista, es políticamente un conservador que ha asesorado al gobierno británico en los últimos tiempos hasta que sus polémicas declaraciones sobre el islamismo y su defensa de Viktor Orbán aludiendo a los ´invasores musulmanes’ que arrasan Europa le supusieron su destitución. Antimarxista declarado, muchas veces parece más buscar la polémica vía escándalo que defender posturas en exceso ultras. Su centrismo declarado, no obstante, se encuadra en un terreno que flirtea con el populismo. Es un cerrado defensor del Brexit. Scruton ha publicado multitud de ensayos sobre estética y arte, ha escrito dos óperas, un curioso libro titulado Bebo, luego existo, que reivindica la identidad a partir de la calidad de los vinos, y un ensayo sobre el Tristán wagneriano, Death-Devoted Heart, que todavía no ha sido traducido al castellano. Sí en cambio lo ha sido su aclamado How to Be a Conservative (Cómo ser conservador), de 2014, quizá su trabajo más conocido en España.

Con  estos previos, a nadie le debe extrañar que este El anillo de la verdad resulte ser un libro cuya militancia deba de ser examinada con lupa. Desde su propio título: les confieso que, una vez leído con toda la atención que merece su prosa, no he llegado a descubrir a qué verdad se refiere. La sustancia que encierra las palabras del señor Scruton es de una apabullante ilustración; está trufada  de  pasión y versatilidad,  y como el asunto al que sirve no se queda atrás en exuberancia y riqueza de oportunidades para la interpretación, el resultado es de una brillantez inmediata. Sin embargo, un libro así debe estar sujeto a una crítica desde fuera del incondicional wagnerismo que respira, si es que ello es posible, una vez más dada las laberínticas características del asunto tratado. ¿A qué militancia me refiero?

Es un libro escrito por un filósofo, y aunque las referencias musicales son abundantes y acertadas –y objetivas- queda muy claro a través de sus páginas que el terreno analítico en el que más a gusto se encuentra el autor es el de la interpretación del Anillo como un compendio  y una consecuencia de las corrientes filosóficas que influyeron en Wagner a la hora de escribir la epopeya. Aunque  también un análisis basado en el propio encuadre del ensayista en cada una de esas corrientes. Lo que, cuando se trata de Wagner, encierra unos cuantos peligros, entre los que no es el menos importante llegar a pensar que lo que declama su interpretación es la que quiso dar Wagner. En otras palabras: Scruton interpreta la filosofía wagneriana del Anillo utilizando como herramientas sus ideas personales acerca de los inductores: de Kant (maestro indiscutible de Scruton y padre espiritual de las ideas de Johann Gottleb Fichte); de Hegel, su sucesor; de los Jóvenes Hegelianos, hijos díscolos de la marca; de Feuerbach, de Schopenhauer… Pero también, siguiendo la secuencia, de Karl Marx. Claro, es embelesador pensar que los despropósitos en los que día sí día también se embarca Wotan; o que las decisiones del indolente y a la vez irascible carácter del bello Sigfrido, nunca bien comprendidas; o que el campeón del resentimiento por negación del amor sea todavía capaz de encontrar las suficientes bondades en el sexo como para engendrar una alimaña como Hagen; o que la mujer-walkiria Brunilda dirija una operación que es la antítesis de ella misma, etc., etc.; es embelesador, digo, que todo eso sea consecuencia de un tan largo y profundo estudio antropológico y cosmológico y no simplemente un genial acto de creación pura  y dura, producto de la imaginación literaria y del genio musical. Y punto. Scruton no lo ve así (lógico; no habría escrito este tocho si no), aunque es cierto que da cierto protagonismo a los detractores más sangrantes de Wagner. A Nietzsche o a Adorno. Pero nos  recuerda el pensamiento de estos en unas pocas páginas, reservando el resto del libro, o sea todo el libro, a hacer una cerrada defensa de la idea bajo cuya cúpula él se instala, eso sí, con un conocimiento exhaustivo de los temas: el hecho de que el Anillo haya sido el resultado de un pensamiento que va desde Feuerbach hasta Schopenhauer, lo que quiere decir que se trata de una obra que debe ser leída y entendida como un ensayo musical sobre un conjunto de verdades humanas como resultado de la transformación de una serie de mitos; un camino que va desde el mito al dios, y que acaba en el ser humano.  Esta es una línea muy recurrente, y hasta conservadora, a la hora de valorar la obra. Y contraria  a la marcada por aquellos que piensan que Wagner lo que hace es disfrazar de palabrería una música absoluta y cósmicamente inigualable. (La única referencia a un montaje concreto del Anillo que se hace en el libro es al de Chéreau: para ponerlo a parir).  Por ello este libro marca una perspectiva  analítica que no supone más que la prolongación de una discusión ya clásica: ¿Wagner poeta y después músico? o ¿músico con un añadido poético de bajo contenido?

El esfuerzo de Scruton  para definir una base teórica, que corone con éxito y buena recompensa aleccionadora, es muy importante. Y encomiable. Y admirable. Bien merece un reconocimiento. Scruton se comporta al escribir como un generoso apóstol de la causa wagneriana, regalándonos razonamientos y análisis que, si bien son a veces difíciles de seguir (como muchas veces sucede con las largas y repetitivas líneas declamatorias en el relato wagneriano), debemos de agradecer por la cantidad de ideas sugeridas acerca de las diversas relaciones y niveles que propone el Anillo. Los mundos de los dioses, de los semidioses, de los mortales, de las cotas de los universos en los que se sitúan, de la evolución  en cada uno de ellos, de sus roles; la forma de exponer las relaciones entre los símbolos, el oro, el anillo, la lanza, el yelmo, etc.; la disquisición acerca de los pactos, de la ley, de los contratos en que está enfrascado el dubitativo y a la vez autoritario Wotan; el análisis que se hace de los temas del resentimiento de Alberich, del motivo del poder, del de las manzanas (al que, acertadamente, otorga mucha importancia), del personaje  de la conservadora Fricka, del rol de los gigantes; la radicalidad defensiva de Loge, etc., etc., todo ello y mucho más es objeto de una fina disección filosófica que, ya digo, si bien acaba abatiéndonos por prolija e interminable, no deja de imponer.

Me ha parecido, por otro lado, muy apropiado extraer del estudio general al personaje de Sigfrido, regalándole a él solo un capítulo. Para  tratar de desvelar la contradicción más grande del Anillo, que es él mismo, y explicar muy elocuentemente que tal cosa sucede por, primero, el cambio de perspectiva que sufre Wagner al cambiar el proyecto inicial y, segundo, por la salvaje interrupción a que sometió la composición de la obra para escribir Tristán e Isolda y Los maestros cantores de Nuremberg. Quedan muy bien explicados los matices que van desde La muerte de Sigfrido hasta El joven Sigfrido: para Wagner, casi toda una vida; los años suficientes para enfrentarse al, en mi opinión, verdadero protagonista del Anillo, un  individuo que, en su búsqueda de la libertad, no repara en el precio que ha de pagar para no ya conseguirla sino solo entenderla: el uso sistemático no del engaño, como hace su abuelo, o del sexo, como su padre, sino de la violencia con el enano, con el dragón, con el dios y con la mujer que le hace conocer el miedo. Sigfrido va a ‘cargarse’ a todo el mundo. Todo un chicarrón.

Hablábamos antes de la militancia filosófica de Scruton al explicar la gestación del Anillo. Sería injusto, no obstante, no referirnos al soberbio resumen que hace del argumento, apoyado por la selección de los motivos conductores que se reproducen al final del libro (él mismo recomienda la página www.wagnerheim.com para poder escucharlo a golpe de ratón). Es decir, que, aunque como buen wagneriano conservador no llegue a proclamar a los cuatro vientos una y otra vez (como merece) que  la música de Wagner está a años-luz de su verborrea, no se priva de hundir sus garras analíticas en los recovecos musicales más ocultos de la obra, no otros que los delineados por los casi doscientos motivos conductores que él mismo selecciona. Pero, si bien eso es todo un mérito, no avanza más sobre la música; no se detiene en el portentoso e irrepetible mensaje sinfónico que envuelve al Anillo. Porque fuera de los motivos conductores hay vida; hay una estructura, un discurso sonoro (¡qué mundo sonoro!),  que es el alma, porque es el que hace pensar a los personajes, en incluso aquello que no dicen en la marca del texto. Scruton siempre muestra  más interés por ofrecer más claves filosóficas que musicales para sus interpretaciones. Y buen ejemplo de ello es el capítulo (soberbio) titulado ‘Historia y cultura’, un auténtico manual de instrucciones al respecto.  Al final del mismo nos cuenta que  es necesario detenerse en aspectos como la política nacionalista, el amanecer de la nueva Alemania, la teoría post kantiana del yo, la filosofía revolucionaria de los Jóvenes Hegelianos, la tragedia griega, las influencias de BeethovenAsuntos todos ellos solo esbozados ahí, pero de los que se echan en falta más noticias luego. Pero en fin, quizá eso habría conducido a otro libro, y seguramente no el que Scruton ha querido escribir.

Una última mención a la traducción de Juan Lucas. No conozco el original (aunque de poco me serviría), pero no quiero dejar de dar constancia de su más que evidente esforzado trabajo, tratándose de la traslación de un conjunto de ideas formuladas muchas veces de manera críptica y en clave altamente especializada en una materia en la que las palabras, los conceptos y las ideas se escapan entre nuestras neuronas, cada vez menos avezadas para la comprensión de este tipo de lenguajes. Enhorabuena. Pedro González Mira

SCRUTON, Roger: El anillo de la verdad. Editorial Acantilado. Traducción de Juan Lucas. 513 págs. 27,55 €.

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Recomendación: ‘Il Pirata’ en el Real https://www.beckmesser.com/il-pirata-en-el-real/ https://www.beckmesser.com/il-pirata-en-el-real/#respond Fri, 29 Nov 2019 07:01:56 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=156725

Un tenor y una soprano. ¿Les parece poco? 

El mejor y más reconfortante caldo en doble taza: tras L´elisir d´amore, cuando todavía no nos hemos repuesto de las delicias playeras del montaje que el Real nos regaló hace nada, caemos de bruces sobre otra ópera que incide todavía con más fuerza y fundamento sobre ese asunto llamado bel canto, y que tanto embelesa a unos y marea a otros. Porque Il pirata, de Bellini, es, en ese sentido, más papista que el propio papa, y por eso quizá no haya sido la pieza más representada de su autor a lo largo de su historia. Está muy bien que se ofrezca ahora, y en buen envoltorio, pues no solo hay que vivir de Mozart, Verdi o Wagner.

Como es de rigor en este género, lo que se nos cuenta, a veces increíble porque no hay por donde explicarlo, a veces increíble porque no se puede  creer que asuntos tan absolutamente nimios generen tanta belleza vocal, es lo de menos. Es muy tremendo que una cosa así pueda suceder en la exposición estética de un arte que se basa en el desarrollo de una idea dramática, pero así fue durante una buena parte de la historia del género, y así sigue siendo para quienes al cabo mandan: unos públicos que continúan volviéndose locos ante los fuegos de artificio de las vocalidades desatadas. Fuegos artificiales admirables, enormemente meritorios, sin la menor duda, pero al cabo fuegos de artificio.  En Il pirata los hay, y de qué manera, y por eso desde el principio hay que alertar sobre ello. Se ha hecho ya desde estas páginas, en una descripción con todo lujo de detalles de cada una de las glorias  vocales concretas de la versión que se estrenará este sábado en el Teatro Real, al frente de las cuales se van a situar dos fenómenos de la Naturaleza: Javier Camarena y Sonya Yoncheva.

Il pirata, pieza primeriza en la corta carrera de su autor (es su tercera ópera), fue estrenada en La Scala milanesa el mismo año que falleció Beethoven. Bellini triunfó, y a partir de ahí decidió cotizarse como compositor de óperas; una al año estaría bien, aunque no cumplió con su objetivo, pues uno más tarde vieron la luz dos y no una: La straniera y Zaira;  la primera tuvo un cierto éxito, la segunda fue un fiasco. En fin, luego, ya en 1931, y también con el circunspecto Felice Romani como libretista, llegarían Norma, su obra maestra, y La sonnambula. Beatrice di Tenda fue la última colaboración de Bellini con Romani, y ya en 1935 estrenó en París I puritani, o lo que es lo mismo, el mayor éxito alcanzado por Bellini en su exigua existencia.

Il pirata es una ópera de corte histórico, que como casi todas las de ese género habla de otras cosas más simples. El romántico Romani recaló en la literatura francesa para buscar un texto sobre el que pudiera escribir algo relacionado con la piratería. Pero desde un punto de vista noble y empático. La elegida fue una adaptación al francés de una obra de éxito de un inglés (los ingleses saben de estas cosas mucho), Charles Robert Maturin. Para su libreto Romani transformó el tema original suavizándolo hasta convertirlo en una historia de amor, evitando cadáveres escabrosos  sobre la escena y añadiendo a la soprano la correspondiente  ‘escena de la locura’. Bellini, así,  se encontró con dos personajes centrales casi únicos (hay también un barítono que pasaba por allí; Bellini no es Verdi, que nunca hizo nada parecido con sus barítonos), a los que no le costaría dar vida melódica marca de la casa, y ‘caña’ canora no menos típica en su manera de ver la ópera. Il pirata será una mejor o peor ópera, pero resultó ser una ópera genuinamente belliniana; tiene todos los defectos que Bellini desplegó a lo largo de su carrera (entre los que el menos desdeñable es su pobreza musical), pero es al mismo tiempo un paradigma, un inicio, una declaración de principios sobre un modelo que podrá ser todo lo discutible que se quiera desde el punto de vista dramático, pero que goza de una personalidad que el gran público ha acabado aceptando como virtuosa. La pieza estuvo mucho tiempo olvidada, pues nadie en mucho tiempo fue capaz de sacar a la luz sus virtudes. Pasó de gran éxito al principio a ser enterrada después, redescubierta luego, otra vez extraviada para los teatros, hasta que ya hoy de nuevo parece que el mundo de la ópera está dispuesto a darle más oportunidades. Estos vaivenes son producto, seguramente, de la falta de aceptación de lo que realmente es: una pieza de museo escrita para un tenor lírico-ligero de cósmicos vuelos y una soprano dramática de coloratura de ensueño, que se tienen que ocupar de partes con inhumanos ornamentos y notas agudas imposibles. Il pirata viene a ser solo eso. Pero la pregunta siguiente sería: ¿es que eso no es muchísimo para una gran parte de los aficionados al género? ¿Incluso para el propio género?  Que cada uno conteste como sepa, pueda o quiera.  Pedro González Mira

BELLINI: Il pirata. George Petean/Simone Pioazzola/Vladimir Stoyanov, Sonya Yoncheva/Yolanda Aunet/Davinia Rodríguez, Javier Camarena/Celso Albelo, Dmitry Korchak. Coro y Orquesta del Teatro Real. Director musical: Maurizio Benini. Dirección de escena: Emilio Sagi. Teatro Real. 30 de noviembre.  1, 3 y 4 de diciembre. 20.00 (excepto domingo: 18.00). Resto de funciones: 6, 7, 9, 12, 14, 15, 16, 17, 18 y 20 de diciembre. Entre 99 y 389 €. (día 30); entre 71 y 229 (resto)  

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Recomendación: Eduardo Fernández al piano https://www.beckmesser.com/recomendacion-eduardo-fernandez-al-piano/ https://www.beckmesser.com/recomendacion-eduardo-fernandez-al-piano/#respond Fri, 22 Nov 2019 07:00:31 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=156532

 

Interesante ‘mix’  beethoveniano

El húngaro Stephen Heller fue un prolífico compositor de piezas con tema original, pero su fama como pianista, cimentada por la le leyenda de que no pudo llegar a estudiar con Carl Czerny por la altísima tarifa que  tenía este para que alguien alcanzara el honor de sentase al piano junto a él en el amplio estudio de su casa vienesa, se extendió por Europa después de conocer a Liszt y aprende de él que se podía hacer mucha música fijándose en la ya hecha. Ese mundo de las paráfrasis y las reminiscencias que el autor de Los Preludios tan bien manejó y de cuya técnica obtuvo resultados espectaculares con canciones de Schubert o fragmentos de óperas de Verdi o Wagner. Heller cultivó ese género, y lo hizo sobre músicas a la moda, naturalmente hoy olvidadas. Pero también acertó en ocasiones cuando miró hacia el Lied schubertiano. O hacia el auténtico mito en que pronto se convertiría Beethoven unas décadas después de su muerte. Así, Heller, ya un maduro Heller, escribió unas variaciones sobre un tema de la sonata Appassionata de Beethoven, ya un op.133 de un catálogo que todavía llegó a completarse con una veintena de piezas más. Por eso, en este concierto casi de investigación del pianista madrileño aparece en segundo lugar, tras el original, cuya lidia se producirá como inicio del concierto. Seguramente este estupendo y cada día más maduro pianista (1981) tendrá que calentar antes del comienzo: por puro tópico se olvida que esta sonata es una de las más técnicamente terribles de todo el cuerpo pianístico beethoveniano.

Quizá la parte que más nos ha llegado del pianismo del francés  Charles-Valentin Alkan sea su faceta de virtuoso; una especie de respuesta al Paganini con el que convivió. Pero, al igual que sucedió con el violinista, de vez en cuando se desmarcó con alguna transcripción sobre obras de Bach, o,  como es el caso de la que se programa hoy, de Beethoven. Se trata de la Cavatina del Cuarteto op.130, que también conoció en su momento el paso a la gran orquesta (hay una estremecedora interpretación de Furtwängler, y del cuarteto completo por Bernstein) y de la que también se ocupó Carl Tausig. Esta es la pieza escogida para hoy en este repaso al mundo paralelo a Beethoven, antes de que ganemos  un auténtico premio gordo con la escucha de la transcripción que hizo Liszt de An die ferne Geliebte, s. 469, op. 98. Liszt siempre marca la diferencia en el mundo de la transcripción porque parafrasea, no calca; en el resultado está el espíritu de la obra y el autor originales, pero por encima está él, su piano, que es radicalmente distinto y de una textura única.

La siguiente pieza que tocará Fernández es una verdadera rareza. Se trata de un arreglo de unas piezas de juventud de Beethoven, que salieron a la luz (o por lo menos a nuestra luz) en la anterior edición conmemorativa que realizó D.G. Beethoven escribió bastantes danzas para el instrumento, la mayor parte de ellas dedicadas al salón como música absolutamente utilitaria. Entre otras, las Escocesas WoO 83. Son piezas menores, pero sobre la primera serie  el virtuoso Ignaz Friedman, alumno de Busoni, realizó un arreglo, que es el escogido por Fernández para su programa. A estas baratijas de lujo seguirán los Souvenirs de Beethoven op.39 de  otro alumno de Czerny, Sigismund Thalberg, un rompepianos que rivalizó con Liszt y al que se enfrentó en un torneo en París. Se ignora quién fue el vencedor, pero eso hoy no parece muy  preocupante. Lo cierto es que los dos ‘souvenirs’ de Thalberg trascienden el virtuosísimo de exhibición. Tuvo este Thalberg buen gusto de usar un buen material para sus reminiscencias. Por ejemplo, el tema principal del movimiento lento de la séptima sinfonía del homenajeado.  Y bien, tantas veces fue el cántaro a la fuente… El concierto finalizará con el gran (¿) Czerny  y su Marcha fúnebre a la muerte de Beethoven op.146. En fin, música para ser conocida que, si se interpreta muy bien, tiene cierto peso. La cuestión es que recuerda tanto a Beethoven que eso se vuelve contra el propio autor. Porque es como comparar un original sublime con una copia intrascendente. Pero por eso mismo hay que escuchar músicas como esta, para entender de una vez quién fue el verdadero amo y quiénes pulularon a su alrededor. Pedro González Mira

Eduardo Fernández, piano. Obras de Beethoven, Heller, Alkan, Liszt, Friedman, Thalberg y Czerny. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Sábado 23, 19.30. 24 y 26 €.

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Recomendación: Berlioz versus Mendelssohn con la OCRTVE https://www.beckmesser.com/recomendacion-berlioz-mendelssohn-ocrtve/ https://www.beckmesser.com/recomendacion-berlioz-mendelssohn-ocrtve/#respond Fri, 15 Nov 2019 07:00:56 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=156345 Berlioz versus Mendelssohn

Galyna Gurina, soprano. Coro y Orquesta Sinfónica de RTVE. Dir.: Christoph König. Obras de Mendelssohn y Shostakovich. Jueves 21 y viernes 22, 19.30. Entre 15 y 28 €.

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La OSRTVE invita esta semana a Christoph König.

La orquesta de la radio y televisión españolas (OSRTVE) nos ofrece hoy, en la segunda de las sesiones de esta semana, una obra inhabitual, que aun formando parte de los estándares medios de Héctor Berlioz (los de Berlioz son siempre muy altos) tiene mucho interés. Se trata de una obra híbrida entre la sinfonía, el poema sinfónico y la música incidental, escrita para narrador, solistas vocales, coro, piano y orquesta, que nació como consecuencia de la Sinfonía fantástica. Lélio, ou Le retour à la vie tuvo una buena acogida inicial, pero como tantas veces sucede en casos similares de obras rompedoras, de músicas raras, y a pesar de las bendiciones que gozó del todopoderoso Liszt, pronto cayó en el olvido. Colin Davis, el principal apóstol de la música de Berlioz, la desempolvó, y, como hizo con otras del autor francés, la restituyó en los repertorios de las salas de concierto. Ayer y hoy  se escucha en el Teatro Monumental.

Pero no es el objetivo de este artículo referirse a ella, pues esta página (que incluye una recomendación inscrita en la semana que va de viernes a jueves) ha de incidir siempre en lo que todavía no ha sucedido y no en lo que ya pasó. Por eso hablaré del primer concierto que tendrá lugar dentro del binomio que operará los días 21 y 22, con esta misma orquesta. La referencia a Lelio la he querido hacer por lo mucho que me gusta esta obra, y con la esperanza de que todavía convenza a alguien para que se deje caer por el Monumental hoy, viernes 15.

La semana próxima la OSRTVE y su coro harán un programa muy distinto. Al cincuenta por ciento novedoso u original. La primera parte, la novedosa,  la ocuparán dos salmos para coro y solistas de Félix Mendelssohn y la segunda (poco original) la octava sinfonía de Shostakovich, es decir agua y aceite en estado puro. Los salmos serán el op.42, Wie der Hirsch schreit, con soprano, una traducción de Lutero del texto original del Libro de los Salmos. Una música de emocionante retrospección que Schumann calificó como de ‘auténtico hallazgo’, y que el propio Mendelssohn tenía en alta estima. El otro será el op.114, Da Israel aus Ägypten zog, para doble coro y orquesta, sin solistas, una música que supone un verdadero acto de fe acerca del colectivismo religioso. Es una obra muy trabajada, que Mendelssohn revisó tras su estreno, y cuyas seis secciones conforman un oratorio en miniatura. En los dos casos, magníficas y poco conocidas músicas, cuya recomendación está perfectamente justificada.

No lo tengo tan claro en el resto del concierto, aunque el gran público suela llevarme la contraria al respecto. Y el gran público siempre lleva la razón. Se trata de Shostakovich. De una sinfonía de Shostakovich. De la Octava sinfonía. Una música que lleva tres décadas paseándose por las salas de conciertos y produciendo verdaderos delirios. A mí me parece una música reiterativa, ruidosa y genéticamente débil, a pesar de su aparente músculo orquestal. Sin embargo, entiendo que, como ejercicio orquestal, pueda apabullar. Allá cada uno con sus intimidades. Pedro González Mira

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Recomendación: Beatrice Rana https://www.beckmesser.com/beatrice-rana/ https://www.beckmesser.com/beatrice-rana/#respond Fri, 08 Nov 2019 07:02:49 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=156097

Creatividad a raudales

No he escuchado en vivo nunca a Beatrice Rana, la joven pianista italiana que hace su debut en el Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Pero en disco, sí. Rana tiene 26 años, pero toca el piano desde los cuatro. Naturalmente, abstenerse de preguntarle sobre esto, pues ni ella misma entiende cómo son posibles semejantes acciones. Les pasa a todos los niños prodigio. Pero no es lo mismo que esta falta de locuacidad para explicar lo inexplicable le suceda a cada una de las mil máquinas de aporrear teclados que se mueven hoy por el mundo (incluso con notable éxito), que a pianistas como ella, que hacen algo más que tocar. Las partituras de Chopin o Bach, Scriabin o Stravinsky, Bernstein o Prokófiev  en sus manos se transforman en opciones personales que traspasan el valor semántico de las notas para inscribirse en ese fenómeno que tan feliz hace a los críticos, una interpretación de la logística situacional, métrica, tímbrica y  volumétrica que define la sucesión de esas notas, no otra cosa que la propia obra. O dicho de manera no pedante: estamos de enhorabuena; parece que todavía hay pianistas jóvenes que son capaces de trascender los mecanismos de la ejecución musical sin por ello perder la virginidad creativa de su propia corta existencia. Hay que decir, no obstante, que Rana es admiradora de pianistas como Claudio Arrau o Murray Perahia y,  a la vez, del piano de  Crystian Zimerman. Es decir, una mujer que obtiene sus enseñanzas e influencias de los clásicos de toda la vida –aun a veces tenues-  y de los técnicos deslumbrantes. Ella es una mezcla de todo ello.

O, por mejor decir, adivino que es esa mezcla. O que acabará siendo esa mezcla. Porque en las músicas que le he podido escuchar percibo aperturas de caminos, claros intentos de sostener discursos de largo alcance expresivo, arte a raudales, mucha creatividad, pero también a veces descuidos propios de la inexperiencia. Normal.  Ahora tengo muchas ganas de escucharla en vivo. De los tres autores escogidos, la veo muy cómoda en el primero (los Estudios op.25 de Chopin), comodísima en el tercero (Petrushka, de Stravinsky) y no tengo ni idea de qué podrá hacer con una música tan compleja y difícil como el tercer libro de la Iberia de Albéniz. Como comprenderán ustedes, la recomendación es total.  Pedro González Mira

Beatrice Rana, piano. Obras de Chopin, Albéniz y Stravinski. Auditorio Nacional de Música, Sala sinfónica. Martes 12, 19. 30. Entre 20 y 50 €.

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Recomendación: Spivakov en Ibermúsica https://www.beckmesser.com/spivakov-en-ibermusica/ https://www.beckmesser.com/spivakov-en-ibermusica/#respond Fri, 01 Nov 2019 07:00:51 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=155953 Recomendación: Spivakov en Ibermúsica

 

Spivakov

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Un viejo amigo

Un ya viejo amigo nos visita esta semana. Y sobre él recae una larga carrera, buena parte de la cual ha desarrollado en España. Desde 2003 es director principal y artístico de la Orquesta Nacional Filarmónica de  Rusia, con la que se presenta de nuevo en la segunda ocasión que lo hace en la última década. Spivakov acaba de cumplir 75 años; es una figura señera en su país, después de haber desarrollado una fulgurante carrera como violinista y director. Naturalmente lo hace con música rusa. Músico de fina sensibilidad y, a la vez, de marcado carácter, ha cultivado –y cultiva-  un estilo clásico muy acorde a las enseñanzas de los grandes maestros con los que ha tenido la ocasión de trabajar como solista: Maazel, Bernstein, Ozawa, Abbado, Giulini, etc. Es por todo ello un director al que se puede acudir con garantía de buen hacer.

En el primero de los conciertos que presenta Ibermúsica Spivakov hará una selección de El lago de los cisnes, de Chaikovski como base fuerte de la velada, que se completará con el primer concierto de Paganini, con la joven (jovencísima) violinista granadina María Dueñas. Una chica que, precisamente con este concierto, ganó el año pasado el Concurso Yankelevitch. Fue el propio Sipvakov quien puso en sus manos el premio: un Eugenio Degani de 1890 tasado en casi 40.000 dólares. La sesión la abrirá la simpática danza navarra de Le Cid, de Massenet.

Al día siguiente el programa será ruso cien por cien: La Obertura Romeo y Julieta y la quinta sinfonía, ambas de Chaikovski, junto al segundo concierto para piano de Rajmáninov, con Ivan Bessonov (San Petersburgo, 2002) en la parte solista. Como se verá, como Dueñas, un crío.  Bessonov es un músico que no le hace ascos a nada; por ejemplo, el año pasado ganó el Festival de Eurovisión de Jóvenes Músicos. Sigue estudiando, cómo no, en el Conservatorio Chaikovski, de Moscú.

Bien; queda claro: conciertos muy animados. Y por varias razones. Está asegurado pasar un buen rato. Recomendación clara. Pedro González Mira

Orquesta Nacional Filarmónica  de Rusia. Dir.: Vladimir Spivakov. Obras de Massenet, Paganini y Chaikovski (violín: María Dueñas; Miércoles 6 de noviembre). Obras de Chaikovski y Rajmáninov (piano: Ivan Bessonov; Jueves 7 de noviembre). Auditorio Nacional de Música, sala sinfónica. Entre 45 y 194 €.

 

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Recomendación: L’elisir d’amore en el Real https://www.beckmesser.com/recomendacion-elisir-amore-teatro-real/ https://www.beckmesser.com/recomendacion-elisir-amore-teatro-real/#respond Fri, 25 Oct 2019 06:05:18 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=155761  

L’ELISIR D’AMORE (DONIZETTI)

Una divertida (y acertada) visita al museo

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L’elisir d’amore en el Teatro Real

DONIZETTI: L´elisir d´amore. Teatro Real. Fecha de estreno: 29 de octubre

La ópera tiene hoy unos valores sociológicos con los que no pudo contar en el pasado, cuando el arte, la creación, no podía interpretarse desde ese ángulo, por la sencilla razón de que no se había inventado la Sociología. Hoy, los comentaristas, críticos, etc. tenemos la obligación moral y estética de hacer planteamientos en ese terreno, pues, evidentemente, es imposible escuchar óperas de lenguaje concreto sin que surjan serias dudas interpretativas; hay pocas, muy pocas óperas cuyas temáticas o cuyos relatos dramáticos gocen de la suficiente atemporalidad para ser vistas, escuchadas y comprendidas en clave contemporánea. Y además, es imprescindible deshacerse de determinados tópicos para comprender y disfrutar de creaciones de valor museístico. Por ejemplo, en ópera se habla mucho de ‘melodismo’ y, más todavía, de ´bel canto’ como valores definitorios de una parte del género. Es verdad que hay trozos de historia que arrojan creaciones operísticas muy escoradas hacia lo melódico (a veces olvidando el drama, pergeñando relatos inverosímiles, desdeñando el valor de los textos), lo que no está ni bien ni mal porque para gustos hubo y sigue habiendo colores. Lo que sí falsea la historia es afirmar que hay óperas que por gozar de un determinado melodismo (un reiterado y precioso melodismo) se conviertan en ejemplos estéticos. El melodismo no es un valor en sí, y menos un valor determinante para un género como la ópera: los cuartetos o las sonatas de Beethoven contienen muchas más maravilosas melodías que todo Bellini y Donizetti juntos. Con el ‘ bel canto’ sucede tres cuartos de lo mismo: ¿es menos belcantista Mozart que Bellini? No creo que Bellini o Donizetti escribieran nunca arias del valor melódico de las que se amontonan en Las bodas de Fígaro, Don Giovanni o Cosí fan tutte. He aquí un bonito debate.

Es decir, ¿hay entonces que renegar de determinados títulos de los subgéneros que se mueven a través del ´belcanto’ en sentido estricto? No, evidentemente; pero hay que tener claro qué son, qué objetivos cubren y en qué terreno se mueven. Son piezas de museo; persiguen un entretenimiento perfectamente confesable y son obras que musicalmente aportan poco, pero cuyas historias, dulcemente adornadas por sedosas arias, son adoradas por el gran público. Ir a un museo no es poca cosa. Y si está bien montado y explica bien la creación del pasado, o sea, con medios de hoy, mucho mejor.

El Teatro Real presenta esta semana una puesta en escena de una de esas piezas singulares; en su género, una de las mejores y más celebradas. L´elisir d´amore muestra al Donizetti más tierno y humano, frente a la pesadez de sus historias románticas basadas en sagas de reinas y reyes. Pero también de la larvada amargura que subyace en Don Pasquale, uno de sus más grandes logros. Se trata de un montaje que, deliberadamente, pone de manifiesto la parte más  colorista de la pieza, que ubica en una playa, con chiringuito incluido. Donizetti la compuso en un par de semanas, pero estuvo inspirado en el trazado de los personajes y no menos en el de sus preciosas arias,  a veces maltratadas por exceso de azúcar, cuando, como casi siempre en esta autor, si se sabe buscar, se puede encontrar un sustrato de amargura. La famosísima ‘Una furtiva lagrima’ es un buen ejemplo de ese sentimiento escondido de absoluta culpabilidad por parte del elemental Nemorino, a la par que una victoria moral ante la calculadora y superficial Adina. L´elisir d´amore es una comedia sentimental que si es  planteada como un nudo, producto de la incomunicación amorosa entre campesinos, y no como una historia de amor seria, gana mucho enteros. Parece que es lo que nos ofrece la versión que se verá y escuchará en el Real. Supongo que de cantantes y director se hablará en otro lugar de estas páginas. Pedro González Mira

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Recomendación: Savall dirige Beethoven https://www.beckmesser.com/recomendacion-savall-dirige-beethoven/ https://www.beckmesser.com/recomendacion-savall-dirige-beethoven/#respond Fri, 18 Oct 2019 06:04:07 +0000 https://www.beckmesser.com/?p=155583 Recomendación: Savall dirige Beethoven

Un clásico que dejó de serlo

Me refiero a la impresión que recibimos en su momento al escuchar el Beethoven de Savall. No inventó nada el catalán al hacer su propuesta  para estas músicas, tan originales y únicas y a la vez tan deudoras de un clasicismo que agonizaba en el momento de su concepción, sino que se limitó a remar en el sentido del viento interpretativo historicista que soplaba en un mar de polémicas y debates acerca del asunto. Otros ya lo habían hecho y él se limitó a defender lo mismo. La curiosidad que pueda levantar ahora el hecho de que vuelva a estos clásicos del sinfonismo romántico primerizo es que la propuesta no solo ya ha sido asumida por muchos directores que trabajan con orquestas sinfónicas convencionales, sino que el gen inoculado en muchos de ellos ha desarrollado un Beethoven que muy poco tiene que ver con el de los grandes maestros.  Los hay que combinan instrumentos originales (o copias) con otros modernos, pero los que más sorprenden son los que han llegado a la conclusión de que los discursos han de ser otros. Quizá más agresivos, quizá menos románticos, seguramente tamizados por la búsqueda de una autenticidad perdida (o nunca hallada), quizá más amigables, cuando no teñidos de un halo democrático que tiene en cuenta más al que escucha que a las propias necesidades recreativas del intérprete (la recreación es una obligación moral del intérprete; en caso de no asumirla, deja de ser  un intérprete). Democracia representativa frente a democracia directa, diríase acudiendo a metáforas de gran actualidad. Escuchamos,  seguimos escuchando,  casi a diario proposiciones interpretativas exentas de pathos;  ligeras, entretenidas, muy comprensibles a simple vista; desentrañadas, explicadas y desmenuzadas nota a nota, como si los receptores, o sea, quienes recibimos esos mensajes,  viviéramos en un mundo donde sus gentes hubieran extraviado del todo su capacidad crítica. Es lamentable. No lo es que haya malos músicos, malos intérpretes. Lo es que buenos músicos, y a veces muy buenos músicos, se plieguen a esa especie de chantaje sociológico que implica el tener que rebajar contenidos para que los amantes de los mensajes cortos tengan también su trozo de tarta en el banquete de la música clásica, una actividad siempre de mucho pedigrí.

No tengo ni idea de por dónde andará ahora Savall al respecto. Pero pienso que, visto lo visto; visto las demoledoras consecuencias estilísticas que se han producido en toda una legión de intérpretes convencionales  desde la revolución de la interpretación historicista que él y otros protagonizaron en su momento, es de esperar que su manera de ver a Beethoven haya sufrido algún tipo de evolución, en cualquier sentido: en los tempi que marcará, en la concepción sonora general, en el contexto dramático, en, en fin, su propuesta de discurso actual. De ahí mi recomendación: es estupendo poder comprobar una cosa así con un músico de la talla de Jordi Savall. Pedro González Mira

BEETHOVEN: Sinfonías núms. 3 y 5. Le Concert des Nations. Academia  Beethoven 250. Dir.: Jordi Savall. Auditorio Nacional  de Música, Sala sinfónica. Sábado 19 de octubre. Entre 40 y 50 €.

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