Crítica: El Capitan Forés y sus mares con la OSM
CRUZANDO MARES
Obras de Rachmaninov, Daugherty y Debussy. Esaú Borredá, timbales. Orquesta Sinfónica de Madrid. Director: Roberto Forés. Auditorio Nacional, 12 de enero de 2026.

El director Roberto Forés
En el podio directorial de la Orquesta Sinfónica de Madrid se situaba en esta ocasión el valenciano Roberto Forés (1970), un músico no excesivamente conocido en España, pero que lleva años actuando el frente de algunas importantes formaciones europeas. Hace muy poco que ha sido nombrado titular de la Orquesta de Extremadura. No hay duda de que posee valores ciertos y que manifiesta una evidente personalidad. Sacó adelante un programa comprometido, nada fácil, con evidente soltura y seguridad.
Inició con tacto y buena letra el misterioso comienzo de ese singular poema sinfónico que es La isla de los muertos de Rachmaninov, cuyos sigilosos vaivenes nos recuerdan a la canción infantil Frère Jacques inmersa en un tejido y una línea que nos traen también a la memoria la Sinfonía nº 5 de Mahler. Luego los meandros nos evocan un paisaje tenebroso que se va haciendo lentamente. Las constantes oleadas nos llevan a una explosión de luz. Forés, siempre activo y movedizo consiguió con un gesto claro de brazos bien abiertos, un tanto monocorde, plagado de intensas sacudidas, dar forma y sentido a la composición, cerrada con tacto exquisito.
Luego acompañó con tino la auténtica exhibición del percusionista de la Orquesta Esaú Borredá, que sorteó, en medio de seis timbales, todas las exigencias de Raise the Roof del norteamericano Michael Daugherty (1954), obra danzarina y variada, que se acoge a distintos estilos jugando desde el principio con un animado tema de diez notas que pasa por todas las secciones de la orquesta.
Estamos ante una suerte de variaciones de gran riqueza tímbrica, “con citas y guiños de la más variada procedencia”, antigua y moderna, como señala en sus documentadas notas José Luis Temes. Hubo propina: una pieza interpretada a solo por Borredá en ese curioso instrumento oriental llamado hand-pan, una suerte de octógono de tímbrica seductora.
La segunda parte reunía dos importantes obras de Debussy: los Nocturnos (aunque solo los dos primeros, Nubes y Fiestas) y La mer, con sus tres sugerentes movimientos. Forés mostró de nuevo sus maneras y amortiguó en parte su rectilíneo gesto tratando de dar forma a músicas tan diferentes, que requieren, claro, otra manera de ser expuestas y construidas. Formalmente, todo funcionó y la Sinfónica, bien ensamblada y afinada, atendió a las claras órdenes de la batuta (solo las manos en Nubes).
A la interpretación, sin embargo, le faltó sutileza, diafanidad, fantasía, la que exige un tejido impresionista semejante. Circuló bien pero sin ese toque evanescente y milagroso que requiere tanta fantasía sonora, ese espectro rarificado que nos transporta más allá de lo cotidiano. Aunque hubo momentos notables, como ese acusado respeto al gran silencio marcado en el Diálogo del viento y el mar poco antes de la exposición final. Cierre bastante confuso. Muchos aplausos finales a todas las familias y a la batuta.
























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