Crítica: La edad de plata en la desbordante imaginación de Paco López
RESUMEN HISTÓRICO Y MUSICAL DE UNA ÉPOCA
La Edad de Plata. Díptico español: Goyescas de Granados, El retablo de Maese Pedro de Falla. Raquel Lojendio, Alejandro Roy, César San Martín, Mónica Redondo. Gerardo Bullón, Pablo García López, Lidia Vinyes-Curtis. Dirección musical: Álvaro Albiach. Dirección de escena, dramaturgia, escenografía e iluminación: Paco López. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 24 de enero de 2026.

Imagen de la propuesta escénica de Paco López
Vaya por delante la felicitación al siempre imaginativo, creativo, ambicioso y entusiasta Paco López, hombre de amplios saberes y que no tiene inconveniente, buscando nuevas maneras de decir, de expresarse y de penetrar, o intentarlo al menos, en los entresijos o segundas lecturas de las obras líricas, en abrir inesperados caminos a la hora de representarlas.
En relación con este espectáculo nos avanzaba el regista: “Granados, Falla y Zuloaga viajan a París. Persiguen la España esencial, la auténtica, la indeleble. Y creen encontrarla en las recreaciones de los grandes pintores, escritores y músicos españoles de antaño. En tiempos como los actuales, donde con tanta urgencia se nos manifiesta la necesidad de ‘repensar’ la España común, encuentra parte de su sentido mi propuesta”
Esa propuesta, muy compleja y explicada en el extenso y muy completo programa de mano por López (con un soberbio artículo de Carmen Noheda), es la de una soirée española ficticia en casa del pintor Ignacio Zuloaga en el París de los felices 20, donde los jóvenes artistas que alborotan la capital francesa y la burguesía culta que los impulsa se reúnen para ser partícipes de la presentación de Goyescas y El retablo de Maese Pedro.
De tal guisa la puesta en escena se sitúa en un salón de la mansión del pintor. Y allí sucede todo en una narración que tiene mucho de metafórico y en la que se dan cita muy distintos elementos junto a los meramente musicales o teatrales.

Escena de El retablo de maese Pedro
López, llevado de su desbordante imaginación, quiere casar dos obras musicalmente muy distintas, una de 1916, otra de 1923, en un tiempo en el que tenían lugar, en España y en el mundo, acontecimientos históricos, políticos, artísticos de gran trascendencia. Un plan muy ambicioso que no acaba de funcionar teatralmente. Se dan cita demasiados elementos, lo que impide que la dramaturgia funcione, que la narrativa teatral se coordine en todos sus factores y que lo que se nos muestra y cuenta fluya con naturalidad.
A través de esta óptica panabarcadora se unen, sin que de ella sea fácil extraer una síntesis, la música de las dos obras -que se desarrollan, efectivamente, en el salón parisino de Zuloaga-, la narración que las identifica en lo teatral, las alusiones o descripciones de la situación política en el mundo, los eventos a veces muy concretos de nuestra historia, pero no solo la de los años en los que nacieron las obras, sino la de los posteriores, con abundantes proyecciones alusivas de la guerra civil que incluyen imágenes de Franco, incluso un audio de su voz aflautada.
Hay, como complemento, unos permanentes y a veces innecesarios subrayados, que tratan de mostrar lo que ya es evidente: esa continua presencia de la muerte con permanentes contorsiones balletísticas y que se amplifica al final con la aparición de otras réplicas del personaje fatídico.
Se emplean asimismo continuas proyecciones, reforzadas durante la obra de Falla, enfocada desde una perspectiva insólitamente cómica, incluso bufa. Por supuesto no hay marionetas, algo que habría sido posible puesto que la creación de Falla se estrenó precisamente en un salón, el de la Princesa de Polignac. Como siempre, disfrutamos de los estilizados figurines de Jesús Ruiz, que aquí tenía ancho campo para la imaginación.
La mezcolanza no acaba de funcionar más allá de algún que otro efecto escénico afortunado. Apreciamos esporádicos movimientos trazados con inteligencia y algunas evoluciones balletísticas de buen gusto con coreografía de Olga Pericet. Hay numerosos apartados puramente teatrales para dar vida escénica, por ejemplo, a Zuloaga incorporado por Ángel Burgos, a Granados (el pianista Ramón Grau) y Falla, al que representa el barítono Gerardo Bullón, que en el Retablo hace la parte de Don Quijote. Las idas y venidas continuas entorpecen en ocasiones el entramado narrativo.
Lo puramente musical funcionó en buena medida. En el foso, dando vida auditiva a los valiosos pentagramas, estuvo, al frente de una cumplidora, especialmente en la más enteca partitura fallana, Orquesta de la Comunidad de Madrid, con solistas de calidad, Álvaro Albiach, que dio, como era lógico, a cada obra lo suyo, sobre todo en la segunda. Actitud presta, tempi convincentes, fusión foso escena aceptable. Hubo algunas músicas complementarias de la propia de las dos obras base. Por ejemplo, Psiché de Falla, con el buen protagonismo de la flauta. Hay que notar también, en distintos momentos, un fragmento de la Marcha de los vencidos y la Danza de los ojos verdes de Granados.
Vocalmente el nivel fue más que suficiente. Raquel Lojendio cantó con soltura y gracia, con su bien provista y extensa voz de soprano lírico-ligera, la parte de Rosario en Goyescas. Fernando estuvo en la recia voz spinto de Alejandro Roy, seguro y firme. Ambos coronaron con bien el casi wagneriano dúo final de la irregular partitura. Mónica Redondo, cuya oscura voz de mezzo, crece positivamente, cumplió como Pepa y César San Martín no tuvo problemas en el simple papel baritonal de Paquiro.
Muy bien el Trujamán, nada aniñado y más bien operístico, de la aérea soprano Lidia Vinyes-Curtis, más que suficiente el tenor ligero Pablo García López y muy entonado como Don Quijote, aunque menos rotundo y tonante que otras veces, el barítono Gerardo Bullón.






















Últimos comentarios