Crítica: Benjamin Bernheim y el arte de la claridad en el Teatro de la Zarzuela
Benjamin Bernheim y el arte de la claridad
Obras de Charles Gounod, Reynaldo Hahn, Ernest Chausson, Hector Berlioz, Henri Duparc, Federico Mompou, Joaquín Turina y Ginastera. Benjamin Bernheim, tenor y Borja Mariño, piano. Ciclo de lied del CNDM. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 26 de enero de 2026.

Benjamin Bernheim en el Teatro de la Zarzuela
Hacía falta que alguien viniera a darnos una lección de lo que significa, de verdad, cantar en francés. Y ha tenido que ser Benjamin Bernheim quien, en el Teatro de la Zarzuela, viniera a enseñárnoslo, como el mismo recordó al inicio, en lo que era su debut madrileño.
Bernheim no es solo un tenor con una voz de una salud envidiable, de esas que corren por la sala con una facilidad pasmosa; es, por encima de todo, un artista del decir. En L’Absent de Gounod, Bernheim dio una clase magistral de cómo se utiliza el aire. Ese fiato no es un ejercicio respiratorio sino un servicio a la frase. Su dicción haría llorar de envidia a más de un histórico de la Ópera de París. La messa di voce de este aún joven tenor es harina de otro costal.
En el Hahn de L’Heure exquise, nos regaló unos pianisimos que no respondían a ese falsete desabrido que nos intentan colar a veces, sino una nota con cuerpo, con apoyo. Pero donde Bernheim realmente empezó a demostrar la razón por la que es el tenor ligero del momento fue en Chausson. El Poème de l’amour et de la mer es una trampa mortal para cualquier lírico. O te quedas corto o te pasas de frenada verista. Él, sin embargo, mantuvo la línea noble, ese legato de la vieja escuela que parece que ya no se enseña en los conservatorios.
Hubo en su Duparc (Phidylé) una nobleza que nos recordó a los mejores tiempos de un Nicolai Gedda, pero con un timbre más carnoso, más actual. Y en Berlioz quizá se alcanzó lo mejor del recital. No sólo fraseo sino también entrega, vivió tanto el lied L’île inconnue, en el que pregunta a una muchacha de forma que ella parecía estar junto a él como, muy especialmente en Sur les lagunes, toda una lección canora por fiato, pianos, fortes y medias voces. ¡Bravo!
Terminó con tres piezas españolas con tablet en mano, avisando de su catalán por si hubiera alguno en la sala en Damunt de tu, només les flors y pronunciando más que correctamente Los dos miedos de Turina y la Canción del árbol del olvido de Ginastera.
Luego vinieron dos propinas, el Pourquoi me reveille del Werther, con sendos agudos prolongados hasta el exceso en forte para lucirse y un Adiós a la vida de Tosca que no es el repertorio en el que debería adentrase aún, pero, ya se sabe, a los ligeros y ligeras les gustaría cantar un repertorio más pesado. Aun recuerdo mi paseo y almuerzo a solas con June Anderson por Pedraza con ella llorándome porque quería cantar Traviata y sentía que aún no podía hacerlo.
Un gran recital de debut madrileño, dignamente acompañado al piano por Borja Mariño, que esperemos sea preludio de otras actuaciones en títulos completos.























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