Crítica: “Winterreise” por Pedro Halffter, Schubert lo aguanta todo
Schubert: Winterreise, adaptación de Pedro Halffter. Niklas Liepe, violín; Alexander Hülshoff, violonchelo; Pedro Halffter, piano; Pepe Viyuela, actor. Firma escénica de Antón Armendariz. “Ciclo Horizontes de Scherzo”. Sala de Cámara del Auditorio Nacional, Madrid. 09-01-2026. Mitad del aforo.

Pedro Halffter realizó comentarios sobre su adaptación
“Abrir el campo de visión musical a otros géneros, teniendo siempre el piano como esencia” es el lema del ciclo Horizontes de Scherzo, y justo lo que hoy nos presenta esta versión amablemente iconoclasta de Winterreise, adaptada por Pedro Halffter para violín, violonchelo y piano, contando con la participación del actor Pepe Viyuela.
La falta de programa de mano obligó a Halffter, micrófono en mano, a presentar al público su obra: su intención, explicó, no fue otra que poner de relieve unos textos extraordinarios, los de Müller, enmascarados para el público español por el idioma y la extraordinaria música de Schubert. De ahí la idea de permitir a un actor la declamación del texto antes de la interpretación de cada arreglo instrumental.
No hay que exagerar la novedad: una de las transformaciones más radicales a las que ha sido sometida la icónica obra de Schubert en los últimos tiempos es su dramatización. Sirvan como ejemplos Ian Bostridge, que protagonizó junto a su pianista Julius Drake una versión casi punk filmada por David Allen en los noventa o, hace apenas un par de años, Michael Volle y Helmut Deutsch, en el Liceo de Barcelona, dando voz no al marginado caminante de Schubert, sino a un paciente de alzheimer.
Pepe Viyuela (al que, a pesar de su buena dicción, no siempre se le entendieron todas los versos de un texto del que desconocemos su traductor), construyó en escena no un vagabundo heroico, nimbado de romanticismo, sino un hombre contemporáneo, un antihéroe frágil y desvalido capaz de arrebatos ocasionales de furia y melancolía. Una interpretación que merece toda nuestra simpatía.
Los arreglos instrumentales de Halffter son muy respetuosos con el original. Nada que ver con el reciclaje o la elaboración de música sobre músicas, tan al uso en el último tercio del siglo pasado. Con dos instrumentos de cuerda sustituyendo a la voz, tanto la melodía como el acompañamiento son compartidos. Se excluye el contrapunto entre los instrumentos de cuerda, primando la exposición de la melodía en voces paralelas, (muchas veces a la octava, o con terceras y sextas, o doblando motivos del piano), con ocasionales toques de color en pizzicato y otros efectos.
Esto da como resultado una instrumentación con aciertos tanto como con descuidos. Ejemplos de lo primero serían las hojas que “caen” en los tres instrumentos en Letzte Hoffnung (Última esperanza); la característica escala descendente de Auf dem Flusse (En el río) asignada al cello, el tono casi religioso de la cuerda en Die Nebensonnen (Los parhelios) o el austero efecto general en Der Leiermann (El zanfonista).
Ejemplos de desacierto serían, a juicio de quien esto escribe, Die Post (El correo), con una inadecuada melodía asignada al piano, por falta del legato vocal, o Das Wirtshaus (La posada), con la introducción confiada a la cuerda, donde inevitablemente se echa de menos el piano, aunque termine resultando bien resuelto.
Asimismo, y quizá a causa de la instrumentación, se escuchan como demasiado lentos los tempos asignados a alguna de las canciones, como Der Lindenbaum (El tilo), Wasserflut (Torrente), Irrlicht (Fuego fatuo) o Die Krähe (El cuervo), y a falta de la expresividad de la voz humana, resultan demasiado faltas de brío canciones como Irrlicht (Fuego fatuo), o Mut (Valor), con su famoso desaire a la divinidad.
Hermoso sonido y buena proyección de Niklas Liepe (violín) y Alexander Hülshoff (cello). Sirvan como ejemplo sus prestaciones en Der greise Kopf (Cabeza gris), o Rast (Descanso). Al piano, sin embargo, le faltó proyección. Sólo se escuchaba con claridad y gusto cuando soleaba, o cuando violín y cello dibujaban sus partes en pizzicato: la melodía, por ejemplo, resultó enterrada en el piano en Eisanmkeit (Soledad).
Aún así, los tres dieron ejemplos de excelente musicalidad, como en la bien fraseada tercera sección de Frühlingstreaum (Sueño primaveral), en la presentación del pulso apremiante de Erstarrung (Congelamiento), o en la fuerza rítmica de Der stürmische Morgen (La mañana de tormenta).
En resumen, una amable tarde de música bien conocida y muy amada, ofrecida en un formato alternativo. El público fiel, que no llegó a la mitad del aforo, demostró su intimidad con la obra observando el tradicional silencio al final de Der Leiermann (El zanfonista). Igual hubiera dado que no lo hiciera: Winterreise lo aguanta todo.
Emilio Fernández Álvarez























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