Crítica: La Orquestra de València y Nacho de Paz, de lo místico y de lo divino
La Orquestra de València y Nacho de Paz: de lo místico y de lo divino
Temporada 2025-2026 del Palau de la Música. Programa: Obras de Messiaen (Las ofrendas olvidadas. La Ascensión), y Scriabin (Poema del éxtasis). Orquestra de València. Director: Nacho de Paz. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.400 espectadores. Fecha: Sábado, 10 enero 2026.

Nacho de Paz ofreció un buen concierto, aunque alejado de lo excepcional
La Orquestra de València ha comenzado el nuevo año con un programa comprometido y cargado de dificultades, de aliento trascendente, que reunía obras místicas y “divinas” de Messiaen y Scriabin. Compositores disímiles fascinados por el misterio de creencias y credos. Uno, el ruso, teosófico; Messiaen, iluminado por su inquebrantable fe catoliquísima.
Desde perspectivas tan distintas, ambos se adentran en músicas que exploran las incertidumbres y el misterio del más allá, a través de un sinfonismo explorador de nuevas sonoridades y registros, exigente y en ambos casos marcado por la poderosa impronta personal.
Nacho de Paz (Oviedo, 1974) no se ha andado con chiquitas en su visita al podio de la Orquestra de València, y se ha metido por derecho en tres obrones tan exigentes y comprometidos como Las ofrendas olvidadas, y La Ascensión, ambos de Messiaen, y el incandescente Poema del éxtasis, que compone Scriabin en Lausana, en 1908, no ajeno a la experiencia mística del Parsifal wagneriano. Un programa de demasiados retos y exigencias para abordar tras el relajado periodo vacacional de navidades y sin el suficiente número de ensayos.
Orquesta y maestro salvaron el tipo con oficio y profesionalidad, pero se notaba que todo estaba cogido con alfileres, con evidentes imprecisiones y carencias en el cuidadoso trabajo que requieren las texturas y sonoridades de obras que hablan y se expresan en un lenguaje sinfónico ajeno a rutinas y convenciones.
Se notó ya desde los primeros compases de Las ofrendas olvidadas, en los que la cuerda sonó sin esa sonoridad unitaria, transparente pero enigmática que requiere Messiaen en esta obra temprana, de 1930, compuesta con apenas 22 años, que evoca “el olvido del hombre ante el sacrificio de Cristo”. Faltaron “esos esos colores melódicos, tan extrañamente sutiles” que tanto fascinaron a Florent Schmitt.
Luego, en las más ambiciosas y cuajadas “cuatro meditaciones sinfónicas” que integran el cuadríptico La Ascensión (1933), asomaron las mismas carencias, particularmente en el gran coral para vientos que es el primer movimiento, y en el genial final en forma de plegaria, tan parsifaliano, en el que la cuerda, con sus arcos, tiene que rezar más que tocar.
Naturalmente, asomó el renovado nivel actual de las cuerdas de la OV, también el excepcional trabajo toda la noche del concertino Enrique Palomares, y el idiomático hacer de Nacho de Paz en el podio. Pero el conjunto distó de la excelencia que requieren la música y la inspiración mística de Messiaen. En medio, el Poema del éxtasis encontró una versión brillante y clamorosa.
Atronadora pero no escandalosa. Bien narrada y expuesta, en la que sus riquezas, sugerencias y opulencias -temáticas y armónicas- quedaron patentes y bien estratificadas, algo particularmente plausible en una obra de tan enormes dinámicas y contrastes.
A pesar de que el programa se alejaba de los sotas, caballos y rey, la Sala Iturbi presentaba una más que aceptable entrada. La respuesta del público, cálida pero templadamente comedida, estuvo a tono con lo escuchado.
(Publicado en el diario LEVANTE)























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