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Pedro HalffterCrítica: "Winterreise" por Pedro Halffter, Schubert lo aguanta todo
Por Publicado el: 12/01/2026Categorías: En vivo

Critica: Imágenes bien esculpidas de Roberto González-Monjas con la OCNE

IMÁGENES BIEN ESCULPIDAS

Obras de Soutullo, Chausson y Respighi. Véronique Gens, soprano. Roberto González-Monjas, director. Orquesta Nacional de España (OCNE). Auditorio Nacional, 10 de enero de 2026.

IMÁGENES BIEN ESCULPIDASObras de Soutullo, Chausson y Respighi. Véronique Gens, soprano. Roberto González-Monjas, director. Orquesta Nacional. Auditorio Nacional, 10 de enero de 2026.

Véronique Gens

Había cierta curiosidad para ver la primera actuación al frente de la Orquesta Nacional en su sede madrileña del vallisoletano Roberto González-Monjas (37 años), actual titular de la Orquesta Sinfónica de Galicia, de la del Mozarteum de Salzburgo y del Musikkolegium de Winterthur. La impresión general no ha podido ser más positiva. Hombre desgarbado, muy alto, flexible y movedizo en el podio, muestra una actitud corporal variada y constante. Marca, con una batuta alada y progresiva, en todos los planos con gesto elegante y vigoroso, que sabe hacerse persuasivo cuando conviene.

Atiende a todas las familias por igual y mantiene la tensión en todo momento, lo que no empece para que, cuando conviene, no afloje y dibuje entonces muy convincentes volutas que no dejan de mantener sin vacilaciones el tempo-ritmo adecuado. Desde el principio pudo apreciarse todo ello, primero con la vigorosa y relevante imagen pictórica de la obra de Soutullo. Luego con las fluyentes y cautivadoras armonías y diáfanos efectos melódicos, de muelles toques impresionistas, del Poema del amor y del mar de Chausson, resaltando cuando convenía la delicadeza de muchos acentos. 

Fue solista la acreditada soprano francesa Véronique Gens, que a pesar del cuidado del acompañamiento quedó desdibujada y en peligroso segundo plano en diversas ocasiones. La cantante, que anda ya cerca de la sesentena, ha perdido lustre, brillo tímbrico (el de una lírica bien armada) y amplitud y acusa ya un vibrato reconocible. Pese al cuidado del acompañamiento quedó en exceso oscurecida por la orquesta, sobre todo en la zona grave de la tesitura. Disfrutamos, no obstante, cuando la vocal discurría por la zona media o medio aguda, de un exquisito fraseo y unos efectos dinámicos de primera clase. 

La batuta del director se hizo aún más ágil en la segunda parte con las obras de Respighi programadas, Fuentes de Roma y Pinos de Roma, pertenecientes a una conocida trilogía completada con Fiestas romanas. La batuta se desbordó, aunque sin perder el control y siempre guardando las formas, en unos pentagramas que conoce en profundidad: durante seis años, de 2014 a 2020, fue concertino de la Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma, donde estableció contacto con Antonio Pappano.

Se notó su dominio de estas composiciones dirigidas de memoria y poniendo en evidencia un amplio muestrario de matices, necesarios para realzar y favorecer unos pentagramas de gran riqueza tímbrica y melódica, que discurren por la senda de una agradable tonalidad. 

La batuta no tuvo problemas para penetrar en los distintos ambientes. Magistral su pintura de los Pinos cerca de una catacumba y de los exquisitos Pinos del Gianicolo. La noche romana en toda su belleza y misterio. Bien armado el número final de la segunda composición, los Pinos de la Via Appia que describe la marcha de las legiones romanas hacia Campidoglio, donde la música, tan bien planificada por su autor, crece y crece brillantísimamente en un crescendo pavoroso en el que intervienen todos los efectivos hasta un ensordecedor final, con toda la orquesta refulgiendo al máximo. Por pedir habríamos deseado una mejor planificación a fin de que ese gigantesco cierre pudiera haberse escuchado con mayor claridad.

El concierto se abría, como se ha apuntado, con una obra de Soutllo: Das Eismeer (El mar de hielo), encargo de la ONE. Partitura que evidencia una vez más el magnífico oficio que posee este compositor vigués, tantas veces premiado. Las voces orquestales y su combinación no tienen secretor para él. La obra, nos dice el autor, “se inspira en el cuadro pintado en 1824 por Caspar David Friedrich que representa el naufragio de un buque en el Ártico (…) El hielo es un lugar de muerte y la naturaleza siempre vencerá la acción y la agresión del hombre (…) La naturaleza y la vida no desaparecerán del planeta; tan solo lo hará la raza humana”.

Sobre esta base Soutullo edifica una suerte de breve poema sinfónico cuajado de efectos de excelente cuño, que se abre con violentos acordes, que se va alternando con imágenes más líricas, aunque siempre hay un crepitar, una tensión diríamos que cinematográfica que nos va orientando. Orquesta fragorosa y delicada, según la imagen a evocar. Lenguaje inteligible dentro de sus modernos planteamientos sonoros acogidos a un eclecticismo de altos vuelos. La obra, bien tocada, fue muy aplaudida ante la presencia del autor. Ilustrativas y amenas notas al programa de Luis Suñén.

Arturo Reverter

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