Crítica: Manuel Blanco y Pablo Márquez, referencias en el Atrium Musicae
Manuel Blanco y Pablo Márquez, referencias en el Atrium Musicae
IV FESTIVAL ATRIUM MUSICAE. Manuel Blanco (trompeta), Pablo Márzquez (órgano). Obras de Bach. Buxtehude, Händel, Leopold Mozart, Gigout, y Márquez Caraballo. Lugar: Concatedral de Cáceres. Fecha: 30 enero 2026.

El trompetista Manuel Blanco, miembro de la ONE, cosechó un nuevo éxito
En la fiesta de la música diversa y plural que es el Festival Atrium Musicae, el órgano y la trompeta -o viceversa- son referencia. No podría ser de otro modo dado los lugares tan idóneos que para sus sonoridades particulares brinda la impresionante geografía monumental de Cáceres y su provincia y templos.
En esta cuarta edición, y tras el resonante éxito en 2024, el trompetista Manuel Blanco (1985) ha regresado a la impactante Concatedral de Cáceres. Sus bóvedas y piedras cargadas de historia, a caballo entre el románico y el gótico, han vuelto a ser testigos y eco de una cita cuajada de atractivo y sugestiones. De virtuosismo y musicalidad a flor de piel, en la que el solista de la Orquesta Nacional de España volvió a encandilar a todos con esa manera de decir y expresar ardiente, expresiva y directa que tanto distingue su carrera.
Si en 2024 el trompetista de Daimiel recaló en Cáceres bien acompañado por el organista Danial Oyarzabal, en esta lo ha hecho con otra grande del órgano español, el valenciano Pablo Márquez, organista de la Catedral de Valencia y catedrático del Conservatorio de Castelló.
Ambos firmaron un programa sin pausas ni aplausos -así lo pidió expresamente Pablo Márquez- en el que grandes piezas para órgano se intercalaron con otras para trompeta, en un calibrado y coherente equilibrio cuyo itinerario se expandió por más de tres siglos de música, “desde el esplendor barroco de Bach, Buxtehude y Händel hasta el clasicismo del Concierto para trompeta de Leopold Mozart, el romanticismo de Eugène Gigout o la contemporaneidad de Al pie de la Cruz, para trompeta y órgano, compuesta por el propio Pablo Márquez, dedicada a Manuel Blanco, quien la estreno con el propio Márquez al teclado en 2007.
Como hace dos años, Blanco quiso comenzar su actuación cruzando lentamente la nave central mientras tocaba el coral bachiano Nun komm, der Heiden Heiland con la complicidad de Márquez, quien desde la distancia considerable del coro le acompañaba al órgano. El efecto acústico y escénico fue total. La maestría curtida de uno y otro soslayó los problemas de ajuste propios de la distancia y de la siempre problemática acústica de los “marcos incomparables”.
El final del coral bachiano, con una nota mantenida sin fin hasta el punto de perderse en las reverberantes bóvedas catedralicias, delató, como en la anterior visita, el fiato de un instrumentista de primera, pero, sobre todo, de un artista que gobierna el talento con sensible pericia y técnica.
Fue el comienzo de un recital todo él sobresaliente, seguido por un público que -una vez más- abarrotó el templo para disfrutar de las interpretaciones de un dúo que destiló entendimiento, complicidad, saber hacer y fuste instrumental. Brillante, barroca y bien estilizada la selección que ofrecieron de la transcrita Suite para trompeta y orquesta en Re mayor, de Händel, y del conocido coral bachiano Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ, precedido por una precisa interpretación de Pablo Márquez del Preludio y fuga en re menor, BWV 539 de Bach.
Tras esta larga introducción, que incluyó, además, la preciosa Ciaccona en mi menor de Buxtehude, el programa se adentró en el universo ya clásico de Leopold Mozart -ya saben: el padre del gran Wolfgang Amadeus-, que encontró su mejor soporte en la trompeta hipervirtuosa, brillante y certeramente afinada de Manuel Blanco. El Andante y luego el Allegro moderato que configuran el concierto leopoldmozartiano se sucedieron envueltos en perfecto y estilizado equilibrio.
Luego, la romántica, resplandeciente y emblemática Toccata para órgano en si menor del francés Eugène Gigout pareció revindicar, desde la versión apasionada y virtuosística de Márquez, el esplendor del órgano romántico y su universalidad estética. Un “movimiento perpetuo” que abrió la recta final de este concierto in crescendo, coronado por la suerte de saeta que es Al pie de la Cruz, imploración para trompeta y órgano de Pablo Márquez cargada de sutilezas tímbricas y expresivas, ideadas -como explicó el propio compositor y organista- “pensando expresamente en las posibilidades que brinda el virtuosismo sin límite de Manuel Blanco”. ¡Y vaya si las lució!
Al final, tras la imploración mística y virtuosa, en el que la trompeta cantó con fervor y ese fiato tan regulado y característico del mejor Blanco, llovieron los aplausos silenciosamente vetados entre obra y obra. ¡No era para menos! Dos propinas, coronadas con una transcripción del Adagio de uno de los conciertos para oboe de Albinoni, cerraron el variopinto recital con el regreso oportuno al mundo barroco.






















Últimos comentarios