Crítica: Un ‘Tristán e Isolda’ con triunfo de Lise Davidsen y Susanna Mälkki en el Gran Teatre del Liceu
Un Tristán e Isolda con triunfo de Lise Davidsen y Susanna Mälkki
Tristán e Isolda, de Wagner. Lise Davidsen, Clay Halley, Ekaterina Gubanova, Brindley Sherratt, Thomas Konieczny, Roger Padullés, Milan Perišić, Albert Casals. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección de escena: Bárbara Lluch. Dirección musical: Susanna Mälkki. Gran Teatre del del Liceu. Barcelona, 12 de enero de 2026

Escena
El debut de la soprano noruega Lise Davidsen como Isolde en el Gran Teatre del Liceu sorprende desde la primera frase de su interpretación por el aplomo y la presencia escénica de esta enorme mujer noruega, capaz de presentar una voz perfectamente homogénea, de gran ductilidad y belleza, cuidado esmalte y perfecta dicción.
Es admirable como presenta las notas más delicadas con perfecta emisión, variando el color a voluntad, incrementado la amplitud, con unas subidas al agudo de enorme proyección y exquisito sonido junto a unos graves perfectamente sustentados: unos recursos canoros impresionantes que la están convirtiendo en el referente mundial en este repertorio.
El Gran Teatre del Liceu ha apostado con gran acierto al ofrecer con esta propuesta tres miradas femeninas que se sitúan simultáneamente al frente de una de las obras más complejas, exigentes y simbólicas de Wagner, ya que al debut de la soprano noruega le acompañaban la presencia en el podio de la directora musical finlandesa Susanna Mälkki y una nueva producción de la directora de escena española Bárbara Lluch, en un triángulo femenino que es un verdadero hito en la vida artística del coliseo barcelonés.
El estreno ha supuesto también un gran triunfo para Susanna Mälkki, con una dirección musical excelente desde la obertura, ofreciendo una lectura muy cuidada pero a la vez temperamental y expresiva, tal y como merece esta excepcional y enorme partitura; siempre atenta a las voces, Mälkki las arropó con exquisitez tanto en los momentos más delicados, llenos de marcados silencios, como en las oleadas sinfónicas que deben abarcar el volumen y la proyección requerida por el compositor alemán.
Esta dirección musical se recordará durante años gracias a la entrega de una Sinfónica liceísta en un gran momento, que mostró una especial conjunción de la cuerdas, perfecta entrega dramática en la madera y exquisitez en los metales, siendo aplaudida con entusiasmo por un público liceista consciente de estar en una de esas noches mágicas que solo se dan muy de vez en cuando.
El tenor estadounidense Clay Hilley fue un interesante Tristán, uno de los pocos intérpretes actuales del rol capaz de estar a la altura de la soprano noruega. Hilley destacó también por una dicción trabajada, bello y homogéneo instrumento, capaz de proyectarlo con profusión durante la extensa partitura, y sin forzarlo. Su actuación le valió numerosos aplausos y el reconocimiento del público ante momentos de enorme belleza, como el dúo de amor del segundo acto, donde Davidsen se amoldó a su voz sin sobrepasarla, y muy especialmente en su destacada actuación en el tremendo tercer acto.
El resto de personajes cumplió de forma sobresaliente, especialmente el consagrado bajo-barítono polaco Tomasz Konieczny, un Kurwenal de manual de un intérprete de grandes cualidades en el repertorio wagneriano, así como la destacada Brängane de la mezzosoprano rusa Ekaterina Gubanova y el experimentado Rey Marke del bajo británico Brindley Sherratt. Meritoria la aportación de los tenores locales Roger Padullés como Melot y el Pastor y Marinero de Albert Casals, junto al excelente Timonel del barítono serbio Milan Perišic.
Hay que felicitar a Bárbara Lluch por su propuesta escénica que incluyó una escenografía minimalista que funcionó adecuadamente en toda la obra, con momentos especialmente bellos e interesantes, junto a una dirección de actores muy correcta ofreciendo claramente el devenir de la gran obra wagneriana. Quizás hubo una falta de unidad en la escenografía, resultando más atractivos el segundo y tercer actos, con escenas de gran plasticidad y belleza que dejaban centrar la atención en los protagonistas; otros momentos fueron más discutibles, como esa gran mesa del barco del primer acto, así como los detalles algo superfluos como el asesinato reiterado de los hombres de Tristán en Kareol o un vaso de escaso interés para el filtro de amor.
A ello se le sumó la excelente iluminación de Urs Schönnebaum, responsable también de la escenografía, y un adecuado vestuario, especialmente de la protagonista, a cargo de Clara Peluffo.























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