Crítica: Apoteosis Sokolov en el Palau de la Música de València
Apoteosis Sokolov
RECITAL GRÍGORI SOKOLOV (piano). Programa: Obras de Beethoven (Sonata para piano número 4, en Mi bemol mayor, opus 7. Seis bagatelas, opus 126), y Schubert (Sonata para piano en Si bemol mayor, D 960). Lugar: València, Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: 1.790 espectadores (lleno). Fecha: domingo, 15 febrero 2026.

Sokolov deslumbra en el Palau de la Música de València
El Palau de la Música volvió a abarrotarse para sentir el arte único de Grígori Sokolov, el dios del piano del siglo XXI, el artista que todo lo enfoca a la pura expresión, al hondo decir de la partitura. A los 75 años (nació en San Petersburgo, en abril de 1950), el titán del teclado repite año tras año el mismo rito, idéntica mística. En esta ocasión, Beethoven y Schubert como objeto de culto. El último Schubert (Sonata en Si bemol), y el Beethoven temprano de la Sonata opus 7 frente casi postrero de las Seis bagatelas opus 126. Una cita cara a cara con el alma de la música.
En la penumbra de siempre, el titán renuncia a la hojarasca para en cada ceremonia hacer de la música, cada instante, objeto único. Más allá, incluso, de la admiración que despierta su virtuosismo servidor de música. Ni un aplauso a destiempo, ni el obsceno timbre de cualquier teléfono (hubo muchos), ni el concierto de toses o la entrada escandalosa de público retrasado entre obra y obra (cero patatero al protocolo del Palau de la Música) turban la ceremonia de la música oficiada por su sumo servidor.
En el caso de Sokolov, hablar de colores, registros, fraseo o control de las dinámicas sería reiterar lo ya sabido en un artista que ha hecho del virtuosismo expresión. Estilo, estética y sensibilidad definen el uso de unos recursos técnicos abrumadores que, empeñados en su vocación de servidores de música, rehúyen protagonismo.
Bajo estos presupuestos transcurrió el nuevo programa, centrado en la encrucijada del cambio de siglo, en el abismo del fin del clasicismo y el despuntar del romanticismo. Viena, sí, pero resuenan los ecos de la Revolución de 1789. Sokolov escucha los viejos aires y el aún vigente clavicordio cuando se adentra, al principio del recital, en la temprana Sonata en Mi bemol mayor, opus 7, que ultima en 1796, con 26 años, pero en la que ya asoma su genio innovador y rompedor.
Una sonata que Sokolov -quien en marzo de 1991 dejó una referencial versión de ella- entiende desde los recursos inmensos del piano moderno, que explota sin remilgos, para realzar sus posibilidades expresivas y dinámicas hasta cotas que en la vida hubiera soñado Beethoven. Este vanguardismo -que, sin duda, hubiera maravillado al Sordo de Bonn- lo concilia Sokolov con una pulsación y articulación que consideran los aires de los viejos clavicordios, fiel a la realidad de que todas las sonatas de la primera época –y algunas de la segunda, como la famosa Sonata Claro de Luna, de 1801, cuyo epígrafe especifica: “Sonata quasi una fantasia per il clavicembalo o Piano”- fueron destinadas indistintamente a ambos instrumentos.

Imagen del concierto
Fue una versión extrema, con un “Largo, con gran espressione” que se elevó al paraíso romántico y un rondó final que parecía guiñar a Mozart y Haydn, y que se benefició -como todo el resto del programa- de la estupenda respuesta del moderno piano Steinway gran cola, artesanalmente puesto a punto para la ocasión por el técnico y maestro veterano Javier Clemente.
Luego, tras este Beethoven temprano, la plenitud arrolladora con aires de leves divertimentos de las Seis bagatelas opus 126, cuya coherente unidad ni siquiera pudo romper el aplauso inoportuno del público tras el congelado final de la Tercera. Sokolov, impertérrito, hizo oídos sordos a la escandalera y calló a todos con el ataque arrollador del presto que es la Cuarta. Ahora suena y resuena Schubert, pero adobado por los genios de Beethoven y su fiel escudero. ¡Inenarrable!
Tras la pausa de rigor, el monumento de la última sonata de Schubert, la en Si bemol mayor D 960. ¡1828! Han transcurrido 32 años de la Cuarta sonata de Beethoven. Otro pianismo. Otro tiempo y horizontes. Un Schubert que, como dijo Gerardo Diego, el poeta-músico, es “un romántico sin saberlo”, y que Sokolov entiende libre de cualquier extravagancia y centra en tiempos convencionales, cuyas propias lógicas establecen tempo y fraseo. Desde la primera frase, el aliento romántico marca pauta.
Sokolov se sumerge en la tonalidad suave de Si bemol mayor y deja que melodía armonía se solacen sin prisas ni demagógicas lentitudes en el “Molto moderado” que marca Schubert. Un universo sosegado y contemplativo, embadurnado con el sinfín de motivos y pequeños detalles que se suceden en el largo desarrollo y sus prescritas repeticiones. No hay modulación o armonía que quede inadvertida, que no se escuche, sienta y cobre realce en una lectura en la que todo, absolutamente todo, cobra presencia, sentido realidad. De nuevo el universo contemplativo, onírico incluso, ya presentido en la primera parte del programa, en el Largo de la Sonata de Beethoven. enmarcado ahora ya plenamente en el nuevo instrumento y tiempo.
Apenas alguna rozadura en el Scherzo, alguna insignificancia en el ardoroso y energético final del Allegro ma non troppo que corona la sonata, en absoluto emborronaron la perfecta lectura. Tampoco el entusiasmo del público. Como siempre, lluvia de bravos y aplausos. Y la consabida ceremonia de propina. Una, dos, tres, cuatro… ¡Ni se sabe! Cada una enfervorizaba aún más al público… Mazurca opus 68 número 2 y Preludio opus 28 número 20, de Chopin, Segunda rapsodia opus 79 de Brahms, Preludio opus 11 número 4 de Scriabin…, etc. etc. La apoteosis podría durar todavía. Se tuvieron que encender las luces de sala para que el rito tocara fin. Queda el recuerdo.
Publicada en el diario LEVANTE

























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