Crítica: Un “Giulio Cesare” de Haendel deslumbrante con Sabine Devieilhe y Jakub Józef Orlinski en el Teatro Real.
Un Giulio Cesare de Haendel deslumbrante con Sabine Devieilhe y Jakub Józef Orlinski en el Teatro Real.
Giulio Cesare in Egitto de Haendel en versión de concierto. Jakub Józef Orliński, Sabine Devieilhe, Beth Taylor, Rebecca Leggett, Yurly Mynenko, Alex Rosen, Marco Saccardin y Rémy Brès-Feuillet. Il Pomo d’Oro. Dirección musical: Francesco Corti. Teatro Real. Madrid. 19 de febrero de 2026.

Giulio Cesare de Haendel vuelve al Real tras más de dos décadas de ausencia
Hace justo 302 años desde que se estrenó este Giulio Cesare en Egitto que supone el testamento de una época. Haendel, operista de instinto infalible, logró en esta obra una síntesis que trasciende la estructura rígida del dramma per musica para ofrecernos una galería de retratos psicológicos que poseen una profundidad que era inalcanzable para la mayoría de sus contemporáneos.
No estamos sólo ante una sucesión de arias de bravura destinadas al lucimiento vacuo de castrados y sopranos, qué también, sino ante un partitura viva donde la orquestación, inusualmente rica y detallada para el Londres de 1724, se convierte en el verdadero motor de la acción dramática. El valor musical de esta ópera reside fundamentalmente en la capacidad de su autor para reinventar la forma de la aria da capo dotándola de una flexibilidad narrativa que rompe con el estatismo tradicional. En manos de Haendel, las repeticiones no son una concesión al ego del cantante sino una oportunidad para profundizar en la herida o en la alegría del personaje, transformando el ornamento en un arma expresiva de primer orden.
Pensemos en el César que contempla las cenizas de Pompeyo, donde el acompañamiento de las cuerdas crea una atmósfera de recogimiento que nos obliga a olvidar la parafernalia histórica para enfrentarnos a la fragilidad del poder frente a la muerte. Cleopatra es quizá la creación más lograda del catálogo haendeliano y en ella se depositan los mayores tesoros melódicos de la partitura. Desde la ligereza seductora de sus primeras intervenciones hasta la desolación absoluta de Piangerò la sorte mia, la música traza un arco evolutivo que nos muestra a una mujer que transita desde la ambición política hasta el dolor más humano y descarnado.
La interpretación de esta obra en el Real por el conjunto Il Pomo d’Oro, con Sabine Devieilhe y Jakub Józef Orliński al frente, se adentra en los terrenos de la modernidad. Bajo la dirección de Francesco Corti, la orquesta ha alcanzado una madurez sonora donde el rigor histórico se funde con una flexibilidad rítmica envidiable.

Orlinski y Devielhe
Admira su capacidad para articular los recitativos con una vivacidad que impide que la acción decaiga en ningún momento, transformando lo que podría ser una aburrida sucesión de arias en un discurso narrativo coherente y vibrante. Sobresalientes los solos de trompa, violín, flauta, etc. que acompañan a algunas arias y la calidez de los violines junto a la profundidad de los bajos sostienen el drama con firmeza.
La Cleopatra de Sabine Devieilhe, al margen de que el timbre pueda no entusiasmar a algunos como a quien firma, supone un prodigio de inteligencia vocal y de control del fiato, logrando en las arias más introspectivas una suspensión del tiempo que obliga al oyente a contener el aliento ante una fragilidad que parece sostenida por un hilo de seda, de lo que es claro ejemplo el emotivo Se pietà di me non senti.
Por su parte, el César de Jakub Józef Orliński sigue siendo objeto de un debate que divide a los puristas de los nuevos aficionados que ven en el contratenor polaco a un artista capaz de devolver a la ópera barroca un magnetismo que se había perdido durante décadas. Si bien no puede discutirse su carisma escénico ni su capacidad para abordar las coloraturas más endiabladas con una naturalidad pasmosa, su emisión vocal carece de toda la anchura y el cuerpo que requiere un personaje de la envergadura del general romano.

Saludos finales del concierto
La calidad y homogeneidad de estilo, donde la agilidad se impone, es compartida por el resto del reparto, con el Tolomeo incisivo del también contratenor Yuriy Mynenko; la nobleza melancólica, pero a veces excesivamente desgarrada, de la Cornelia de Beth Taylor; el fraseo incisivo de la soprano Rebecca Leggett como Sesto; la rotundidad vocal del bajo estadounidense Alex Rosen como Achilla; el personal color vocal e intención de Rémy Brès-Feuillet como Nireno y la suficiente autoridad de Marco Saccardin para el lugarteniente de César. No creo que pudiese haber alguien que no saliese entusiasmado de la lectura ofrecida en el Teatro Real.
Esta versión prefiere la luz a la sombra y la elegancia al desgarro, una opción legítima en un mundo que busca en la música una vía de escape frente al ruido exterior, recordándonos que la obra de Haendel sigue siendo un terreno fértil para el descubrimiento perpetuo.
Basta para ello volver la vista atrás y escuchar la grabación en vivo en Pompeya de 1950 con Renata Tebaldi y Cesare Siepi entre otros o la del Carnegie Hall de 1967 con Montserrat Caballé y Kostas Paskalis. Habrá que ver la versión escénica que nos ofrece en estos días el Palau de les Arts. Haendel da para mucho y es, junto con Bach, el compositor cuyas músicas nos pueden acompañar en todos los momentos de la vida.
























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