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Por Publicado el: 05/02/2026Categorías: Artículos de Beckmesser

De Palestrina a Xenakis

De Palestrina a Xenakis

Esta semana celebramos dos aniversarios curiosos: de un lado los quinientos y un año del nacimiento de Giovanni Pierluigi de Palestrina y, de otro, los veinticinco del fallecimiento del nacido en Rumanía, pero nacionalizado francés, Iannis Xenakis.

De Palestrina a XenakisEsta semana tenemos dos curiosos aniversarios: los 501 años del nacimiento de Palestrina y los 25 del fallecimeinto de Iannis Xenakis.

De Palestrina a Xenakis

El primero nació el 3 de febrero de 1525. Fue quien salvó la polifonía cuando los puristas del Concilio de Trento pretendían desterrarla al olvido, acusándola de ensombrecer el texto sagrado. La leyenda, cuenta que fue la Missa Papae Marcelli, quizá su obra más conocida, la que logró el milagro. Los cardenales, supuestamente fatigados por el contrapunto enrevesado donde no se entendía ni el Amén, quedaron boquiabiertos al escuchar la claridad de Palestrina.

Trabajó para papas, sufrió las estrecheces de la Capilla Sixtina y sobrevivió a las pestes que se llevaron a su esposa y a sus hijos, pero su pluma nunca se dejó contagiar por la desesperación. Hay en su música una serenidad que es a la vez una lección de resistencia.

Xenakis murió un 4 de febrero de 2001. Compositor, arquitecto y matemático francés, nacido en Rumania, “inventó” la música estocástica, compuesta con la ayuda de computadoras electrónicas y basada en sistemas de probabilidad matemática. Como arquitecto, Xenakis es principalmente conocido por sus trabajos bajo la dirección de Le Corbusier.

Entre sus principales obras se encuentran  Metastaseis  (1953-4) para orquesta; obras de percusión como  Psappha (1975) y  Pléïades  (1979); composiciones que introdujeron la espacialización dispersando a los músicos entre el público, como  Terretektorh (1966); obras electrónicas creadas utilizando el sistema UPIC de Xenakis; y las masivas performances multimedia que Xenakis bautizó como  polytopes

Pabellon-Philips

Pabellón Philips – Le Corbusier/Xenakis

Suele decirse que la vanguardia supone una ruptura radical con el pasado que no deja títere con cabeza. Sin embargo, si nos detenemos a observar el esqueleto de las cosas, descubrimos que los hilos que unen la polifonía del siglo XVI con la arquitectura estocástica de Xenakis son mucho más sólidos de lo que sus disonancias aparentan.

No es una cuestión de belleza en el sentido decimonónico de la palabra, sino de geometría. En Palestrina, la voz humana se somete a una disciplina casi matemática; cada línea melódica asciende o desciende con la precisión de un cálculo de estructuras. Hay en el autor de la Missa Papae Marcelliuna voluntad de orden que, salvando las distancias de los siglos, resuena aún en las nubes sonoras del greco-francés. Xenakis no hacía otra cosa que llevar esa polifonía al terreno de la estadística. Donde el italiano ponía contrapunto, el ingeniero ponía densidades; donde uno buscaba la armonía de las esferas, el otro perseguía el estruendo de las partículas.

Al final, ambos comparten una misma obsesión: la música no como un cauce para el sentimentalismo barato, sino como una construcción intelectual. Palestrina es la catedral terminada, serena y equilibrada; Xenakis es el mismo edificio sometido a una enorme presión física, donde los materiales crujen pero la estructura, milagrosamente, se mantiene en pie. Eran otros tiempos, desde luego, pero la inteligencia que subyace en ambos es, en esencia, la misma.

Palestrina fue el músico de la Iglesia de la Contrarreforma. Su vida estuvo ligada al Vaticano y a los Papas (especialmente Julio III y Marcelo II). Su misión era “salvar” la música sacra, dotándola de una claridad que satisficiera las exigencias del Concilio de Trento. Xenakis, antes de ser reconocido como compositor, fue la mano derecha de Le Corbusier, el papa de la arquitectura moderna. 

Resulta curioso que la historia nos presente a ambos como constructores y no soñadores. Uno levantaba catedrales de contrapunto en la Roma de los Papas; el otro, superviviente de una guerra que le dejó la marca del hierro en el rostro, proyectaba su trauma en edificios de sonido matemático. Al final, ambos alcanzaron la libertad creativa a través del rigor. 

Gonzalo Alonso

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