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Crítica: Claridad, concisión y perfección distinguen el Beethoven sin retóricas de Borís Giltburg
Por Publicado el: 01/04/2026Categorías: En vivo

Crítica: Inmersión en el mundo de Ives. Anna Prohaska en el Ciclo de Lied del CNDM

INMERSIÓN EN EL MUNDO DE IVES

Canciones de Ives, Mahler y Debussy. Anna Prohaska, soprano; Pierre-Laurent Aimard, piano. XXXII Ciclo de Lied del CNDM. Teatro de la Zarzuela, Madrid.

INMERSIÓN EN EL MUNDO DE IVESCanciones de Ives, Mahler y Debussy. Anna Prohaska, soprano; Pierre-Laurent Aimard, piano. XXXII Ciclo de Lied del CNDM. Teatro de la Zarzuela, Madrid.

Anna Prohaska
Photo: Marco Borggreve

EL concierto giraba en torno a una generosa selección del corpus de 114 canciones salidas de la insólita y anárquica inspiración de Charles Ives (1874-1954), aquel curioso creador millonario que supo abrir nuevos e insólitos caminos. Original, inesperado, vulgar o exquisito según los casos, su torrencial vena creadora todavía nos asombra. En esta sesión se nos han ofrecido, si no hemos contado mal, diecisiete piezas, todas ellas breves, en algún caso de curiosa inspiración, como ráfagas, frecuentemente inspiradas en aires populares o bañadas en ese ámbito.

Muchas de ellas de curso movedizo e irregular, epigramáticas, afiladas de expresión, volátiles, con graciosos y sugerentes apuntes melódicos, de incierta tonalidad. Destellos en ocasiones fulgurantes que parecen quedar a medio camino, como la titulada September. En otros casos se nos ofrecen como cálidos apuntes melódicos, así Maple leaves; o como arrulladores soliloquios, así Berceuse. O como flashes pictóricos (Tom sails away.) O como apuntes valsísticos (One, two, three, pieza no incluida dentro del cuaderno de 114). O en calidad de canto popular, arpegiado (In the alley). Pudimos escuchar también canciones soñadoras, como Evening, números marchosos a contratiempo, como The Circus Band, cortada en seco.

Entre unos grupos de canciones del compositor americano y otros se introdujeron cinco lieder populares (Lieder und Gesänge) y uno perteneciente a Des Knaben Wunderhorn de Mahler, el conocido Das irdische Leben, y el cuaderno Proses lyriques de Debussy, que, sobre todo en este último caso, nos introdujeron en otro mundo. Por lo que respecta al músico francés se nos abrieron las puertas del más refinado impresionismo, de la evocadora poesía. La delicadeza de De soirs, que cierra el grupo, nos envolvió y nos llevó a otro mundo.

Y eso que ni la voz ni el estilo, ni el arte, ni el desparpajo de la soprano Anna Prohaska eran los más adecuados para calar en el mensaje debussyano. Sí para destacar los rasgos a veces populares de los flashes de Ives. Es una voz lírica no muy abundante de armónicos, de escasa cristalinidad y de relativa enjundia.

Graves débiles, centro justo, agudo no especialmente fácil, aunque no hubo en el programa ninguna exigencia especial. Desde luego se explicó bien en Ives, con cierto gracejo cuando convenía. Son piezas no muy exigentes a las que ella se amoldó sin especiales problemas. En Mahler, sobre todo en la canción del Wunderhorn, se le vio más el plumero. La tragedia que se cuenta en la pieza necesita de otra expresión.

Y Debussy precisa de otra elocuencia, de una matización y una exquisitez más reconocibles, de unos claroscuros más definidos. Tuvo en Aimard un buen colaborador. Es, ya lo sabemos, un pianista puntilloso -artista en residencia esta temporada del CNDM-, camaleónico, que se amoldó sin problemas a los modos de la soprano, a la que sirvió con detalle y general pulcritud, quizá a falta de un mayor toque poético en Debussy. Al cierre, una propina schumaniana: el lied que evoca La marsellesa. No parecía venir muy a cuento.

El concierto, ilustrado hasta cierto punto por un programa de mano en el que ya no se incluyen los textos -¡Qué tiempos aquellos!-, no se pudo seguir siempre de manera puntual, pues en los sobretítulos no figuraban los nombres de las canciones. Amplias y razonadas notas, con reproducción de largos párrafos de escritos del propio Ives, firmadas por Luis Gago. No se decía nada de Mahler ni de Debussy.

Arturo Reverter

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