¿Y si fue de verdad? Reflexiones desde el patio de butacas
¿Y SI FUE VERDAD?

El público, sus reflexiones y la ópera
Ella, Luisa, chiquita, pizpireta, en las puertas de ser abuela y con más óperas en su ojos que un teatro italiano.
Él, Julián, atildado, casi cincuentón, correcto, siempre inquieto y habiéndole crecido los pelos en la lírica.
Ambos conocidos, amigos y muchas veces discrepantes. Sus miradas ya se habían cruzado en el descanso entre el segundo y tercer acto, como buscando complicidades u opiniones sobre el acontecer en el foso y en el palcoscénico.
El encuentro al finalizar la representación fue inevitable, y el diálogo, entre quevedesco -por lo esperpéntico- e imaginario -por lo inaudible-, pudo ser del siguiente discurso.
– ¿Qué tal?
– Ya ves, simpático, como le gusta decir a Echenique.
– Es que somos masocas, nos van a terminar gustando hasta la bodrios en el escenario.
– Mujer, no es para tanto, ha habido cosas buenas. Esto es como los toros, un buen quile le alegra a uno la pestaña para toda la tarde.
– ¡No me digas, no me digas! ¿Cómo se puede cantar así? Nunca he visto a una soprano más basta, con menos gusto y una técnica tan primaria.
– Vamos, de preescolar.
– ¡Eso!
– El problema está en que las grandes figuras vienen aquí simplemente a cobrar y a la mayoría no les importa ocultarlo, dada la poca repercusión que este festival tiene a nivel internacional. Ellas mismas lo dicen: prendi e taci (coje y calla). Que se les exigen pocos ensayos, pues mejor; que la escena es de angustia, pues qué más da, si pagan como en los mejores teatros.
– A mí, Julián, el tenor me gustó. Tiene hechuras, buen gusto y su voz es de las de antes, como morbidezza.
– De acuerdo. No te olvides que el barítono también hizo lo suyo. Su emisión es cálida y una indudable maestría de canto.
– ¡Cierto es! Totalmente. Pero, pobre hombre, cómo me lo vistieron. ¡No hay derecho!
– Lo que te digo, prendi e taci.
– ¿Y qué me dices de la orquesta?
– Es una pena. A veces parecía afónica más que sinfónica, como sin ganas, pese al gran trabajo del maestro, que, a modo de picador incidía sobre los atriles, sin que aquella se arrancara por falta de casta y trapío.
Y así, poco a poco, Luisa y Julián iban saliendo del auditorio, entre las prisas de muchos para no perderse el tostón nuestro de cada día de la ‘caja tonta’.
Un amigo común, que ejerce de ‘plumilla crítica’, se les acercó esperando una valoración mordaz.
– ¿Qué os ha perecido este Otello?
– No ha estado mal, respondió Luisa, asintiendo Julián con la cabeza.
Pues eso, nunca ha de tomarse a pecho lo que se suele echar a la espalda.





















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