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Critica: Ars longa, vita brevis: La vida breve en Granada
Por Publicado el: 12/07/2026Categorías: En vivo

Crítica: Va, vecchio John; Falstaff y Josep Pons se despiden juntos del Liceu

Va, vecchio John: Falstaff y Josep Pons se despiden juntos del Liceu
Giuseppe Verdi: Falstaff. Luca Salsi (Falstaff), Lucas Meachem (Ford), Carolina López Moreno (Alice Ford), Daniela Barcellona (Mrs. Quickly), Serena Sáenz (Nannetta), Santiago Ballerini (Fenton), Gemma Coma-Alabert (Meg Page), Pablo García-López (Bardolfo), Alessio Cacciamani (Pistola), Josep Fadó (Doctor Cajus). Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dir. escénica: Laurent Pelly (Reposición, Benoît De Leersnyder). Dir. musical: Josep Pons. Gran Teatre del Liceu, 9 de julio de 2026

Falstaff Josep Pons Liceo

Escena

Verdi tenía casi ochenta años cuando estrenó Falstaff en la Scala. Llevaba décadas sin acercarse a la comedia -el fracaso de Un giorno di regno le había dejado una cicatriz que el tiempo no borró del todo- y eligió para volver al género el personaje más gordo, más borracho, más mentiroso y más irresistible que Shakespeare había concebido. Lo que salió de esa decisión es, según algunos, la mejor ópera cómica de la historia. Según otros, la mejor ópera de Verdi sin más apellido. En cualquier caso, es la más difícil de hacer bien. Porque en Falstaff no hay aria de lucimiento que salve una noche mediocre ni momento de silencio sentimental que disimule los baches. O funciona como reloj o se cae a pedazos.

El jueves en el Liceu funcionó. No como un reloj suizo, que habría sido excesivo pedir para una primera representación con tanto peso emocional encima, sino con la solidez imperfecta y humanísima de un mecanismo bien engrasado que necesitó el primer acto para entrar en temperatura.

Escena

El peso emocional era doble. La producción de Laurent Pelly, nacida en el Teatro Real en 2019 y luego vista en Bruselas y Nápoles, llega a Barcelona por primera vez. Y Josep Pons se despide tras catorce años como director musical del Liceu con la misma partitura que Verdi eligió para despedirse del teatro. Dos adioses en un solo espectáculo. Hay veladas que la música clásica regala para recordar no solo por lo que suena sino por lo que significa, y esta era una de ellas.

Pelly es un maestro de la comedia con dimensión. Su traslado de la acción al Londres de mediados del siglo XX -chaquetas ajustadas, gabardinas, un pub mugriento que se transforma en laberinto de escaleras burguesas- es funcionalmente perfecto: el mundo del panzone shakesperiano encaja sin fricciones en ese universo de clases sociales en colisión que la posguerra inglesa produjo. La escenografía de Barbara de Limburg tiene la virtud de los grandes ingenios teatrales: cambia sin que uno se dé cuenta de cuándo ni cómo. La taberna inicial se vuelve inmensa cuando Falstaff se siente el dueño del mundo y se encoge cuando el mundo le da la razón a quien no es él. Los conjuntos en las escaleras del segundo acto son un prodigio de coordinación dramática. La única reserva es la escena final del parque de Windsor, donde la magia que el tercer acto necesita se resuelve de manera demasiado austera, con un fondo negro que reduce la fantasmagoría a un trámite bien ejecutado pero sin vuelo poético. En Pelly los universos oníricos siempre pagan la deuda pendiente de los mundos racionales que los preceden, y este bosque no es excepción.

Sobre el podio, Pons confirmó lo que su trayectoria en el Liceu ha demostrado en repetidas ocasiones: es más cómodo en la modernidad que en el Verdi convencional, y Falstaff es el Verdi más moderno que existe. El primer acto sonó con precisión pero sin chispa, más atento a la articulación orquestal que al pulso teatral que la partitura exige desde el primer compás. El desajuste entre foso y escena en el monólogo del honor no fue catastrófico pero sí perceptible. A partir del segundo acto la cosa cambió: los tempi encontraron su lógica, los conjuntos ganaron cohesión y el tercer acto, con ese prodigio de las doce campanadas y las texturas casi etéreas que Verdi construye para las hadas, llegó en el mejor momento de la noche. La fuga final la desgranó con una ligereza que no ocultaba su complejidad contrapuntística y que cerró la velada de la manera más inteligente posible: recordándonos que tutto nel mondo è burla es al mismo tiempo una broma y una filosofía. El público respondió con ovación de pie. Merecida.

Luca Salsi es hoy el Falstaff de referencia en los grandes teatros del mundo, y el jueves en Barcelona volvió a justificar esa posición, aunque no desde el primer compás. Su monólogo inicial resultó algo frío y la voz tardó unos minutos en adquirir la plenitud y la flexibilidad que el personaje reclama. Cuando lo hizo, la cosa fue de otro nivel. Su Mondo ladro del tercer acto -ese momento en que Falstaff, empapado y humillado, encuentra sin embargo la dignidad para seguir siendo él mismo- tuvo la profundidad exacta que el papel necesita para trascender la caricatura. Dicción impecable, fraseo verdiano de primera calidad, respeto absoluto a lo escrito. El gran Falstaff de siempre, un acto más tarde de lo esperado.

El cuarteto femenino fue colectivamente la parte más brillante de la representación. Carolina López Moreno, a quien hemos visto crecer en los últimos años desde Valencia hasta Barcelona con una consistencia que no es habitual en su generación, construyó una Alice inteligente, vocalmente sólida y escénicamente convincente. Su narración del Cazador Negro tiene un point d’appui dramático que la soprano manejó con autoridad. Daniela Barcellona fue, como casi siempre que canta esta Mrs. Quickly, la que más risas arrancó y las más merecidas: una veterana que sabe exactamente lo que hace y cómo hacerlo sin forzar un solo efecto. Serena Sáenz cantó una Nannetta de timbre luminoso y Sul fil d’un soffio etesio de pianissimi certeros. Gemma Coma-Alabert completó el cuadro con la solvencia de quien conoce el oficio.

Falstaff-Liceu-Pons-foso

Josep Pns en el foso

Lucas Meachem debutó en el rol de Ford con una prestación que sorprendió gratamente. Aunque con un instrumento de naturaleza lírica, encontró el carácter y los contrastes que el personaje exige, con un È sogno? o realtà? que fue uno de los momentos más teatralmente memorables de la noche, amplificado por el hallazgo escénico de Pelly de multiplicar al burgués celoso en un ejército de sosias que le rodean burlándose de sí mismo. Santiago Ballerini fue un Fenton de medios atractivos y fraseo delicado. La pareja de hampones –Pablo García-López como Bardolfo y Alessio Cacciamani como Pistola- fue de lo más celebrado del reparto: vis cómica, buena voz y una sincronía entre los dos que convirtió cada aparición conjunta en un regalo. Josep Fadó completó el elenco masculino con su característico Doctor Cajus.

El Liceu pone así el colofón a lo que ha sido, con alguna excepción notable, una temporada de altura. Quedan siete funciones más. Quien no haya ido, que vaya. H.P. Fotos: A BOFILL

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