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Por Publicado el: 16/08/2026Categorías: Noticias

El Bal y Gay alcanza su ecuador: madurez de un festival irrepetible

El Bal y Gay alcanza su ecuador: madurez de un festival irrepetible

Hay festivales que se inventan para rellenar agendas veraniegas y otros que responden a una convicción profunda. El Bal y Gay pertenece sin duda a la segunda categoría. Cuando uno repasa lo que lleva recorrido esta decimotercera edición, iniciada el pasado 5 de agosto y abierta hasta el día 21, comprende por qué esta cita de A Mariña lucense se ha ganado un lugar propio en el mapa musical español sin necesidad de grandes campañas ni de artificios mediáticos: le ha bastado con programar bien, elegir espacios con alma y confiar en la inteligencia de su público.

Bal y Gay Festival

Santiago Ballerini y Berna Perles

Conviene recordar el propósito que lo alumbró. El festival toma su nombre de Xesús Bal y Gay, aquel musicólogo y compositor lucense de la órbita de la Generación del 27, amigo de Lorca y de la Residencia de Estudiantes, exiliado en México, cuya figura merecía desde hacía décadas una reparación en su propia tierra. La Fundación que lleva su nombre entendió que el mejor homenaje no era un busto ni una calle, sino un proyecto vivo: acercar a las iglesias, castillos, pazos y basílicas de la costa de Lugo a intérpretes del máximo nivel internacional, de esos que habitualmente solo se escuchan en Madrid, Barcelona o las grandes capitales europeas. Trece ediciones después, las cifras hablan solas: más de veinte mil espectadores, un centenar largo de conciertos y cerca de cuatrocientos artistas. No está nada mal para una comarca alejada de los circuitos convencionales.

La edición de 2026 es, además, la de la mayoría de edad. Alba Rodríguez, su directora, la ha definido como una celebración de madurez y crecimiento, y los hechos le dan la razón: catorce conciertos —más que nunca—, ampliación del calendario y, por primera vez, salto a la ciudad de Lugo, que se incorpora como sede junto a los escenarios habituales de Mondoñedo, Foz, Alfoz, Lourenzá o Ribadeo. Todo ello, curiosamente, bajo el signo del eclipse solar que ha coincidido con estas fechas, como si el cielo también quisiera sumarse a la programación.

De Bach en la catedral a Sokolov en Lugo

La inauguración fue de las que dejan huella. Vox Luminis, el conjunto belga fundado en 2004 por Lionel Meunier, llenó por completo la catedral de Mondoñedo —Bien de Interés Cultural y uno de los templos más hermosos de Galicia— con un programa consagrado a los motetes de Bach. Quien haya seguido la trayectoria de esta formación, premiada con el Gramophone y aclamada en el Wigmore Hall o la Elbphilharmonie, sabe lo que ofrece: un equilibrio vocal milimétrico, una claridad polifónica asombrosa y esa manera de servir al texto que convierte cada frase en discurso. Meunier dirigió desde dentro del propio coro, con una economía de gestos casi imperceptible, y supo leer como pocos la acústica del templo mindoniense, nada fácil por cierto. La crítica especializada habló de un Bach inolvidable, y quienes estuvimos atentos a las crónicas no encontramos motivo para el desacuerdo.

Al día siguiente el festival cambió por completo de registro, y ahí está una de sus virtudes: la ausencia de prejuicios estilísticos. El pianista Moisés P. Sánchez presentó en el castillo de Castro de Ouro, en Alfoz, su ‘Falla Imaginado’, acompañado por la violinista Ana María Valderrama y el contrabajista Pablo Martín Caminero. Repensar a Falla desde el jazz y la improvisación pudiera parecer osadía; en manos de Sánchez, uno de los músicos más creativos de nuestra escena, resulta un ejercicio de respeto profundo hacia el gaditano.

El monasterio de San Salvador de Lourenzá acogió después a la soprano Auxiliadora Toledano junto al pianista Javier Carmena, y el día 8 la basílica de San Martiño de Foz reunió al violista Antoine Tamestit —probablemente el mejor de su instrumento hoy— con la violinista Alexandra Preucil, en una velada de música de cámara de altísimo voltaje.

Pero si un nombre justificaba por sí solo el viaje a esta edición, ese era el de Grigory Sokolov. El pianista ruso, mito viviente del teclado, cerró el primer bloque del festival el día 9 en el auditorio Fuxan os Ventos de Lugo, en su regreso a Galicia veinte años después de su última visita.

Que un artista que apenas concede fechas fuera de los templos consagrados del pianismo europeo acepte tocar en Lugo dice mucho del prestigio que el Bal y Gay ha acumulado calladamente. Sokolov no defrauda jamás: su rito inalterable, sus propinas generosas y esa sonoridad irrepetible convirtieron la cita en acontecimiento histórico para la ciudad, que estrenaba así su condición de sede del festival.

Lo que queda por delante

Superado el ecuador, la programación mantiene el pulso. Quedan aún citas mayores, entre ellas la de La Ritirata de Josetxu Obregón, y sobre todo la clausura del día 21, nuevamente en la basílica de Foz, con el barítono Samuel Hasselhorn cantando ‘La bella molinera’ de Schubert. Difícil imaginar mejor despedida que el ciclo del molinero enamorado en boca de una de las voces liederísticas más admiradas del momento.

El balance provisional no admite discusión. El Bal y Gay ha demostrado que la excelencia no es patrimonio de las capitales y que un festival puede crecer sin traicionar su esencia. Su fórmula —patrimonio, paisaje y música del más alto nivel— parece sencilla, pero exige algo que no abunda: criterio artístico y constancia. Xesús Bal y Gay, que dedicó su vida a dignificar la música desde la erudición y el exilio, tendría motivos para sentirse orgulloso de lo que se hace en su nombre. Y quienes amamos estas citas estivales, motivos para apuntar A Mariña en el calendario de cada agosto.

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