La Bernarda: apuntes sobre el mundo de la música y sus sinsentidos
La Bernarda
Siempre he constatado que el mundo de la música es diferente a los demás, pero hay diferencias que no dejan de sorprenderme por los sinsentidos que las originan. Veamos unos ejemplos.

Teatro Real
Hace poco me comentaba un amigo que el dueño de un restaurante de una pequeña localidad donde se ofrece un festival le había dicho que pensaba ir a un determinado espectáculo, que no había sacado entradas pero esperaba que un comensal habitual, ligado al festival, le proporcionase las localidades que, por cierto, costaban más de cien euros cada una.
Quizá a ustedes les parezca normal, pero no lo es. ¿Acaso el restaurante invita a comer al comensal, a los artistas del festival o a sus gestores? Obviamente no. ¿Por qué entonces se “espera” poder ir gratis a la música? Porque además sabemos lo rácanos que suelen ser los restaurantes a la hora de invitar a una copa o hasta un café, incluso siendo cliente habitual. En todo caso, en reciprocidad, podrían esperar que les abriesen las puertas para dejarles escuchar las propinas. ¿O no?
Imaginen la escena al revés. El melómano se presenta en el restaurante a la hora punta, sin reserva, y le explica al dueño que, como conoce al cocinero, espera que le sirvan el menú degustación y, ya puestos, un buen reserva. Lo pondrían en la calle con toda la razón y la anécdota circularía por el pueblo durante semanas. Con la música, en cambio, nadie se ruboriza.
Pero es que ese mismo comensal me consta que está más que harto -por no decir otra cosa- de que le llamen para pedirle entradas para el Real, Ibermúsica, la ONE o lo que toque, como si él fuera la taquillera mayor del Reino. No suelen actuar así los amigos más próximos, porque son conscientes del cansancio que origina el tema, sino que se trata de los simplemente conocidos. Esto es mucho peor porque, ¿Cuántos conocidos puede tener un crítico?, por poner un ejemplo.
Hablo con cierto conocimiento de causa. Durante los diecisiete años en que formé parte del Patronato del Teatro Real, mi teléfono sonaba en vísperas de cada estreno con una puntualidad que ya quisieran muchos trenes. Compañeros de colegio a los que no veía desde el bachillerato, primos terceros, el cuñado de un vecino.
Todos con la misma cantinela: “tú, que estás dentro…”. Me sentía como Fígaro, reclamado por todos a la vez, aunque sin su gracia y sin cobrar por el servicio. Los críticos tampoco nos libramos. Solemos recibir una invitación de prensa, que no es un regalo sino una herramienta de trabajo, como el bisturí para el cirujano. Pero hay quien la entiende como un excedente que se puede repartir entre amigos.
Y no hablemos ya de los familiares, amigos y conocidos de los artistas. ¿Se imaginan la cantidad de entradas gratuitas con las que tendría que complacer un Plácido Domingo en su concierto de esta semana? ¿Por qué la gente piensa que la música puede salir gratis? Esto no sucede en la pintura. ¿A que ningún conocido de un pintor que expone espera que éste le regale algún cuadro de la exposición? Ni el lector pide al novelista que le regale el libro, ni al arquitecto que le haga la casa por la cara. Bueno, alguno habrá, pero al menos se le reconoce el atrevimiento.
Otras veces las peticiones son menores, pero por ello más embarazosas de desatender. “¿Me puedes conseguir un abono para… por supuesto pagando?”. Y no hablemos ya de la cuestión de los precios. Nadie se quiere gastar en música clásica lo que en un partido de fútbol o un concierto de Madonna o Bruce Springsteen.
Porque, cuando consigues ese abono y les dices el precio, ya no lo quieren. Doscientos euros por escuchar a un tenor en plenitud les parece un atraco; trescientos por una entrada de reventa en un estadio, donde el cantante se ve del tamaño de una hormiga, una oportunidad. Las cuentas de la música nunca han cuadrado con la aritmética de los demás, y eso que uno es ingeniero.
Decididamente a los de la música nos ven diferentes. Por eso hemos llegado a ser considerados en las leyes, junto a “titiriteros” y otros, gente de mal vivir. Si hasta un postre lleva el nombre de “postre de músico” por su pobreza: unas nueces, unas pasas, lo que quedaba en la despensa. No me choca. Todos nos han esquilmado siempre.
Y así, entre favores que no se agradecen y abonos que no se pagan, el patio de butacas acaba pareciéndose a aquella casa de la Bernarda del dicho castizo, donde todo el mundo entra y nadie pregunta quién paga. Por no recurrir a otro dicho. Lo malo es que alguien siempre paga. Casi siempre, los de la música.





















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