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Por Publicado el: 04/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: ‘La Vestale’ no funciona en la Staatsoper de Berlín

La Vestale no funciona en la Staatsoper de Berlín

La vestale, música de Gaspare Spontini y libreto de Victor-Joseph Étienne de Jouy. Sonya Yoncheva, David Butt Philip, Marina Prudenskaya, Siyabonga Maqungo, Adrian Sâmpetrean, Hanseong Yun. Staatskapelle Berlin, orquesta. Staatsopernchor, coro. Carlo Rizzi, director musical. Dani Juris, director del coro. Lydia Steier, directora de escena. Staatsoper Unter den Linden, Berlín, 26 de septiembre 2026. Coproducción con la Opéra National de París.

Crítica: 'La Vestale' no funciona en la Staatsoper de Berlín

Imagen de la producción de Berlín

La Vestale, estrenada en París en 1807, es la obra que dio fama a Gaspare Spontini, un italiano que años más tarde, a partir de 1820 y durante más de dos décadas, fue el primer gran director musical en Berlín. Que la Staatsoper abra temporada con su ópera tiene por tanto su lógica: la casa mira a su propia historia.

En los libros, la pieza tiene buena prensa. Es el eslabón entre la reforma de Gluck y la gran ópera francesa. Beethoven la tenía en mente mientras revisaba su ‘Fidelio’, y Wagner llegó a llevar a Spontini a Dresde en 1844 para que dirigiera él mismo esta partitura. En ‘Rienzi’ se reconoce más de una huella: el coro convertido en protagonista, los finales monumentales, Roma como decorado político. No son obras contemporáneas (hay treinta y cinco años de diferencia), pero la herencia está clara.

Otra cosa es lo que pasa hoy en el teatro. La Vestale no está en el repertorio y esta función tampoco convence de que haya que recuperarla. El primer acto es aburrido, para dormirse: ceremonia, explicación, más ceremonia y poca acción. Todo avanza a paso de procesión, con la sensación de que la música nos cuenta dos veces lo mismo. En el segundo acto, cuando por fin hay conflicto, la cosa mejora. En el tercero vuelve a dispersarse en una sucesión de cuadros corales.

Hay tanto coro que a ratos parece un oratorio con escenas intercaladas. Lo que sí ofrece, y de sobra, es un papel para que una soprano se luzca. Julia está escrita para que alguien la ocupe entera, por eso la retomó Callas en 1954 y por eso el título asoma cada quince o veinte años cuando hay una diva dispuesta a pelearlo.

La estadounidense Lydia Steier traslada la acción a una dictadura teocrático-militar con ecos de regímenes del siglo XX, con las vestales convertidas en congregación al servicio del Estado. Etienne Pluss construye el espacio a partir de la Sorbona: el gran anfiteatro como sala del culto, la biblioteca como santuario, un guiño con gracia si se sabe que el texto del que nace el libreto fue condenado en su día por los teólogos de esa misma casa.

La mejor imagen de la noche va por ahí: el fuego sagrado se mantiene vivo quemando libros, con una referencia clara tanto a las hogueras nazis como al fanatismo religioso, en especial al catolicismo, cuyo índice de títulos prohibidos sobrevivió a Hitler. Hasta aquí, todo bien. Pero la puesta en escena no funciona:

Primero, el imaginario es prestado. Steier ha reconocido que se apoyó en El cuento de la criada, de la canadiense Margaret Atwood, y la deuda es literal: las vestales visten de negro riguroso y en el último acto aparecen con las cofias de ala ancha que cualquiera que haya visto la serie identifica en un segundo, con el color cambiado y nada más. El espectador deja de mirar La Vestale y empieza a reconocer citas. La producción no construye un mundo: alquila uno ya hecho.

Segundo, demasiada violencia en diferentes formas. Los cuerpos colgados del muro negro nos reciben antes de la primera nota y el golpe es real, pero permanecen tanto tiempo en escena que acaban siendo mobiliario; a los veinte minutos nadie los mira. Lo mismo pasa con los soldados borrachos, los castigos explícitos y la pintada ‘Talis est ordo deorum’ (Tal es el orden de los dioses) como subrayado. Steier no confía en que se haya entendido y el exceso consigue lo contrario de lo que busca: una escena que insensibiliza respecto a su propio tema.

Tercero, la escena trabaja contra la música. Spontini escribe contención y ceremonia; pide quietud para que se oiga lo que hay dentro. Arriba, en cambio, siempre se mueve algo.

Crítica: 'La Vestale' no funciona en la Staatsoper de Berlín

La ópera de Spontini inaugura la temporada del teatro berlinés

Y cuarto, la iconografía vuelve a estar tomada en préstamo, esta vez de un sitio incómodo. La imagen de culto es una virgen barroca desmesurada, con manto, palio y lágrimas (una Macarena enorme pasada por el filtro de la distopía), rodeada de encapuchados que son, sin discusión posible, cofrades. En Berlín puede que funcione como signo abstracto de opresión religiosa.

Para un español el efecto es de collage turístico: algo muy concreto y muy vivo usado como atrezzo genérico de fanatismo. No molesta: desconcierta y da hasta pena. Desorienta porque revela el método: apilar capas de autoridad religiosa (Roma, Gilead, la Semana Santa andaluza) sin preguntarse si encajan.

Del trabajo técnico solo salvaríamos la iluminación de Valerio Tiberi, que hace dramaturgia de verdad: define espacios que la escenografía no define y aísla a Julia cuando la dirección de actores la deja sola. Los vídeos de Étienne Guiol tampoco ayudan: la referencia a Riefenstahl está caricaturizada, con masas geométricas y contrapicados heroicos tan enfáticos que el totalitarismo deja de inquietar y parece cómic malo.

El final, que es otro

Spontini termina con un ‘deus ex machina’ sin disimulo: un rayo reaviva el fuego, la diosa perdona y el entierro en vida se convierte en fiesta. Nadie puede poner eso hoy en escena tal cual, y hay que reconocerle a Steier que no lo intente: en su versión no hay diosa, hay un régimen que fabrica el milagro porque le conviene.

La idea es buena, pero es confusa. Cinna se corona a sí mismo, cual Napoleón, pero mejor hubiera sido un turbante iraní porque en realidad no se construye una dictadura, se construye una teocracia. La eliminación previa del Sumo Pontífice y el fusilamiento de la Gran Vestal después apunta justamente a eso, aunque la imagen final no termine de decidirse entre caudillo militar y líder religioso.

Esta idea, que es original y podría ser válida, llega como acabose después de tanto despropósito, con los amantes apartados al borde del cuadro mientras el poder se reorganiza sin ellos, justo cuando la música les concede su único momento de plenitud. Se entiende el mensaje (los individuos no cuentan), pero el resultado es que la protagonista del título es expulsada de su propio desenlace. Un giro que no se deduce de lo anterior no es una revelación, es una ocurrencia.

Para terminar, conviene subrayar que la dramaturgia es bastante pobre y poco creíble, los intérpretes aparecen a menudo perdidos, no saben dónde colocarse ni cómo moverse.

Siendo esta la première, el equipo técnico, que salió al final a saludar, fue casi unánimemente abucheado.

Las voces y la interpretación musical:

Sonya Yoncheva (Julia) La soprano búlgara tiene una buena voz lírica, llegaba con precisión al agudo y pudo haberse lucido más, aunque es un hándicap el que este papel lo hubiera revitalizado la Callas.

David Butt Philip (Licinio). El tenor británico fue de más a menos, con un tercer acto en el que no demostró suficientemente el apellido de ‘dramático’, con menos brillo y ataques más prudentes.

Marina Prudenskaya (la Gran Vestal). La mezzo rusa construye el personaje desde la institución y no desde la crueldad, y da miedo precisamente porque cree en lo que hace. Excelente registro grave. Lo mejor de la noche.

Siyabonga Maqungo (Cinna) canta con calidez, aunque escénicamente estaba desubicado, quizá por los cambios que la dirección escénica introdujo en su personaje, que pasó de amigo a traidor y de ahí a dictador. Adrian Sâmpetrean cumple como Pontífice.

Carlo Rizzi es el argumento más sólido a favor de la función: cuida las texturas, deja respirar los metales y saca de la partitura más color del que tiene sobre el papel. La Staatskapelle responde a su nivel y el Staatsopernchor, preparado por Daniel Juris, firma las páginas más impresionantes de la velada, porque si bien como obra hay demasiada parte coral, para los oídos es un placer escucharla.

En resumen: un foso convencido, una protagonista correcta, un buen tenor a medias, una comprimaria excelente, unas luces notables y una producción que confunde insistir con profundizar. El rescate se agradece, pero confirma más que desmiente el motivo del olvido. La Vestale se disfruta más leyendo sobre ella que escuchándola, salvo que haya una Callas a mano. Y no la hubo.

Javier Lillo

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