Crítica: Soberbios Argerich y Dutoit, maestros en el Auditorio Nacional con Ibermusica
Argerich y Orchestra della Svizzera Italiana en Ibermúsica con Charles Dutoit
Obras de Ravel, Beethoven y Mendelssohn. Orchestra della Svizzera Italiana. Martha Argerich, piano y Charles Dutoit, dirección. Ciclo Ibermúsica. Auditorio Nacional. Madrid, 18 de marzo de 2026.

Argerich con Dutoit en el Auditorio Nacional Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica
El 12 de marzo, el concierto con Martha Argerich al piano y Charles Dutoit en el podio, el LAC Lugano Arte e Cultura registró lleno absoluto. En Lugano, Argerich no es una visita ilustre, sino como de la familia. La pianista lleva más de veinte años vinculada a la Orchestra della Svizzera Italiana y a la ciudad. Allí ofrecieron la premier de este concierto repetido luego en Barcelona, Zaragoza y, ahora, Madrid. Una gratísima sorpresa la agrupación, mejor que algunas de renombre.
Empezó en el Auditorio Nacional con Ravel. Mi madre la oca, esa suite de cuentos que el francés compuso con la precisión de un artesano y la imaginación de un niño. Dutoit la conoce como nadie: miembro honorífico de la Fundación Ravel desde hace décadas, ha dirigido esta música en medio mundo. Aquí la dirigió, sin podio, como quien la cuenta por milésima vez y todavía le encuentra algo nuevo. La orquesta respondió con un sonido compacto y confiado. Los vientos en Laideronette, impératrice des pagodes llegaron con una tersura que hubiera hecho sonrojar a más de una gran orquesta europea. El Ravel salió luminoso y sin esfuerzo. Exactamente como debe.
Luego llegó Beethoven, y con Beethoven, ella.
Martha Argerich tiene ochenta y cuatro años. Lo digo para que conste, no porque importe demasiado. Lo que importa es lo que pasó cuando sus manos tocaron el teclado. El Concierto núm. 1 en Do Mayor no es Prokofiev, no es Ravel, no es su territorio natural. Ella misma lo sabe. Y sin embargo, o quizá precisamente por eso, lo toca con una libertad que los especialistas en Beethoven rara vez se permiten. Sin el peso de la tradición germánica encima. Sin la obligación de ser solemne.

Imagen del concierto Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica
El primer movimiento llegó con una energía casi juvenil, como si el concierto acabara de estrenarse y ella fuera la primera en descubrirlo. Dutoit afinó los tempi con ella, aligeró las dinámicas, dejó respirar a la orquesta sin quitarle protagonismo al piano. El Largo central fue otra cosa: intimidad pura, el LAC en silencio absoluto, la clase de silencio que no se organiza sino que ocurre solo. El Rondo final salió disparado con esa garra rítmica que es la firma de Argerich en cualquier repertorio que toque.
Las ovaciones fueron largas. Ella volvió al piano para la propina: la Sonata Kk141 de Scarlatti, su caballo de batalla de siempre, ese pedacito de música que toca como si lo hubiera inventado ella. Indómita y libre, como siempre.
La segunda parte fue de Mendelssohn: La Italiana. Dutoit y la Orchestra della Svizzera Italiana la sacaron con paso ligero, sin grandilocuencia, dejando que el último movimiento terminara como una carcajada. La llama que Argerich había dejado sobre el escenario no se había apagado del todo. Mendelssohn llegó a tiempo de aprovecharla.
Hay conciertos que uno recuerda porque pasaron cosas extraordinarias. Y hay conciertos que uno recuerda simplemente porque todo estuvo en su sitio. Este era de los segundos. Y a veces eso es más difícil. Volvimos otra vez a tiempos olvidados. No hacía falta propina y no la hubo.





















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