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Por Publicado el: 30/03/2026Categorías: En vivo

Crítica: Boris Giltburg ilumina Beethoven de “vida y luz” en Valencia

TEMPORADA PALAU DE LA MÚSICA. Recital Boris Giltburg (piano). Programa: Integral de las Sonatas para piano de Beethoven. Concierto I (Sonatas números 1, 18 de 29). Lugar: València, Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: Alrededor de 800 espectadores. Fecha: sábado, 28 marzo 2026.

Boris Giltburg ilumina Beethoven de “vida y luz” en Valencia

Boris Giltburg fascinó al público en Valencia

Fue un Beethoven canónico, perfecto. Pero no solo. Boris Giltburg abrió el sábado su titánico ciclo integral de la sonatas de Beethoven en el Palau de la Música con interpretaciones que ahondaron y se asentaron en el mundo de la emoción, de la poesía y de las sensaciones. Visiones implacables e impecables. Desnudas, a corazón abierto. De “vida y luz”. Sustentadas en la devoción manifiesta al compositor, pero también en la clarividencia sensorial del intérprete y en una técnica pianística de primerísimo orden, volcada en la expresión y sus misterios insondables.

Así, armado en tales resortes, coronó el virtuoso Giltburg este primer recital con un ascenso fascinante, vibrante, al “Everest” musical que es la Sonata Hammerklavier. Un tesoro en cuatro movimientos que, por sus gigantescas exigencias técnicas y expresivas, permanece reservado a muy pocos intérpretes.

Desde los primeros e incandescentes acordes de la sonata, dichos con inapelable rotunda y vehemencia, a la inmensa y futurista fuga final, Boris Giltburg, moscovita de 1984, grande del piano de nuestro tiempo, mostró alianza armoniosa entre expresión y virtuosismo. Alianza que encontró paroxismo en esa cima ubicada en otros mundos -¿el paraíso?- que es el “Appassionato e con molto sentimento” adagio que Beethoven ubica como tercer movimiento, iluminado por Giltburg con esa quietud y “calma espiritual” tan distintiva y exclusiva de los artistas más hondos y genuinos.

Fue una Hammerklavier de referencia. Un versión de esas que te dejan con el corazón en un puño. Apuntalada en el pasado pero que mira directamente al futuro. Beethoven se hubiera quedado maravillado de escuchar su obra maestra interpretada desde los recursos sofisticados que brinda un instrumento tan fascinante como el moderno y avanzado gran cola, pero también en manos de un virtuoso tan leal, fiel y perfecto como Giltburg.

El moscovita, radicado en Londres, se situó con su versión a corazón abierto de la Hammerklavier en el olimpo de los dioses beethovenianos, junto a Schnabel, Barenboim o su no menos adorado Wilhelm Kempff. De alguna manera, en su visión total y clarividente de Beethoven, desde su virtuosismo poderoso, aúna la “claridad y generosidad” de Barenboim y la poética subyugante de Kempff. Abruma la perfección virtuosa, pero más aún fascina el aliento expresivo y humanista.

Antes, en la primera parte del programa, la Primera sonata, en fa menor, tan haydniana, pero, sobre todo, ya tan beethoveniana. Entendida y dicha por Giltburg bien emplazada en su momento y tiempo, con contención solo rota en el Prestissimo final, enunciado con cantable vehemencia, en un perfilado dibujo de contrastes y extremos; entre “tensión y lirismo”, por utilizar las palabras sabias de Luca Chiantore en las notas al programa de mano.

En medio, entre el Beethoven temprano de la Sonata en fa menor (1795) y el “Everest” de la Hammerklavier (1818), Giltburg incluyó la tercera de las tres Sonatas opus 31, representativa del segundo estilo beethoveniano. Fue la guinda de un recital que abre y marca un hito en la programación en mayúsculas del Palau de la Música. Ayer, domingo, se celebró la segunda cita de la titánica propuesta, con las sonatas 2, 17, 27 y 15. Aquí, en estas páginas beckmesserianas, encontrarán precisa reseña.

Justo Romero

(Publicado en el diario Levante)

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