Comentario de CD: La Pasión por excelencia, con la Matthäus-Passion de Bach, Richter y Fischer-Dieskau
La Pasión por excelencia: J. S. Bach: Matthäus-Passion BWV 244
Dirección: Karl Richter Evangelista: Peter Schreier (tenor) Jesús: Dietrich Fischer-Dieskau (barítono) Soprano: Edith Mathis Contralto: Janet Baker Bajo: Matti Salminen Coros: Münchener Bach-Chor / Regensburger Domspatzen (Director de coros: Georg Ratzinger) Orquesta: Münchener Bach-Orcheste. Sello: Archiv Produktion (Deutsche Grammophon) Grabación: Herkules-Saal der Residenz, Múnich, junio-agosto de 1979 Publicación: 1980

Portada del CD
Hay fechas en el calendario que la música reclama para sí con una autoridad que ningún otro arte posee. La Semana Santa es una de ellas. Podría uno pasarla viendo procesiones, leyendo, viajando, haciendo lo que hacen quienes no saben muy bien qué hacer con estos días de pausa obligada. Pero hay una alternativa mejor: sentarse, cerrar los ojos y dejar que Johann Sebastian Bach explique lo que ha pasado esta semana, hace dos mil años, mejor que nadie lo ha explicado antes ni después.
Para eso está la Pasión según San Mateo. Y para escucharla como se merece, está la grabación que Karl Richter realizó en el Herkules-Saal de Múnich en el verano de 1979, pocos años antes de su muerte, con un reparto que hoy resulta casi inverosímil: Peter Schreier como evangelista, Janet Baker en las arias de contralto, Edith Mathis en soprano y Dietrich Fischer-Dieskau como un Jesús que no actúa, que es. Una de esas grabaciones que no se discuten.
Richter llega a esta segunda grabación desde una posición que pocos directores alcanzan: la de quien ya no tiene nada que demostrar. En 1958 era un joven con una idea clara y la energía para imponerla. En 1979 es un hombre que conoce cada compás como conoce su propio nombre, y eso se nota en los tempi, más anchos, más cargados, como quien camina sin prisa porque sabe que llegará. Hay quien ha reprochado a esta versión cierta pesantez. Yo lo llamaría gravedad. No es lo mismo.
Fischer-Dieskau es, una vez más, la columna vertebral de la grabación. Su voz de barítono —que para entonces ya había recorrido medio siglo de repertorio— suena aquí con una madurez que va más allá de la técnica. Canta las arias de bajo como quien ha llegado a un acuerdo con el dolor, no como quien lo descubre. Cada frase es un pensamiento completo. Escucharle en Mache dich, mein Herze, rein es una de esas experiencias que uno no sabe bien si clasificar como musical o como espiritual.
Pero la gran revelación de esta versión fue Edith Mathis. Soprano de una claridad que no excluía la emoción, con esa capacidad poco común de parecer frágil y sostenerse al mismo tiempo. Y junto a ella, Peter Schreier como Evangelista, un tenor que narra sin distancia, sin el tono documental que a veces enfría este papel, sino como alguien que cuenta algo que le importa. Que le duele.
Se ha discutido mucho si esta segunda versión de Richter supera a la primera. Es una pregunta mal planteada. Son dos lecturas de un mismo texto por el mismo hombre en dos momentos distintos de su vida. La de 1958 tiene el fuego. La de 1979 tiene la ceniza. Y a veces la ceniza dice más.





















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