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Crítica: Roberto Forés y la English ‘Chamberita’ Orchestra en València
Por Publicado el: 10/04/2026Categorías: En vivo

Crítica: La Misa en Si menor de Bach cierra con brillantez la Semana de Música Religiosa de Cuenca

La Misa en Si menor de Bach, con dirección de Laurence Equilbey, cierra con brillantez la Semana de Música Religiosa de Cuenca

Accentus, Monteverdi Choir e Insula Orchestra se confirman como agrupaciones de primera línea

JS Bach: Misa en Si menor. Accentus, Monteverdi Choir e Insula Orchestra. Directora, Laurence Equilbey. Semana de Música Religiosa de Cuenca. Teatro-Auditorio de Cuenca, 04-04-2026

La Misa en Si menor de Bach, con dirección de Laurence Equilbey, cierra con brillantez la Semana de Música Religiosa de CuencaAccentus, Monteverdi Choir e Insula Orchestra se confirman como agrupaciones de primera línea
JS Bach: Misa en Si menor. Accentus, Monteverdi Choir e Insula Orchestra. Directora, Laurence Equilbey. Semana de Música Religiosa de Cuenca. Teatro-Auditorio de Cuenca, 04-04-2026

Laurence Equilbey

El Sábado Santo -día de silencio y ausencia, de incertidumbre y de tiempo suspendido-, celebró su concierto de clausura la 63ª Semana de Música Religiosa de Cuenca. Lo hizo a lo grande, presentando la Misa en Si menor de Bach en un excelente concierto dirigido por Laurence Equilbey al frente del coro Accentus y la Ínsula Orchestra, ambas formaciones creadas por ella y en esta ocasión reforzadas por el Coro Monteverdi, la magnífica formación hasta 2024 dirigida por John Elliot Gardiner.

Obra excesiva para su uso litúrgico y compendio de las posibilidades de una técnica compositiva desarrollada hasta el exceso, la Misa de Bach, católica en su texto y estructura, pero ecuménica de vocación, es obra compilada en los últimos años del Cantor, probablemente con la intención de preservar lo escrito en distintos momentos a lo largo de su vida, reutilizándolo hasta lograr un todo coherente. Como las obras de Katie Paterson, la artista que en cierta ocasión enterró un grano de arena en el desierto del Sahara, es una obra capital que nos obliga a mirar el mundo desde una escala diferente.

Equilbey, una artista comprometida con la interpretación históricamente informada combinada con producciones escénicas innovadoras, conoce bien esa escala diferente en la que se mueve el Cantor. En Cuenca presentó una agrupación de 29 coristas y 37 atriles: cuerda 7/6/4/3/2, con 2 flautas traveseras, 3 oboes, 2 fagotes, 1 trompa, 3 trompetas, laúd, clave, órgano y timbales.

Contenida y eficaz en sus gestos, fue evidente la intención de Equilbey de subrayar la compleja y fascinante estructura arquitectónica y de mantener la unidad en la extraordinaria diversidad estilística de la obra pero, en opinión de quien suscribe, y aprovechando al máximo las ocasiones que para ello le brindaba un coro excepcional, tuvo más éxito en la gradación de planos y dinámicas que en ayudar a la comprensión de los aspectos formales de la música.

Así se vió desde el “Kyrie” inicial, con su fuga coral a cinco voces, y se confirmó en “Et in terra pax” y en momentos posteriores: fuese por el tempo elegido, fuese por otras razones, la claridad de las líneas contrapuntìsticas no tuvo siempre la nitidez que debiera.

¡Qué claridad, qué luces y qué colores cambiantes, sin embargo, en esa masa coral suma del Accentus y el Monteverdi! Sin duda, lo mejor de la tarde. Dúctil, con una afinación a prueba de imprevistos, la directora obtuvo de él oro molido, una suma de efectos casi imposibles que brillaron al máximo en el “Qui tollis peccata mundi” o “Cum Sancto Spiritum” del Gloria o, tras la pausa que marcó estructuralmente el paso al Credo, en “Credo in unum Deum” y “Patrem omnipotentem”.

También en el bien estructurado recorrido del “Crucifixus”, o, tras una nueva pausa estructural para respirar tras el Credo, y con cambio de posición de los coristas, en el irresistible coro a seis que inicia el “Sanctus” y en el “Dona nobis pacem” del Agnus Dei. Magnífico.

En su sitio, sin alcanzar esos grados de excelencia, los solistas, encabezados por la soprano catalana Nuria Rial, que presentó buena línea de canto, quizá algo escasa en graves, y la mezzosoprano Eva Zaïcik, que se lució en el siempre deseado “Agnus Dei”. Algo menos el tenor Werner Güra, y en progresión ascendente el bajo-barítono Gerrit Illenberger, que tras un comienzo incierto, acompañado por una trompa natural no demasiado limpia en “Quoniam tu solus sanctus”, dejó una buena impresión en “Et in Spiritum Sanctum”.

Excelente prestación de la Ínsula Orchestra, entre cuyos instrumentistas deben señalarse a la concertino Stéphanie Paulet, que dio brillo con su violín obligado al aria de soprano “Laudamus te”; la traverso principal en “Benedictus” y a dúo en “Domine Deus”, y el oboe principal en “Qui sedes ad dexteram Patris” y a dúo en “Et in Spiritum Sanctum”.

El público, que llenó el patio de butacas pero dejó libres amplias zonas del anfiteatro, aplaudió sin reservas al conjunto y estalló en ovación cerrada cuando tocó saludar al coro. Y si el jueves anterior, con música de Monteverdi, nos sorprendieron a la salida del Auditorio las alegres luces de las casas colgadas sobre el Huécar, este Sábado Santo, con Bach todavía en el ánimo, la mirada no pudo menos que dirigirse al cielo recordando otra de las obras de Paterson, aquélla con la que en 2009 se propuso cartografiar todas las estrellas muertas del universo. Se detuvo, no sé muy bien por qué, al llegar a 27.000.

Emilio Fernández Álvarez

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