Crítica: Un violín de escándalo. La Euskadiko Orkestra recibe a Bomsori
UN VIOLÍN DE ESCÁNDALO
Auditorio Kursaal. 25/I/2026. Obras de Mikhail Glinka, Piotr Ilyich Tcaikovsky, Andrew Barton Peterson / Stephan Koncz, Félix Ibarrondo y Modest Mussorgsky (Maurice Ravel). Ana María Patiño-Osorio. Bomsori Kim. Euskadiko Orkestra.

Bomsori
Asistir a un concierto en cuya programación se produce el estreno de una obra musical es -siempre- grato; si a ello se añade el deleite de escuchar a una violinista excepcional, las casi dos horas de duración del evento se convierten en un remanso de paz que crea -en cierta medida- la esperanza de que en este país-estado-nación, llamado España, no todo está perdido y que merecemos vislumbrar, desde una cumbre, la tierra prometida.
Se inició el concierto que aquí se valora -el quinto de la temporada 2025/2026 de la Euskadiko Orkestra– con la interpretación de la obertura de la ópera Ruslan y Ludmila de Mikhail Glinka, padre de la música rusa, que constituye, pese a su corta duración de apenas seis minutos, todo una regalo para el saneamiento de nuestras emociones. En ese pequeño recorrido de segundos ya se pudo apreciar lo que sería una constante en aciertos de la joven directora colombiana Ana María Patiño-Osorio.
Y, héteme aquí mi buena gente, apareció en el escenario una mujer menuda, coreana, nacida el 13 de diciembre de 1989, llamada Bomsori Kim, quien con su violín Guadagnini de 1774 casi desencuaderna los goznes del Auditorio Kursaal, a la luz del explosivo reconocimiento de los 1.727 diletantes presentes.
El concierto en Re mayor para violín y orquesta, Op.35, TH58 de Tchaicovsky -el único que escribió- es un tour de force que exige un virtuosismo técnico y de dominio de digitación que pocos acometen con limpieza en su interpretación. La ornamentación acústica que Bomsori aplicó en el primer movimiento, Allegro moderato, dio paso a la Canzonetta. Andante en la que las trompas abrieron el paso a la solista para que plasmara bucólicas modulaciones en este segundo movimiento.
La temática de inspiración netamente rusa que embrida el último movimiento Allegro vivacissimo permitieron a la artista dejar al respetable en un pasmo de cómo se puede aplicar tal velocidad de sus pequeños dedos sobre las cuatro cuerdas, creando semejante sucesión vertiginosa de sonidos. ¡La repera!
Pero ahí no quedó la cosa puesto que, después de recibir una gran ovación y salir tres veces a saludar, tuvo a bien hacer el regado de la preciosa adaptación a cuarteto de cuerdas realizada por Stephan Koncz sobre la canción Waltzing Matilda, compuesta en 1895 por el australiano Andrew Barton Peterson. Tal fue la magia creada que al finalizar sus escasos ocho minutos de duración tronaron aplausos, bravos, silbidos (moda actual) y gritos de alegría.
Era esperado el estreno de la composición Guernica del guipuzcoano Félix Ibarrondo, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y Premio Nacional de Música, quien ha manifestado que “mi música soy yo, mi ser está en ella … Escribo para mí, quiero decir que no escribo para dar gusto” Tal vez sea ese auto centrismo personal el que palpita a través de los cinco pasos en que está estructurada la obra. En ella vive (casi siempre) presente la atonalidad armónica construida principalmente en las secciones de viento y percusión. Es la personalísima visión musical que Ibarrondo tiene sobre el bombardeo de la villa foral vizcaína en 1937.
La batuta y la orquesta tuvieron su momento cumbre en el cierre del concierto a través de la composición Cuadros de una exposición de Modest Mussorgsky, en la armonización orquestada del vascofrancés Maurice Ravel. La grandeza de esta obra nos traslada al sentimiento del alma rusa que tan bien expusieran Tosltoy y Chekhov, haciendo verdad la versión fulminante que trazaron, cual exacto metrónomo, los brazos y gestos de Ana María Patiño-Osorio frente a una espléndida Euskadiko Orkestra.
“La música es el corazón de la vida, por ella habla el amor, sin ella no hay bien posible y con ella todo es bueno”. Franz List.























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