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Por Publicado el: 30/01/2026Categorías: En vivo

Crítica: Voz y Expresión. María José Montiel en el Teatro de la Zarzuela

VOZ Y EXPRESIÓN

De puentes y almas. Canciones de Montsalvatge, Falla, Turina, Ernesto Halffter, Ovalle, Lecuona, Ravel, Debussy, Hahn, Guastavino, Ginastera, Grever y Quintero. María José Montiel, mezzo. Miquel Estelrich, piano. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 27 de enero de 2026.

VOZ Y EXPRESIÓNDe puentes y almas. Canciones de Montsalvatge, Falla, Turina, Ernesto Halffter, Ovalle, Lecuona, Ravel, Debussy, Hahn, Guastavino, Ginastera, Grever y Quintero. María José Montiel, mezzo. Miquel Estelrich, piano. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 27 de enero de 2026.

María José Montiel al término del concierto en la Zarzuela

Volvía María José Montiel al Teatro de la Zarzuela en el culmen de una carrera ya muy larga que se extiende por más de cuarenta años y en la que ha pasado por distintas etapas orientada en un principio por cantantes como Ana María Iriarte o Sena Jurinac, que la adiestraron primero como soprano, aunque hoy en día, y ya hace tiempo, es una mezzo lírica estable y asentada, poseedora a estas alturas de una sabiduría reconocible y de una experiencia muy valiosa.

La voz, cuando ya se acerca a la sesentena, conserva sus esencias principales, la redondez y el apoyo necesarios, mientas la técnica ha alcanzado un estadio envidiable. Lo mismo que los saberes, ejemplificados en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes hace unos meses.

A estas alturas, sobre esas bases, domina y controla lo que canta y sabe sortear las posibles dificultades con soltura y discreción. Su instrumento, menos fresco y rutilante como es lógico que antaño, menos recio y seguro, conserva no obstante sus principales virtudes: timbre áureo y perfumado, redondez emisora, sustancia lírica plena, apoyo seguro y firme.

Y el fraseo ha ganado en finura y expresividad, en claridad y en precisión, siempre en el proceso elegante y virtuoso que conforma una línea de canto depurada y en la mayoría de los casos equilibrada y expresiva. Tiende, como es lógico, a manejarse en una franja central de la tesitura, que es donde el instrumento posee en la actualidad sus principales valores.

Sortea con fortuna las notas más agudas, no mucho más allá del La, y se vale sobre todo de ese redondo y hermoso centro, donde las notas son como piedras preciosas de oscuro brillo y generoso calor solo pasajeramente envueltas en un soportable artificio. El que permite muchas veces el arte canoro. Con todo, el fraseo encandila con frecuencia y nos llega nítido y elocuente.

Silabea muy hábilmente y redondea con permisibles variaciones en la colocación las vocales buscando siempre, como es lógico, la postura física y la sonoridad más agradable cara al oyente; y a su propia comodidad en busca del mejor efecto. En ocasiones, muy contadas, hay un ligero desnivel, una falta de ligazón entre el grave, a veces suntuoso, y la zona central. Pero la unión de registros no llega a resentirse demasiado.

El programa venía constituido por una serie de muy conocidas canciones españolas, francesas y suramericanas muy del gusto de la cantante y expuestas con sentido de la frase, casi siempre muy natural. Sin un instante en el que el buen gusto, a veces relativamente espontáneo, no estuviera presente, Así pudimos degustar con tranquilidad y atención un rosario de conocidas piezas.

En Cuba dentro de un piano y Canción de cuna para dormir a un negrito de las Negras de Montsalvatge admiramos el arte del portamento fino, los reguladores de intensidad, la flexibilidad. Siempre fue hábil Montiel para las finas medias voces, adecuadas en la segunda de ellas.

El paño moruno de Falla se expuso nítida y balanceantemente. La Farruca de Turina tuvo una recreación loable, con sus melismas bien delineados y sus pasajeras notas de pecho bien resueltas. Muy bien el cierre de Azulao de Ovalle, con un hermoso piano. Salero y fresca emisión en A que linda moça de Ernesto Halffter a falta quizá de un mayor aire cadencial. Como el que tuvo Mulata infeliz de María la O de Lecuona, donde la voz estuvo bien enmascarada en los momentos adecuados y con la necesaria carnosidad en todo momento.

La segunda parte se inauguraba con la Canción española de Ravel, bien subrayado su aire danzable. Beau soir de Debussy fue dicha con exquisita suavidad y À Chloris de Hahn expuesta con adecuada ensoñación.

Y entrábamos ya en la parte final del concierto ocupada por piezas muy conocidas de extracción suramericana: El Sampedrino de Guastavino, dicha de manera muy sentida, El árbol del olvido de Ginastera, recreada sensualmente; Te quiero, dijiste de María Grever, cargada de portamentos, y Morucha de Quintero. Muchos aplausos y el regalo de El día en que me quieras de Gardel, donde la cantante extremó la expresividad.

La base pianística estuvo a cargo de Miquel Estelrich, que se mostró muy profesional, atento y discreto; quizás demasiado. Pianista musical, servicial, colaborador de la voz. A falta de un mayor empuje, de una más reconocible variedad de acentos y de colores. El éxito fue grande; y a la postre, justo: se había asistido a un recital bien hilado, ameno y variado expuesto por una cantante experimentada, expresiva y dotada todavía de una voz muy seductora. Tuvo que ir anunciando de vez en cuando las obras interpretadas por no haber llegado a tiempo los programas de mano. En ellos no se comentaban las composiciones.

Arturo Reverter

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