Crítica: “Giulio Cesare” en Les Arts, grandísima noche de ópera
Gran, grandísima noche de ópera en Les Arts
Crítica. GIULIO CESARE IN EGITTO, ópera en tres actos, con libreto de Nicola Francesco Haym, basado en la obra de Giacomo Francesco Bussani. Reparto: Aryeh Nussbaum Cohen (Giulio Cesare), Marina Monzó (Cleopatra), Sara Mingardo (Cornelia), Arianna Vendittelli (Sesto), Cameron Shahbazi (Tolomeo), Jean-Philippe Mcclish (Achilla), Bryan Sala (Curio), Lora Grigorieva (Nireno). Dirección de escena: Vincent Boussard. Escenografía: Frank Philipp Schlößmann. Vestuario: Christian Lacroix. Iluminación: Andreas Grüter. Vídeo: Nicolas Hurtevent. Cor de la Generalitat Valenciana (Jordi Blanch Tordera, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Marc Minkowski. Lugar: València, Palau de les Arts. Fecha: sábado, 28 febrero 2026 (se repite los días 4, 8, 11 y 13 de febrero).

El estreno, en Valencia, se saldó con un gran éxito
Nueva gran, grandísima, noche de ópera en el Palau de Les Arts. En esta ocasión con una acabadísima producción de Giulio Cesare in Egitto de Händel que rezumaba genio y excelencia por los cuatro costados. La dirección musical de Marc Minkowski, un inmejorable reparto vocal, una versátil Orquestra de la Comunitat Valenciana que sonó a gloria empapada de sonoridades y maneras barrocas, y una producción cargada de gusto, sensibilidad y dominio teatral, fueron los mimbres de tan redonda función.
Una noche que perdurará eternamente en la memoria del público que el sábado abarrotó la sala principal del Palau de Les Arts. Hay programadas aún funciones los días 4, 8, 11 y 13. ¡No se lo pierdan por nada en el mundo! La emoción está asegurada.
Ante tanta y absoluta excelencia, acaso haya que comenzar estas líneas enfatizando la genialidad de Händel en la que quizá sea su ópera maestra. Un derroche de arias y momentos memorables que se prolonga durante casi cuatro maravillosas horas de música. Tres actos que en la producción vista en Les Arts, procedente de la Ópera de Colonia y firmada escénicamente por Vincent Boussard, transcurren en un santiamén. Tal es el atractivo de la música, y en este caso, de sus maravillosos intérpretes escénicos y musicales.
La escena, sin apenas atrezo, se enmarca en unos rectángulos y virtuales paneles movedizos definidos por líneas luminosas que otorgan ligereza y belleza plástica. Tan propicio e imaginativo marco escenográfico, diseñado por Frank Philipp Schlößmann, queda realzado por la iluminación, espacial y cuidada al milímetro, de Andreas Grüter. En medio de tan plástico, minimalista y bellísimo montaje, chirría primero, aunque luego acaba convenciendo, el vestuario suntuoso y aparatoso de Christian Lacroix, que más parece sacado de una postal de un baile dieciochesco en la Viena Imperial que del Egipto de tiempos de Julio César.
Minkowski, que vive y transpira este repertorio como pez por el agua, es, desde el foso, el punto que emana y en el que todo converge. Concierta con vivacidad y gestualidad natural, empapado en el pentagrama y sus discursos narrativos y escénicos. Palpa y siente la música. Se diría que más como melómano fervoroso que como un verdadero director de orquesta. El resultado, que es lo que importa, es, en cualquier caso, ciertamente excepcional.
El director francés escucha, mima y respira con las voces, y hace cantar y acompañar a la orquesta -toda la noche formidable- con medida implicación. Acaso una contención algo mayor en la sonoridad de la nutrida sección de cuerdas hubiera redondeado el balance sonoro en una sala como la Principal de Les Arts, cuyo foso es particularmente brillante. A este desajuste en el balance se añadió el hecho de que los cantantes se ubiquen en esta producción tan particular casi siempre al fondo de la escena, distantes del proscenio y del foso.
En el reparto vocal, formidable en su conjunto, hay que destacar a todos. Y entre ellos, a la pareja protagonista: tanto el contratenor estadounidense Aryeh Nussbaum Cohen (Giulio Cesare) y la soprano valenciana Marina Monzó (Cleopatra) bordaron sus respectivos papeles. Es difícil imaginar hoy intérpretes tan ideales para estos roles que, por su variedad de arias y exigencias vocales, suponen retos máximos para cualquier cantante.
Marina Monzó, que debutaba el papel de Cleopatra, se ha consagrado como ideal intérprete de este personaje grandioso cargado de arias excepcionales en bellezas y compromiso. En todas y cada una se mostró como estilizada y deslumbrante diva. Inolvidable V’adoro, pupille, que cantó con extrema sensualidad mientras recorría lentamente, entre el público, la platea. Luego, cautivó y fascinó en la no menos célebre aria Se pieta di me non senti, cuando revela a Cesar su verdadera personalidad. Después de este debut memorable, la soprano valenciana se consolida como firme valor de la escena lírica internacional.
Pletórico de voz, proyección y estilo durante toda la larga función Aryeh Nussbaum Cohen, quien demostró en València ser uno de los máximos Giulio Cesare de hoy y de siempre. Aguantó el tipo hasta el final, sin un momento de desfallecimiento. Con una encarnación dramática igualmente de referencia. Referencial en todas sus intervenciones, como en el aria Va tacito…, en la que también hay que aplaudir la sobresaliente intervención del trompa solista. Sensacional, igualmente, el gran solo de violín -tocado desde el mismo escenario- del aria Se in fiorito ameno prato, cantado por Nussbaum Cohen también desde la platea. Para los anales queda la jubilosa escena final con Marina/Cleopatra, que simboliza la culminación triunfal de su alianza política y amorosa.
De referencia, igualmente, la Cornelia de la ya legendaria mezzosoprano Sara Mingardo, el Sesto de Arianna Vendittelli, y el sarcástico y bienhumorado Tolomeo del contratenor persa-canadiense Cameron Shahbazi. Aplauso sin reservas igualmente a Jean-Philippe Mcclish (Achilla), Bryan Sala (Curio) y Lora Grigorieva (Nireno).
La función, que había comenzado a las siete de la tarde, concluyó cuando rondaban ya las once de la noche. Lo que ocurrió entonces fue el colofón que rubricaba la excepcionalidad de lo vivido: una de las más intensas y largas ovaciones escuchadas en las dos décadas de existencia del Palau de Les Arts. Fue el triunfo de la excelencia.
Por cierto…, después de este Giulio Cesare, ¿puede alguien con dos dedos de frente cuestionar aún la continuidad de Jesús Iglesias al frente de este Palau de Les Arts que ha programado, gestionado y hecho posible esta maravilla que envidiaría el mejor teatro o festival del mundo mundial? ¡Háganselo mirar!
Publicado en el diario Levante
























Últimos comentarios