Crítica: Implacable y natural Mahler de Mark Elder en Valencia
Mark Elder en Valencia, implacable Mahler
Temporada de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Mark Elder (director). Programa: Quinta sinfonía, de Gustav Mahler, Lugar: Palau de les Arts (Auditori). Entrada: Alrededor de 1.490 personas (lleno). Fecha: Sábado, 3 enero 2026.

Mark Elder volvió a triunfar con Mahler en Valencia
Mahler en su salsa. Implacable y directo. Sin retórica ni elucubraciones. Mark Elder ha vuelto a hacer gala de su condición mahleriana con una Quinta sinfonía de claridades meridianas. Con fondo, sentido y nítidas resonancias “callejeras”. El sabor de lo genuino abrazado a la opulencia sinfónica de quién escuchó los cantos y aires populares con tanto fervor como Schubert, aunque desde un tratamiento rotundamente distinto. Der Wanderer. Die Post. Der Abschied…
Fue una Quinta de Mahler con firma y criterio, de fino fuste orquestal, interpretado por una Orquestra de la Comunitat Valenciana en nuevo día de gloria, en las que todas sus secciones y solistas brillaron con luz propia. Seguro, categórico y con estilo el trompeta solista, Rubén Marqués.
Tanto tantísimo como el trompa Bernardo Cifres, quien, en pie y lugar prominente, dijo y cantó el Scherzo con virtuosismo y musicalidad que simbolizan las excelencias de este primer concierto del año sinfónico, celebrado en un abarrotado Auditori del Palau de Les Arts en el que el silencio absoluto del público era señal evidente de que algo verdaderamente maravilloso ocurría en el escenario.
Mark Elder ya había dejado constancia en Les Arts de su alcurnia mahleriana con sus interpretaciones del Adagio de la Décima sinfonía (2024), la Sexta (2024), y la reciente Canción de la tierra que dirigió el pasado octubre. En esta ocasión lo ha hecho en sustitución de Philippe Jordan, quien se vio obligado a cancelar su anunciada actuación al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana por razones médicas. Elder ha impuesto su autoridad veterana y rodada maestría en una versión en la que todo asoma y fluye.
Ya desde los primeros instantes del gran fresco sinfónico en cinco partes, con esa melancólica y triste “Marcha fúnebre” trufada de las músicas propias de las bandas que acompañaban los cortejos fúnebres, el titular de las OCV impuso un latido rítmico y emocional que no decaería en ninguno de los cuatro movimientos restantes; ni siquiera en el melodioso y viscontiano Adagietto, expresado con una cuadratura métrica que no impidió -sino todo lo contrario- que las cuerdas -incluido el coprotagonismo del arpa- se explayaran en su magia acústica.
El tormentoso segundo movimiento, abrazado al primero -como quiso Mahler-, llegó explosivo y violento, aristado en sus perfiles más dramáticos y ásperos, con un coral que, fiel a la partitura, fue “solemnizado” por el podio.
La excelencia de la versión encontró acaso su punto culminante en el Scherzo, con las empeñadas intervenciones del trompa Bernardo Cifres. Ni siquiera algún puntual desajuste en el pasaje en pizzicati de las cuerdas pudo ensombrecer la generalizada excelencia, en la que brillaron las maderas en su conjunto, los solistas de viento-metal, el timbalero Gratiniano Murcia y una sección de percusión que durante toda la sinfonía coloreó y abrillantó los aires más populares y enraizados.
El desenfrenado rondó conclusivo fue exaltado hasta el arrebato en la frenética stretta final. En el clamor de la exageración de la apoteosis, del júbilo sin límites, la reaparición del coral del segundo movimiento fue otro de los momentos culminantes de esta versión en la que se aliaron el temple del maestro con el arrebato mahleriano y una orquesta que destiló fervor y excelencia.
La explosión del público al final, con largos aplausos y bravos, atestiguaba la maravilla de lo que se acaba de vivir y sentir: un Mahler directo, enfocado a lo mejor de la memoria. En absoluto a destiempo en estos días saturados de valses, polcas, marchas radetzkys y palmas a gogó.
(Publicado en el diario LEVANTE)

























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