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Por Publicado el: 07/04/2026Categorías: En vivo

Crítica: Y la OJA fue una fiesta mexicana en el Teatro de la Maestranza

Y la OJA fue una fiesta mexicana

Sinfonía nº 2 India, de C. Chaves; Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 op. 107, de D. Shostakovich; Fandangos, de R. Sierra; Intermezzo y danza de La vida breve, de M. de Falla; Antrópolis, de G. Ortiz; Huapango, de J. P. Moncayo. Violonchelo: Santiago Cañón-Valencia. Orquesta Joven de Andalucía (OJA) Directores: Carlos Miguel Prieto y Jaime Cobo. Lugar: Teatro de la Maestranza, Sevilla. Fecha: Lunes, 6 de abril. Aforo: Dos tercios.

Y la OJA fue una fiesta mexicanaSinfonía nº 2 India, de C. Chaves; Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 op. 107, de D. Shostakovich; Fandangos, de R. Sierra; Intermezzo y danza de La vida breve, de M. de Falla; Antrópolis, de G. Ortiz; Huapango, de J. P. Moncayo. Violonchelo: Santiago Cañón-Valencia. Directores: Carlos Miguel Prieto y Jaime Cobo. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Lunes, 6 de abril. Aforo: Dos tercios.

Carlos Miguel Prieto dirige la OJA en el Maestranza de Sevilla

Hasta Shostakovich se lo hubiera pasado genial en este concierto, que le hubiera servido de alivio a sus miedos, su rabia, su ácida ironía y su desolación. Embutido entre ritmos esencialmente mexicanos (cumbia, mambo, huapango…), su primer concierto para violonchelo recorrió todos esos estados anímicos del compositor ruso.

Tanto Prieto como Cañón-Valencia se supieron sumergir hasta el fondo en los climas emocionales de cada movimiento, con ataques ácidos y cortantes en el primero, un sonido como de ensueño en el segundo (cuerdas de una sedosidad infinita) y ese desesperado huir hacia adelante a ritmo frenético del tercero. Cañón-Valencia dio una lección magistral de sentido del color y de profundidad expresiva, con una desoladora cadencia final del segundo tiempo. Prieto sostuvo en todo momento las tensiones, con oleadas de sonido perfectamente reguladas y con una orquesta que respondía con precisión y un sonido compacto y brillante.

Pero antes y después aquello fue una fiesta de los ritmos mexicanos y el delirio de los percusionistas. En la obra de Chaves tanto orquesta como batuta triunfaron en la superposición de ritmos y en los incesantes cambios de color y de dinámicas. Muy atractiva e interesante la reelaboración, un poco al estilo del bolero de Ravel, que hace Roberto Sierra de los fandangos de Soler y Boccherini.

Interesante, porque el fandango es uno de esos ritmos de ida y vuelta, pero desde la perspectiva americana, porque ya el Diccionario de la Lengua Española de 1732 definía el fandango (llamado entonces indiano) como “baile introducido por los que han estado en los reinos de Indias”. De allá vino y de acá regresó para dar vida a otros ritmos “indianos”. Sierra va pasando el patrón rítmico y las células melódicas de unas secciones de la orquesta a otras, administrando bien los clímax, algo que Prieto realizó a la perfección y que la orquesta secundó con alegría y un empaste espectacular.

Falla, de la mano del joven director Jaime Cobo, puso la nota española con una vibrante versión del intermedio y danza de La vida breve, dando rienda suelta a la timbalista buscando más el efecto sonoro. Y con Gabriela Ortiz y José Pablo Moncayo vino el desmelene (eso sí, perfectamente controlado) de metales y percusiones con los mambos, cumbias y huapangos. Fiesta sonora, fiesta del ritmo, fiesta de la música que los jóvenes músicos disfrutaron al máximo. Y el público, por supuesto.

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