Crítica: Rachel Willis-Sørensen con la Euskadiko Orkestra, ¡qué señora!
Crítica. Euskadiko Orkestra.Auditorio Kursaal. 15.I.2026. Obras de Juan Crisóstomo Arriaga, Richard Strauss y Johannes Brahms. Rachel Willis-Sørensen, soprano. Jaime Martín Delgado, director.

La Euskadiko Orkestra rindió homenaje a Arriaga en su bicentenario
Este sábado se cumplieron los 200 del fallecimiento en París, a la edad de 19 años, de Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Balzola -también Mozart fue bautizado con del nombre de Johanes Chrisostomus-, quien a los 13 compuso la ópera Los esclavos felices (imposible mayor contradicción) sobre el libreto del dramaturgo Luciano Comella (1751-1812).
A la luz de tal recuerdo histórico, la Euskadiko Orkestra ha tenido el acierto de incluir, en el diseño de este programa, la áurea obertura de la precitada ópera, de 8 minutos de duración, en la que el buen hacer de la batuta de Martín fue un hermoso preludio de cuanto bello vino de seguido.
Ya en el crepúsculo vital de su existencia, a los 84 años, Richard Strauss compone Vier letzle Lieder TsV 296 (Cuatro últimas canciones), para soprano y orquesta, en las que el destino final del ser humano -el suyo- se embarca en una música bellísima que reluce con los versos de Hermann Hesse (las tres primeras) y de Joseph von Eichendorff (la última).
Es, en verdad, difícil encontrar en la actualidad a una intérprete de mayor relumbre que la norteamericana Rachel Willis- Sørensen, quien a sus 42 años señorea la brutal esplendidez de su voz en estos postreros lieder straussianos. Causó sorpresa para quien escribe el primer ataque en lied Frühling (Primavera), dado que la emisión de su voz resultó apenas audible en el inicial verso In dämmarigen Grüften (En la gruta crepuscular). A partir de ahí el tronante chorretón de su voz llenó de pulcra luz cada milímetro cúbico de auditorio.
Hubo momentos en que el trabajo de esta mujer me dejó el recuerdo de haber escuchado, muchos años ha, a su compatriota Jessye Norman sobre todo en la forma de expresar la pulcritud de lo bello, casi absoluto, cuando hizo el tercer lied Beim Schlafengehen (Al irme a dormir). El canto legato, la pulcra administración de fiato y la tensión dinámica equilibrada, en la extensión de cada registro, con la coloración exacta, como decía Giuseppe Di Stefano, crearon la perfección cum laude. Una ‘propinilla’ hubiera sido la guinda suprema del pastel.
Johamm Brahms, el 25 de octubre de 1885, al frente de la Meininger Hofkapelle, estrenó su Sinfonía nº 4 en Mi menor, Op. 98. Última de ellas. La personalidad del compositor y los aromas plenamente beethovenianos dan el bruñido marchamo que la integran.
En esta ocasión sobre el podio estuvo el santanderino Jaime Martín Delgado, premio Nacional de Música en 2022 y a la sazón titular de la Melbourne Synphony Orchestra. Su trabajo en la concertación musical de la orquesta vasca fue siempre a base de frescura en la expresión de sus brazos y puntillosa claridad en la precisión de cada entrada y en las modulaciones sonoras.

Rachel Willis-Sørensen brilló en las canciones de Strauss
El profesor de canto Sixtus Beckmesser, en la ópera Die Meistersinger von Nürenberg, compuesta por don Ricardo, preconiza la regla de la concreción en el arte, por lo que aquí y ahora podría incomodarle hacer una valoración crítica de cada uno de los cuatro movimientos de esta sinfonía. Cabe, consiguientemente, concretar el epicentro en la singularidad del tercero, Allegro giocoso – Poco meno presto – Tempo I, donde aparece el único scherzo de las cuatro sinfonías de Branhms. Aquí todas las secciones de la Euskadiko Orkestra lucieron sus galas, que son muchas -en la espera de un ansiado director musical titular-, donde la exuberancia de los violines y el viento madera tuvieron su protagonismo.
“Mientras dure esta música, sabremos que la nave de Ulises volverá a Ítaca”. Jorge Luis Borges
























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