Crítica: El Réquiem de Verdi de la Fundación Excelentia, cuando la música aspira a la dignidad, pero no a la emoción
El Réquiem de Verdi de la Fundación Excelentia: cuando la música aspira a la dignidad, pero no a la emoción
Verdi: Réquiem. Orquesta Clásica Santa Cecilia y Sociedad Coral Excelentia. Dir: Kynan Johns. Tatiana Trenogina, soprano. Luis Gomes, tenor. Olga Syniakova, mezzo. Jihoon Kim, bajo. Fundación Excelentia. Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, Madrid. 25-03-2026. Tres cuartos de aforo.

Kynan Johns al frente de la Orquesta Clásica Santa Cecilia
La Fundación Excelentia es lo que es: una entidad privada que ofrece cada temporada más de cincuenta conciertos en Madrid y decenas más en otras ciudades, en la que tienen cabida no sólo las obras mil veces consagradas de la música clásica, sino también la música pop, las bandas sonoras y hasta la ópera (sus títulos más populares) en formato reducido.
Su orquesta, la Orquesta Santa Cecilia, no tiene una plantilla consolidada por años de trabajo conjunto, el coro está integrado mayoritariamente por no profesionales y los solistas se eligen, para cada programa, entre la bolsa de meritorios que se esfuerzan día tras día por encontrar un hueco en el mundo musical de relumbrón. En estas duras condiciones, pedir a los músicos algo más que el desarrollo de su labor con la mayor dedicación y entrega (un aplauso para ellos) es pedir cotufas en el golfo y demandar a sabiendas un imposible.
El Réquiem de Verdi es una obra muy querida por todo buen aficionado (uno sería capaz de acudir al Auditorio Nacional, no a pie, sino a la pata coja, por oírla), pero sumamente exigente desde cualquier punto de vista. La plantilla solicitada es de grandes dimensiones, si bien en el concierto que nos ocupa reducida al mínimo exigible, con una masa instrumental apoyada en cinco contrabajos, y un coro doble de sesenta y ocho voces en total, con amplia mayoría de mujeres.
Asimismo, el cuarteto vocal debe ser de plena garantía, capaz de medirse, no con una orquesta de foso, sino con una poderosa masa sonora que se sitúa a sus espaldas, lo que aumenta todavía más las exigencias vocales. Por si fuera poco, Verdi demanda unas dinámicas casi inhumanas, con pasajes cuajados de pes minúsculas (hasta seis, para el coro, en el “Liber scriptus”) y un fraseo que no debe ser operístico (es un Réquiem agnóstico), sino reflexivo y, en ocasiones, lacerante para el oyente.
Maestro todoterreno, curtido en mil batallas similares, el australiano Kynan Johns es director de gesto claro y conciso, eficaz sin exuberancia gestual. Su trabajo se centró, más que en buscar las sutilezas del fraseo, en lograr un decente encuadre rítmico en los pasajes contrapuntísticos (en especial en el coro) y una ajustada combinación de los planos sonoros (algo que no siempre pudo conseguir, como en el “Sanctus”, donde la sección de metales tapó al coro).
Supo imponer el silencio previo a la entrada del “Introito y Kyrie” (“Il piú piano possibile”, escribe el maestro), si bien pudo hacer más, no sólo en esta primera sección de la obra, sino en muchos otros lugares, en cuanto a control de dinámicas y expresividad, con falta de rubato. Salvo en esta primera sección, en la que optó por un tempo algo más lento de lo habitual, su control de los tempi fue el adecuado. También supo insuflar fuego en el “Dies irae”, no tanto en su primera presentación, sino en las sucesivas, en especial en su inserción postrera en el “Libera me”. Buenos crescendos orquestales en “Rex tremendae” y “Lacrimosa”, y bien matizado final en pianissimo en “Hostias”.
En el cuarteto vocal destacaron, en opinión del que suscribe, y por este orden, la soprano y la mezzo, quedando un punto atrás el bajo, y claramente deslucido el tenor. Hubo algún momento conjunto especialmente grato, como en “Lacrimosa”, o en el terceto a cappella Lux aeterna de “Comunión”. La soprano, la rusa Tatiana Trenogina, tiene una voz poderosa, que corre sin problema por encima de la masa sonora, pero con agudos un tanto destemplados.
Bien arropada por el coro (aceptablemente cuadrada aquí la exigente fuga, y mejorable el pianissimo final), su “Libera me” fue digno, incluso muy digno, hasta alcanzar la sección Requiem aeternam, perfectible en la proyección de los exigentes pianissimos, y catastrófica en la emisión, en ascenso casi inhumano, hasta el Si bemol, también en pianìssimo, que remata esta sección, que la soprano emitió, más que calante, muy lejos de la nota exigida por Verdi. Dicho sea en su descarga, y a modo de anécdota, en una grabación de referencia de esta obra (Toscanini, 1951), Herva Nelli no es que falle la nota, es que no da pie con bola en este muy exigente pasaje verdiano. Nadie es perfecto.
La mezzo soprano ucraniana Olga Syniakova (que actuó en sustitución de la mezzo originalmente anunciada, una sustitución recogida en la web de Excelentia, pero no en el programa de mano), exhibe una apreciable línea de canto, con fiato, pero vibrada en exceso, y con una zona grave algo débil. Su voz no pudo fundirse adecuadamente, ni en proyección ni en timbre, con el de la soprano. Mejor en “Quid sum misser”, donde destacó sobre el tenor y la soprano, que en su solo en “Liber scriptus”.
Cumplió el bajo coreano Jihoon Kim, de voz suficiente, pero afinación insegura en ocasiones (“Mors stupebit”), y falto de la expresión requerida por una música que, en ocasiones, interpreta el texto más como una exigencia que como una súplica. Menos plausible el tenor portugués Luis Gomes, de emisión irregular, timbre no especialmente grato y escasa potencia, y que no matizó lo suficiente en el siempre esperado “Ingemisco”.
El público, que estuvo lejos de llenar la sala, agradeció sin excesivo calor, pero con corteses aplausos, la entrega de los músicos.





















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