Crítica: Urbanski y Weilerstein en la ONE, magníficos claroscuros
Crítica: Urbanski y Weilerstein en la ONE, magníficos claroscuros
Obras de Kilar, Lutowslaski y Stravinski. Alisa Weilerstein, chelo. Orquesta Nacional. Director: Krzysztof Urbanski. Auditorio Nacional, Madrid. 30 de enero de 2026.

Urbanski cosechó un nuevo éxito en Madrid
Ha vuelto al podio de la Nacional el polaco Urbanski, un maestro todavía joven (44 años) que ya ha dado en otras ocasiones muestras de conocimiento, vigor, presteza, prestancia y eficacia. Es hombre ágil, movedizo, atento a todas las esquinas de la orquesta. Su batuta es blandida con nítidos impulsos, con ánimo casi fustigador, siempre clara, precisa, con un amplio radio de acción en todos los planos. Consigue excelentes efectos en cuanto a encaje, a planificación de voces, de nitidez expositiva. Animado, muchas veces sonriente, expresivo.
Todo ello motivó en esta ocasión, por ejemplo, una interpretación muy ajustada de la versión de la Suite del ballet El pájaro de fuego de Stravinski, arreglada por el compositor en 1945. Los doce números fueron expuestos con nitidez no exenta de un respetuoso toque poético, apreciable nada más empezar. Cada acento e inflexión fue diseñado con musicalidad y respeto, con el apoyo de una Nacional en buena forma, y en la que abundan cada vez en mayor medida las caras jóvenes.
Dinámicas bien administradas, calor acentual; violencia adecuadamente graduada en la Danza infernal, solo pasajeramente emborronada en sus compases finales; animada y sutil Danza de las princesas, donde, como en otros momentos, se hace presente un curioso impresionismo. Rotundo himno final, con curiosa acentuación, con imponente y labrada sequedad. Cierre espectacular, como corresponde.
Fue el remate de un concierto que empezaba con una composición poco conocida por estos pagos, Krzesany del polaco Wojciech Kilar, escrita en 1970, de estructura explicada con claridad y autoridad en sus notas por José Luis García del Busto.
Pentagramas impactantes, tensos, agrestes, violencia bien controlada, momentos quizá excesivamente aparatosos en el curso de una música de raíz curiosamente tonal poblada de disonancias y de continuos divisi de los violines. Pasajes en los que se aprecia el contacto con la música popular y un tourbillon final de signo claramente melódico.
Otra obra polaca sonaba a continuación, el soberbio, extraño, afiligranado y original Concierto para violonchelo de Lutoslawski, inaugurado por una extensa introducción del instrumento solista, una cadencia misteriosa, poblada de silencios, con repetición constante y casi teatral de la nota Re, como nos informa García de Busto, que acompaña unos párrafos del compositor con indicaciones para la interpretación.
Desde luego esta fue impecable. La menuda solista solventó las enormes y constantes dificultades que presenta la escritura a lo largo de cuatro movimientos enlazados sin solución de continuidad. Imposible apartar la atención ante la casi hipnótica composición. Abundantes divisi aquí también y prestación atenta y calurosa de todas las familias. Y del público, que siguió la interpretación sin pestañear.
Weilerstein regaló al final, de manera muy concentrada, la Sarabanda de la Suite nº 4 de Bach. Como es costumbre no anunció lo que era.
Arturo Reverter






















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