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Crítica: Christian Gerhaher. Schubert en vena en Les Arts
Por Publicado el: 20/01/2026Categorías: En vivo

Crítica: Vivaldi y el pasticcio. Bajazet por Les Accents en el CNDM

Vivaldi y el pasticcio: Bajazet por Les Accents en el CNDM

Bajazet (Il Tamerlano), RV 703 (1735) de Vivaldi.  Renato Dolcini,  Cameron Shahbazi,  Anthea Pichanick, Eva Zaïcik, Julia Lezhneva, Suzanne Jerosme. Les Accents. Thibault Noally violín y dirección. Ciclo Universo Barroco del CNDM. Auditorio Nacional. Madrid, 18 de enero de 2026.

Vivaldi y el pasticcio: Bajazet por Les Accents en el CNDMBajazet (Il Tamerlano), RV 703 (1735) de Vivaldi.  Renato Dolcini,  Cameron Shahbazi,  Anthea Pichanick, Eva Zaïcik, Julia Lezhneva, Suzanne Jerosme. Les Accents. Thibault Noally violín y dirección. Ciclo barroco del CNDM. Auditorio Nacional. Madrid, 18 de enero de 2026.

Les Accents interpreta Vivaldi en el escenario del Auditorio Nacional
© Rafa Martín

La producción operística de Antonio Vivaldi ha sido frecuentemente minimizada frene a la instrumental. Vivaldi escribió su Bajazet (1735), once años después de que Haendel compusiera Tamerlano sobre el mismo tema. Se trata de un pasticcio que el veneciano ensambló para la Accademia Filarmonica de Verona como una forma de adaptarse a los tiempos que corrían. . El pasticcio era un género muy apreciado en la época, porque presentaba una gran variedad al ser una creación de varias manos.

El interés de esta obra no radica solo en la autoría de las partes -Vivaldi compuso los números de algunos roles que alternó con los de otros- sino en la coherencia dramática que el compositor logró imprimir a pesar de ello. En Il Tamerlano se aprecia una marcada caracterización de los personajes, en parte porque Vivaldi tomó las arias de los personajes otomanos (Bajazet, Asteria e Idaspe) de sus propias obras, mientras que recurrió a Hasse, Giacomelli y Broschi para sus enemigos (Tamerlano, Andrónico e Irene). Recordemos que este Vivaldi fue ya ofrecido en el Teatro Real (2008) y por el propio CNDM (2016), aunque con otras compañías.

La propuesta de Thibault Noally se aleja de las lecturas puramente hedonistas para centrarse en la articulación y el contraste de texturas con un trabajo casi arqueológico. Noally no solo dirigió, sino que realizó su propia edición de la partitura, equilibrando las arias de Vivaldi con las ajenas. Su dirección desde el violín imprimió un pulso de nervio y transparencia.

Les Accents, grupo compuesto por diecisiete atriles, todos femeninos menos tres, respondió con un sonido cohesionado. No intentaron imitar el estilo de grupos italianos (léase Europa Galante), sino que ofrecieron una lectura más estructurada, con una sección de cuerda precisa y un continuo que no invadió el espacio de los cantantes. En los recitativos, fundamentales en una trama de alta tensión como ésta, el acompañamiento fue ágil, evitando demoras innecesarias.

En las arias de bravura, la cuerda mantuvo una incisividad que subrayó el carácter marcial, mientras que, en las piezas de lamento, como la célebre de Irene Sposa, son disprezzata, el continuo proporcionó un sustento armónico sólido. Noally entiende que el motor de la ópera barroca es el conflicto y, por ello, el equilibrio entre la orquesta y las voces se mantuvo en una tensión constante, permitiendo que éstas no se vieran oscurecidas.

Imagen del concierto © Rafa Martín

En el reparto hubo dos cantantes destacadas: Julia Lezhneva y Suzanne Jerosme. Uno de los puntos clave de la función fue la intervención de Lezhneva en el papel de Irene. Su interpretación de “Sposa, son disprezzata”, aria que Vivaldi tomó prestada de Giacomelli, exige un fiato depurado al que supo responder en las florituras con un control absoluto de la messa di voce.

El uso de la dinámica, alternando frases en forte con ecos en piano– sirvió para desglosar la inestabilidad emocional de la princesa Irene sin recurrir a efectismos ajenos al estilo barroco. Muy bien, pero queda imborrable en el recuerdo como la cantó Montserrat Caballé en un concierto en el antiguo Teatro Real. Otro punto fuerte radicó en en Suzanne Jerosme, que brilló en el papel de Idaspe, el menos relevante, resolviendo las dificultades de sus arias con brillantez y caudal.

La Asteria de Anthea Pichanick y el Andronico de Eva Zaïcik completaron el núcleo dramático. Pichanick no posee una voz de auténtica contralto, faltándola algo de resonancia y de limpieza en las agilidades; mientras que Zaïcik destacó por su una musicalidad que atendió cada giro melódico de Vivaldi, aunque también resultase algo débil en las coloraturas.

El rol titular de Bajazet, defendido por el bajo-barítono Renato Dolcini, exige una madurez interpretativa además de la técnica. La posee Dolcini, pero hubiera sido de desear un bajo más profundo con un timbre menos opaco, una proyección más autoritaria y una mayor soltura en las agilidades para pasajes como el Verró crudel, spietato. En el papel de Tamerlano, el contratenor Cameron Shahbazi mostró un timbre homogéneo en toda la tesitura. Frente a la variedad de colores, Shahbazi optó por una contención que subrayó la frialdad del déspota.

El mérito principal de esta versión de Bajazet radicó en la capacidad de Noally para integrar estas arias de procedencia tan diversa en un discurso musical unitario. Realizó de forma fluida la transición entre las piezas escritas por Vivaldi, de una escritura más ruda y directa, y las piezas de los compositores napolitanos, más centradas en la elegancia vocal y el refinamiento de la melodía. Sin embargo, uno sigue pensando que obras como ésta se escuchan mejor hoy día si son aligeradas, porque tres horas y cuarto acaban pesando a menos que todos sus intérpretes sean de primera fila.

Gonzalo Alonso

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