Crítica: ‘Werther’ de Massenet en ABAO. Cuando la luz también canta
CUANDO LA LUZ TAMBIÉN CANTA
Werther, ópera en cuatro actos de Jules Massenet y libreto de Éduard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann. Voces solistas: Celso Albelo, Annalisa Stroppa, Lucía Iglesias, Ángel Òdena, Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Coro Ópera de Bilbao y Leioa Kantika Korala. Directora de escena: Rosetta Cucchi. Director musical: Carlo Montanaro. Producción: Teatro Comunale de Bologna. Auditorio Euskalduna. 17-I-2026.

Werther, de Massenet, en ABAO
Dícese en el acervo social que hay que empezar el año con buen pie, o sea el derecho, ya que el zurdo trae mal fario. Así que, después de lo visto y oído en el Euskalduna bilbaíno, iustus et bonus est apreciar que en el tiernecito y joven 2026 ABAO Bilbao Ópera ha dado un certero e importante primer paso diestro.
Cuando te encuentras con verdaderos bodrios escénicos -todos pretenciosos y muchas veces incultos- que atacan frontalmente a la representación escénica de la lírica, descontextualizándola en el tiempo y en el lugar, lo que despista en gran manera al espectador, resulta que a las orillas del Nervión bilbaíno llegó la magia escénica de Rosetta Cucchi para realizar una ucronía sin estridencias con resultado en verdad bello. Traslada la acción desde el último tercio del siglo XVIII a la mitad del XX, con una plasticidad supina cuajada en una refinada sensibilidad de ambientes. Su dominio escénico con los cantantes ofreció un resultado de total maestría.
Para ello contó con el escenógrafo Tiziano Santi quien me creó la ilusión de encontrarme siempre dentro del palcoscenico; con la magia de la iluminación de Daniele Naldi, creando el efecto de que la luz también cantaba durante toda la representación, resaltando de tal modo las atmósferas adecuadas de cada una de las tensiones que este drama lírico contiene; y con la vistosa elegancia del vestuario creado por Claudia Pernigotti, al que sería pecado ponerle mácula alguna.
Con semejantes auríferos mimbres visuales sobre el escenario, el contexto musical -abajo y arriba- no le fue a la zaga. Resultó paralelo. En el foso estuvo una orquesta pletórica, en la que el arpa fue un hilo conductor que trasladaba los sentimientos de los cantantes, sobre todos en los actos II y IV.
El sonido creado por la Bilbao Orkestra Sinfonikoa estuvo -sin decaimiento alguno- en las manos del maestro Carlo Montonaro, mostrando su innegable sabiduría en el arte en la concertación, siempre al servicio de cuanto Massenet escribió para las voces. El ambiente musical servido durante la interpretación del interludio entre los dos últimos actos dio el fiel marchamo de la belleza que se aglutina en esta ópera, inmersa en un especial color orquestal.

Trágico final del drama de Massenet
Tal vez sea -la obra wagneriana aparte- Werther la ópera en la que un tenor, sólidamente lírico, tenga mayor compromiso y exigencia vocal. El tinerfeño Celso Albelo dio toda una lección, tanto en el saber escénico como en el canoro, de cómo ha de abordase el personaje del joven escritor enamorado con turbulencias emocionales suicidas.
Ya desde el iniciático canto del primer acto “O nature, pleine de grâce” se posesionó de una arboladura plena en seguridad de la emisión, realizando todos los ataques bien ajustados a la articulación de la palabra, apoyando la regulación sonora en las notas de paso. Al terminar la belleza que es la esperada aria “Pourquoi me réveller, ô soufle le printemps?” fue atronadora la respuesta del público, reconociéndole, de ese modo, toda la sutileza y el encantamiento que encierra ese momento, sin quebradura alguna. Qué difícil es cantar el cuarto acto en las posturas corporales con las que lo hizo, demostrando, de tal modo, su dominio del fiato.
La mezzosoprano italiana Annalisa Stroppa, con una estructura de voz muy bien compensada en los tres registros fue una Charlotte entregada con un canto fluido, sin aristas tímbricas, y con buena encarnadura dramática en su calidad de amante sojuzgada por las convenciones sociales, siendo su momento cumbre cuando canta, con desgarro contenido, la conocida ‘escena de las cartas’ en el tercer acto.
La teatralidad de la soprano gallega Lucía Iglesias en el primer acto y su calidad vocal en el tercero, consiguieron presentar a una Sophie llena de emotividad en el discurso que realizó cantando “Du gai soleil, plein de flamme”. El barítono Ángel Òdena es siempre un valor seguro y en su rol de Albert demostró, una vez más, su profesionalidad y maestría.
Los escolanos que integraron Leioa Kantika Korala tuvieron un acierto pleno en el canto navideño que abre y cierra esta ópera. Igual acierto fue para el casi ochote perteneciente al Coro Ópera de Bilbao.
Enric Martínez Castignani, Josu Cabero, José Manuel Díaz, Marín Barcelona y Olga Revuelta estuvieron a la altura de la magnificencia de esta gran velada lírica, en la que la luz también canta.
La música es la mejor medicina para el alma, como anclaje seguro de la belleza.























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