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Historias musicales: La única chica en la orquesta, de Orin O'Brien a Raquel Areal
Por Publicado el: 14/02/2026Categorías: Colaboraciones

Historias musicales: la dirección orquestal, ¿una profesión de riesgo?

Historias musicales: la dirección orquestal, ¿una profesión de riesgo?

El aún reciente vahído de Teodor Currentzis en su último concierto madrileño, o el colapso del director Riccardo Chailly, el pasado diciembre, durante una ópera en Milán, forman ya parte de una leyenda con ribetes de tragedia, en algunos casos, asociada al ejercicio de la batuta, que ha llegado a afectar al padre y al hijo de una misma familia de músicos.

Historias musicales: la dirección orquestal, ¿una profesión de riesgo?El aún reciente vahído de Teodor Currentzis en su último concierto madrileño, o el colapso del director Riccardo Chailly, el pasado diciembre, durante una ópera en Milán, forman ya parte de una leyenda con ribetes de tragedia, en algunos casos, asociada al ejercicio de la batuta, que ha llegado a afectar al padre y al hijo de una misma familia de músicos.

Mariss Jansons regresó de la muerte con una prórroga “in extremis”

Que la de director de orquesta es una profesión de riesgo es algo que ya saben bien, a estas alturas, Dmitri Mitropoulos, Giuseppe Sinopoli, Israel Yinon o Stefan Soltesz, todos ellos fallecidos en el acto mientras ensayaban o actuaban en óperas o conciertos. “La música remueve el fondo de nuestras emociones dominantes”, decía Ramón y Cajal, a veces con consecuencias dramáticas.

Los títulos líricos suelen ser los más peligrosos en estos casos, especialmente la mortífera Tristán e Isolda. Felix Mottl y Joseph Keilberth murieron ambos en Munich, después de haber colapsado mientras dirigían una función de la obra maestra de Wagner, separados sus decesos por varios años de distancia.

El último “accidentado”, hasta ahora, ha sido Riccardo Chailly, quien afortunadamente parece haber salvado el primer “match ball” en el último suspiro. Tras su reciente mareo en el foso, tuvo que suspenderse la segunda de las representaciones de la reciente Lady Macbeth de Shostakovich en La Scala milanesa, durante el pasado diciembre. Al fin y al cabo, lo de Teodor Currentzis en Madrid, la otra semana, no fue más que la consecuencia de una inoportuna gastroenteritis, un incidente menor.

Pero quizá el caso más peculiar de la extraña conexión entre la tarea de dirigir y la visita de la parca, que a veces también se persona a su manera inesperada en los auditorios, pertenezca a la conocida estirpe de los Jansons. Por la obstinación demostrada.

Mariss Jansons, una de las últimas leyendas de la dirección orquestal, se presentó en el mundo, concretamente en Riga, capital de Letonia, en 1943, casi de chiripa: su madre tuvo que esconderse para que los nazis, que se paseaban exterminando judíos por el gueto de la ciudad, no acabaran con aquel recién nacido como antes ya habían hecho con el tío y el abuelo, a los que eliminaron por esos días.

El padre del afortunado bebé, Arvids Jansons, también músico, había conseguido trabajo en San Petersburgo, primero como asistente y luego colaborador del mítico Evgeny Mravinski, aquel tiránico, avinagrado y excepcional director de la Filarmónica de Leningrado que nos legó, entre otras grabaciones, unas casi primigenias lecturas de las tres últimas sinfonías de Chaicovski austeras como un coral luterano, sin las dosis de azúcar acostumbradas por batutas diabéticas o propensas al sentimentalismo.

En 1965, Arvid, que logró la distinción de Artista del Pueblo de la URSS, se convirtió a los 51 años en el principal director invitado de una de las orquestas más antiguas del Reino Unido, la Hallè de Manchester. Con ella labró una larga y fructífera relación que concluyó de la manera más abrupta el 21 de noviembre de 1984. Ese día, mientras dirigía un concierto en la sede del conjunto, cayó fulminado por el infarto que lo condujo hasta el viaje definitivo.

Unos años antes, se había presentado en Palma de Mallorca con su otra agrupación, la de Leningrado, y más adelante tuvo ocasión, en futuras visitas madrileñas, de recomendarle a su amigo, el eterno promotor Alfonso Aijón, que alguna vez contratara también a su talentoso hijo Mariss.

Mientras el progenitor padecía el legendario mal carácter de Mravinsky, y a una de sus tías la encarcelaba el KGB, Mariss había logrado graduarse en el conservatorio de San Petersburgo de piano y violín. Y por las noches se distraía montando ensayos para dirigir su propia orquesta elaborada pacientemente con botones.

Al joven proyecto de director se le abrió el cielo cuando, en 1969, pudo sacudirse el polvo de la dictadura para acudir hasta la bulliciosa Viena, donde le aguardaba el taller del orfebre Hans Swarowsky, ilustre forjador de maestros de renombre como Claudio Abbado, Zubin Mehta o los españoles López Cobos, García Navarro (al que se refería como “el torerito” cada vez que le requería alguna cosa) y Gómez Martínez.

El trabajo debió de cundirle porque solo dos años más tarde, en Berlín, ganó el célebre concurso Karajan, con quien siguió estudiando, también, en Salzburgo y le animó a que perseverara en su meta. En 1973, el otro Jansons ya estaba al frente de la Filarmónica de Leningrado para poco después recalar en la de Oslo que, durante sus 21 años de titularidad, pasó de ser una modesta orquesta de segunda a convertirse en una de las formaciones punteras entre las europeas (luego recalarían allí Dudamel, Petrenko y Mäkela).

Al poco le llegarían otras encomiendas postineras, con conjuntos de aún más asentado prestigio como la Orquesta Concertgebouw de Amsterdam o la de la Radio de Baviera, aparte de las que solían invitarlo a menudo, sobre todo las filarmónicas de Berlín y Viena (con la que llegó a protagonizar tres memorables conciertos de Año Nuevo, nada que ver con el más reciente).

Así que la carrera del más joven Jansons transcurría sin demasiados contratiempos, como la había soñado, dividida entre sus compromisos internacionales y estancias entre sus hogares de Ámsterdam y San Petersburgo. Hasta que en 1996 tuvo un encuentro nada grato, aunque menos fatídico, con la dama que una década antes ya le había birlado al padre.

La función de La Bohème se encontraba a punto de concluir. No se sabe si arrebatado por el dolor implícito en sus últimos compases, él, que por naturaleza era profundamente emotivo (sus mejillas alojaban a menudo las lágrimas de su desconsuelo mientras agitaba los brazos), el caso es que en un instante se desplomó sobre el podio. Por unos compases, parecía haberse adelantado al trágico final que Puccini imaginó para uno de sus melodramas más populares y desesperados.

Mientras se lo llevaban, fiel hasta el final con un oficio concebido como apostolado, Jansons seguía en la camilla batiendo con la muñeca el pulso de la música que seguramente aún fluía en su mente, quizá como posible antídoto contra los poderes de la odiosa intrusa que había llegado hasta allí para arrebatárselo a Euterpe.

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Riccardo Chailly en un concierto con la Filarmónica de La Scala (c) José Luis Pindado – Ibermúsica

Por fortuna, esa vez, no siguió el mismo recorrido que su padre. En su caso, logró de las alturas una estimable prórroga de más de veinte años (se despidió en 2019), que le permitiría seguir ejerciendo como meticuloso alquimista de sonidos, con los cuidados indispensables.

Su exigencia durante esos años ganados a la incertidumbre de la eternidad no menguó: de sus músicos siguió requiriendo, en todo momento, el mayor de los esfuerzos, concentración y compromiso para ofrecer al público un acontecimiento único, una experiencia transformadora que lo apartase del sendero más común de lo trivial, conformista o rutinario. Pero sus tiempos se habían tornado ahora más espaciosos, demorándose en cada acento, escanciando el fraseo con renovada delicadeza como si hubiese interiorizado la revelación de que aquella podría ser su última vez.

César Wonenburger

(Publicado en El Debate)

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