Crítica: Lorenzo da Ponte era negro, la novedosa aportación de la serie “Amadeus”
Lorenzo da Ponte era negro en la nueva serie Amadeus
La nueva serie de Skyshowtime, Amadeus, que procura seguir los pasos de la célebre película de Milos Forman, naufraga con su puesta al día de aquel cotilleo que atribuye el supuesto asesinato de Mozart a la maldad del envidioso Antonio Salieri. Entre otras elecciones absurdas, desconcierta al convertir en personas negras a Lorenzo da Ponte o Franz Süssmayr, como si la Viena imperial fuese durante aquel tiempo el reflejo de cualquier gran capital europea de nuestros días.

El personaje de Lorenzo da Ponte en la nueva versión de Amadeus
La publicidad de la serie estrenada estos días, Amadeus (Skyshowtime), sostiene que Mozart vuelve ahora a estar de moda. La publicidad vive de crear estas falsas ilusiones, que a veces logran cristalizar por la mera fuerza de la insistencia. Me temo que este no es el caso.
Quizá en los 80, cuando se estrenó aquella película de Milos Forman sobre la presunta rivalidad entre el compositor Antonio Salieri y el autor de La flauta mágica, pudiera verificarse, durante un periodo breve, una suerte de “mozartmanía”: la banda sonora del filme vendió millones, como se sabe.
Y aquella, llamémosle “tendencia”, llegó incluso hasta la música pop: la constatación más evidente de que un asunto determinado ha suscitado, al menos, un cierto interés de la masa. El grupo Falco coló, durante aquellos días, la machacona canción Rock me, Amadeus hasta las mismas listas de éxitos de las radios, el termómetro más fiel de la celebridad pasajera en la época del pretérito esplendor de las ondas.
Pero ahora, el cine ya no ocupa el lugar central en el consumo de productos culturales (superado hace tiempo por los videojuegos), y se estrenan tantas series de televisión, aunque en el fondo todas sean casi la misma (siempre hay un adolescente que desaparece en la primera escena, sobre todo en las españolas), que es raro que se produzca ese consenso mayoritario entorno a una única producción audiovisual hasta convertirla en una referencia mundial; eso de lo que todo el mundo habla, al menos más allá de un par de semanas.
Así que no, Mozart seguirá cautivando a quienes hagan el esfuerzo de aproximarse al genio sin prejuicios, con interés y algo de paciencia (sus mayores óperas tienen la duración de toda una serie, como las que se ofrecen en capítulos troceados de media hora para no aburrir).
Pero, desde luego, no parece que este Amadeus, que insiste con mucho menos talento sobre la peregrina tesis del asesinato (en toda serie que se precie debe haber uno) del genio musical, consecuencia de la enfermiza envidia de Salieri, buen hombre e interesante músico, vaya a provocar ahora que el exitoso rapero caribeño Mozart La Para (existe y tiene hasta su propia película) se decida a concebir un tema inspirado en Las bodas de Figaro, quizá solo en los detalles más íntimos del enlace.
Lo más sorprendente de esta nueva producción es el celo que sus creadores han puesto en retratar la Viena imperial de José II, en pleno siglo XVIII, como si se tratara de Saint Domingue, el futuro Haití, por esos mismos días. Se supone que, durante aquella época, los únicos habitantes negros de la capital de los Habsburgo se dedicaban a las labores propias de esclavos: básicamente al servicio, y algunos pocos ejercían como músicos en las iglesias.
En cambio, en esta versión libérrima de la supuesta vida de Mozart, con una modesta banda sonora en las interpretaciones seleccionadas, Viena parece haberse convertido en una urbe moderna, multicultural, donde los africanos, o sus descendientes, ocupan lugar prominente en la corte; frecuentan el trato de las familias principales, los Thun, Greiner, Trattner, … e incluso acuden frecuentemente a la ópera, bien visibles en algunos palcos de los teatros.
Aunque lo verdaderamente delirante, en cuanto a la verosimilitud histórica, consista en el detalle de que aquí tanto Franz Xaver Süssmayr, el alumno austriaco de Mozart, aquel que le ayudó a concluir su Réquiem, como el antiguo sacerdote italiano Lorenzo da Ponte, libretista de sus óperas más importantes, también sean negros.
¿Con qué intención? El “wokismo” pretende, por ejemplo, que solo se contrate ya a intérpretes de color para interpretar a personajes como el Otelo de Verdi/Shakespeare. Al menos eso poseería cierta sólida base: en la ficción, el personaje tiene la tez oscura, y no consecuencia de un bronceado (como el difunto Berlusconi le alabó una vez a Obama). Pero ¿de dónde demonios concluyen que Da Ponte o Süssmayr, que en otro disparate de la serie abandona por unos momentos el estreno de Las bodas de Figaro para mantener relaciones con Constanze, la esposa de Mozart, eran negros?
Porque si con esta licencia dramática lo que se pretende demostrar ahora es que cualquier actor puede representar el papel que sea, sin importar su raza (antiguos agravios no se reparan con nuevas arbitrariedades que empañan la auténtica naturaleza de una historia), entonces, que no se lleven las manos a la cabeza cuando Timothée Chalamet sea requerido para protagonizar las próximas biografías filmadas de Martin Luther King o Sammy Davis, jr.























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