Obituario: Tamás Vásáry, excepcional pianista y competente director de orquesta
Tamás Vásáry, excepcional pianista y competente director de orquesta

El pianista y director Tamás Vásáry
“Falleció Tamás Vásáry esta noche. ¡Ojalá pudieras hacer un pequeño homenaje escribiendo algo sobre él!”. Son las 9 de la mañana de este soleado -en Valencia- viernes, y quien comunica la noticia y pide el “pequeño homenaje” es Pablo Galdo, pianista y amigo de Vásáry, al que llevó en reiteradas ocasiones como jurado y presidente (2017) del Concurso de piano “Ciudad de Vigo”, y al que dedicó expresamente la edición de 2021.
Fue precisamente en la ciudad gallega donde Vásáry ofreció su último recital, en 2018. El variado programa, con obras de Beethoven, Debussy, Chopin, Kodály y Schubert -cuya Fantasía en fa menor y Rondó en La mayor tocó a cuatro manos con el propio Galdo- representaba con nitidez la diversidad de su larga y fecunda carrera.
Vásáry, que contaba 93 años, fue un excepcional pianista y un más que competente director de orquesta. Tuvo una vida azarosa, cargada de vivencias. A todos nos deslumbró y maravilló en los años sesenta y setenta con aquellos tempranos elepés de Debussy o los Estudios de Chopin en Deutsche Grammophon. Pero detrás de la cara aniñada y repeinada de la portada de aquellos discos se ocultaba una persona que había sufrido guerra, persecución y exilio.
Había nacido en Debrecen (Hungría), en 1933, y su padre era senador en el Parlamento húngaro además de figura relevante de la política magiar de la época, antes de la II Guerra mundial. Como judío, y miembro de una familia muy señalada con el antiguo régimen, tras la II Guerra Mundial sufrió persecución, arresto domiciliario y miseria. Tocó en cabaret, club de jazz y acompañó a cantantes de revista. Fue uno de los máximos exponentes de la escuela pianista húngara.

Vasary ha fallecido a los 92 años tras una prolífica carrera
Niño prodigio, se había formado, como tantos grandes músicos húngaros, en la Academia Ferenc Liszt de Budapest, donde ingresó con nueve años. Allí estudió, entre otros, con Ernö Dohnányi y Zoltán Kodály, de quien fue asistente en su aula en la Academia Liszt. De ellos heredó no solo una formación musical rigurosa, sino una visión ética, estética y social en la que el arte se manifestaba como expresión fundamental de la sociedad y el pensamiento.
Su carrera concertística comenzó en 1948, cuando con 15 años gana el primer premio en el Concurso Liszt de Budapest. Años después, fue galardonado en diversos concursos internacionales, como los de Varsovia, París, Bruselas y Río de Janeiro. Tras la Revolución húngara de 1956, él y su familia abandonan Budapest y se instalan en Suiza en 1958, donde recibe el apoyo y empuje de su paisana Clara Haskil. Por otra parte, la también pianista Annie Fischer le pone en contacto con el gran director húngaro Ferenc Fricsay, quien apoya decididamente su carrera.
Es el tiempo en que firma un contrato de exclusividad de Deutsche Grammophon, que apuesta decididamente por él. Tras triunfar en Londres, en 1961, se presenta al poco tiempo en Nueva York, bajo la dirección de su también paisano George Szell. En esos primeros años sesenta, su pianismo profundo y expresivo le había ubicado como uno de los intérpretes más admirados de su generación.
Su muy amplio repertorio encontró particular afinidad con la obra de Beethoven, Schubert, Schumann, Liszt y Chopin, compositores a los que se acercaba con una equilibrada mezcla de sobriedad, lirismo, claridad expresiva y un virtuosismo que nunca quiso ser protagonista. Aparte de su dedicación al gran repertorio húngaro para piano, incursionó con éxito en otras músicas menos previsibles. Sobresaliente es su registro integral de los conciertos para piano de Rajmáninov (incluida la Rapsodia sobre un tema de Paganini), con la Sinfónica de Londres y Yuri Ahronovitch.
Su amplitud de miras le llevó a la dirección de orquesta, que compatibilizó con su carrera pianística. Como hacía ante el teclado, con la batuta trasladaba su comprensión profunda de la arquitectura musical y su sensibilidad camerística. Dirigió numerosas formaciones sinfónicas y fue durante años director principal de la Orquesta Sinfónica de la Radio Húngara, a cuyo prestigio contribuyó decisivamente. Era conocido por su gesto claro, su atención al detalle y capacidad para escuchar y estratificar las voces de la orquesta, cualidades que le granjearon el respeto de músicos y colegas.
Su presencia en España fue prodiga en los últimos decenios. En la memoria quedan, además de su presencia reiterada y entrañable en Vigo y su Concurso para piano, el conmovedor Requiem alemán de Brahms que dirigió a la Sinfónica de Berlín en noviembre de 1992 en la Catedral de Sevilla, o los conciertos que hizo, también en la capital hispalense, al frente de la Orquesta Sinfónica de Sevilla, con la cumbre de una abrasadora Quinta de Prokófiev (1991) que quedó en los anales.
Quienes lo trataron -Pablo Galdo, también su agente y amigo de siempre, Gonzalo Augusto- hablan maravillas de su afabilidad y carácter bondadoso, distante de cualquier divismo. También de su modestia y elegancia natural, que se reflejaba tanto en el escenario como fuera de él. Como otros verdaderamente grandes, Vásáry entendía la música como una vocación de largo aliento, nutrida de trabajo silencioso y fidelidad a unos valores que él nunca traicionó.
Su vida fue un ejemplo de coherencia entre pensamiento y acción. Con su muerte, el mundo de la música pierde un intérprete excepcional, cuyo nombre queda afianzado a la historia del piano y a la cultura musical. La voz de un artista insobornable para el que la fidelidad al arte fue razón de ser. Suenan sus Arabescas de Debussy en aquel lejano elepé de la juventud.
























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