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Por Publicado el: 04/04/2026Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso, Noticias

Simon Rattle encabeza una carta de protesta por la destitución de Andris Nelsons en Boston

Rattle se une a las protestas de la destitución de Nelsons en Boston. Aquí toda la historia

Hay despidos que se anuncian con la frialdad de un comunicado corporativo y que, por eso mismo, duelen el doble. El pasado 6 de marzo, la junta directiva de la Orquesta Sinfónica de Boston notificó al mundo -y de paso al propio interesado, que se enteró al mismo tiempo que el resto- que Andris Nelsons no seguiría al frente de la institución más allá del verano de 2027. La razón esgrimida: el maestro letón y la orquesta no estaban “alineados en la visión de futuro”. Palabras de manual de gestión empresarial aplicadas a una de las grandes orquestas del mundo. El lenguaje ya decía todo lo que había que saber.

Nelsons y Rattle

Nelsons y Rattle

Nelsons lleva trece años en Boston. Llegó en 2014 con 35 años, convirtiéndose en el director más joven en ocupar el cargo en más de un siglo. Ganador de cinco Grammys con la orquesta, también es desde 2018 Kapellmeister de la Gewandhaus de Leipzig. Nadie le había avisado. Nadie le había consultado. En una carta a sus músicos, reconoció que aquello no era “la decisión que esperaba ni quería”.

Los músicos de Boston lloraron entre bastidores. Al día siguiente se reunieron de urgencia y redactaron una carta de oposición a la junta. Esa misma noche protestaron desde el escenario de la única manera que saben hacerlo: entraron todos juntos, en silencio, justo antes del concierto, en lugar de afinar individualmente ante el público como dicta la costumbre. Un gesto pequeño, medido, y por eso devastador. En sus comunicados dijeron que Chad Smith —el consejero delegado venido de la Filarmónica de Los Ángeles con el encargo de “modernizar” la orquesta— ya no tenía su confianza.

La indignación cruzó el Atlántico con rapidez. Simon Rattle, titular de la Sinfónica de la Radio de Baviera en Múnich, encabezó una carta de protesta firmada junto a sus músicos en la que lamentaban “profundamente” la destitución de quien consideran “un director de excepcional talento artístico y gran profundidad musical”. La carta iba dirigida, decían, “con profundo pesar”, a los colegas de Boston. No es frecuente que una orquesta europea se pronuncie así sobre los asuntos internos de una institución norteamericana. Que lo haga la formación de Rattle dice mucho sobre la magnitud del escándalo.

El trasfondo no es difícil de leer. Chad Smith llegó de Los Ángeles con la misión de convertir Boston en algo parecido a lo que Dudamel ha hecho con la Filarmónica de Los Angeles: una orquesta dinámica, programáticamente audaz, mediáticamente visible. Nelsons, en cambio, era hombre de Beethoven, Bruckner y Shostakovich. Un músico de la vieja Europa trasplantado a Nueva Inglaterra que nunca acabó de arraigar entre los donantes ni de construir el perfil popular que durante décadas tuvo Seiji Ozawa. Que repartiera su atención entre Boston y Leipzig no ayudó. Pero que la junta no haya explicado con claridad en qué consistía exactamente esa “visión de futuro” incompatible resulta, como mínimo, una descortesía. Y como máximo, una cobardía.

Boston queda ahora con una vacante de enorme dificultad en un momento de extraordinaria agitación en las cúpulas orquestales norteamericanas. Dudamel se va a Nueva York. Welser-Möst deja Cleveland. Mäkelä asume Chicago y Ámsterdam simultáneamente en 2027. No hay candidato claro al horizonte. Y hay una junta directiva que ha deteriorado gravemente su relación con los músicos y con buena parte de la comunidad musical internacional.

Que sea Rattle quien levante la voz tiene su propia lógica. Él sabe bien lo que es pasar de Londres a Berlín, y de Berlín a Múnich, y conoce los mecanismos con que las instituciones construyen y destruyen carreras. Su firma al pie de aquella carta no es un gesto de protocolo. Es una advertencia. Gonzalo Alonso

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