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Por Publicado el: 26/01/2026Categorías: En vivo

Critica: Réquiem de Brahms en la OCNE con Josep Pons, alegría y dolor bien expresados

ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO

Brahms: Un Réquiem alemán. Katharina Konradi, soprano. José Antonio López, barítono. Orquesta Nacional. Director: Josep Pons. Auditorio Nacional, Madrid, 23 de enero de 2026.

Brahms , OCNE, Requiem. Josep Pons

Josep Pons con la OCNE

Este concierto no estaba previsto. Se había anunciado otro, incluido en la temporada de abono a cargo de la lituana Mirga Grazinyté-Tyla. Una indisposición lo impidió. Afortunadamente los astros encontraron un repuesto inmejorable: nada menos que el Réquiem alemán de Brahms con Josep Pons en el podio. Obra que los conjuntos del INAEM acaban de interpretar en el Maestranza de Sevilla.

Como ya sabemos el plan de la obra no tiene nada que ver con la tradicional misa de difuntos de la iglesia católica, por lo que el empleo de la palabra Réquiem resulta un tanto forzado, pues no hay nada en ella que pueda relacionarse directamente con la idea de plegaria ofrecida en nombre de la muerte ni se menciona en el texto el nombre de Cristo; a lo sumo el vocablo Señor, evidentemente más ambiguo. La trascendencia religiosa adopta por ello un cariz más humano y terrenal, que no le quita la espiritualidad que el compositor quería quedara evidenciada. 

La versión que hemos podido escuchar en esta ocasión ha sido más que plausible: general afinación y buen agrupamiento general, coordinación, acentuación inteligente con respeto a los tempi, claridad de texturas y adecuado control de dinámicas. Pons, durante muchos años titular del conjunto, es maestro concienzudo, de gesto original y muy orientativo en sus continuas evoluciones, a veces con la batuta batiendo en redondo. Sabe escuchar, sigue la música con atención y marca en todos los planos. Sus conceptos son serios y rigurosos.

La interpretación fue saludable, de tempi bien medidos y dinámicas muy lógicas. El primer número, Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados, con la orquesta sin violines, se inicia con una música límpida, dulce, de líneas muy simples “Muy lento y con expresión”, pedía Brahms. Así sonó en esta ocasión. Crescendo bien medido. El n.º 2, Porque toda carne es como la hierba, es un scherzo lento con movimiento de zarabanda, pero se transforma en una extraña marcha fúnebre en compás ternario que evoca una auténtica danza de los muertos pintada por Durero. Todo muy bien expuesto con un coro y una orquesta afinados y en su sitio.

Con el número 3 volvemos al mundo de la ansiedad humana representada por las palabras del barítono solista Señor, enséñame, que abren un movimiento en dos partes. El barítono, José Antonio López, voz recia, noble, oscura y comunicativa nos trasladó las palabras se los Salmos 39/5, 6, 7 y 8). El n.º 4, ¡Cuán dulces son tus moradas!, con palabras del Salmo 84, versículos 2, 3 y 5, centro radiante de la composición, un coro en forma de rondó, pastoral y beatífico, nos llegó con una curiosa acentuación en la primera parte del compás. 

El número 5 es el recuerdo de la madre muerta. un bellísimo solo de soprano con ocasionales intervenciones del coro. Estamos ante una música inefablemente lírica y tierna, cantada aquí primorosamente por la soprano lírico-ligera Katharina Konradi, voz luminosa. Quizá podría haber contrastado en mayor medida la línea vocal, que planea a veces sobre el discreto fondo del Coro.

El número 6, Pues no hay aquí ciudad eterna, clímax de la obra, una suerte de contraparte del Dies irae. está construido en progresión y alberga la segunda intervención del barítono solista, que ha de seguir un canto muy contrastado. Muy bien servido por López. Bienaventurados los muertos. Así reza la primera frase del n.º 7 y último, una especie de continuación del primero por su clima, su tonalidad, su escritura transparente y su aligerada orquestación.

El comportamiento de los conjuntos fue de alto nivel. En este final el Coro se mostró algo menos seguro, con algunos esfuerzos muy apreciables (pianos en tesitura elevada), aunque la interpretación siguiera siendo buena bajo el mando de Pons, siempre atento y volcado. En algunos instantes echamos de menos un lirismo más acusado, un fraseo más íntimo y caluroso, una espiritualidad más trascendente. Aspectos siempre de difícil consecución y de apreciación muy subjetiva. El director consiguió, brazos arriba, casi 30 segundos de silencio al terminar. Toda una hazaña.

Arturo Reverter

Un comentario

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