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Por Publicado el: 02/02/2026Categorías: Entrevistas

Roberto Alagna: “Sigo buscando el sonido perfecto que escuché por primera vez a los diez años”

A sus 43 años de carrera, Roberto Alagna continúa siendo uno de los tenores más carismáticos y singulares del panorama lírico. Desde sus inicios cantando pop en cabarets parisinos hasta su consagración en los grandes teatros de ópera, su trayectoria ha estado marcada por la intuición, la independencia y una fidelidad absoluta a su propia voz.

A sus 43 años de carrera, Roberto Alagna continúa siendo uno de los tenores más carismáticos y singulares del panorama lírico. Desde sus inicios cantando pop en cabarets parisinos hasta su consagración en los grandes teatros de ópera, su trayectoria ha estado marcada por la intuición, la independencia y una fidelidad absoluta a su propia voz.

El tenor Roberto Alagna

Recientemente ha abordado de nuevo rol de Calaf en el Covent Garden, un papel tradicionalmente vinculado a voces más dramáticas. Alagna, sin embargo, lo afronta con la naturalidad de quien entiende la flexibilidad del canto desde dentro. “Una parte es buena para ti cuando puedes cantar la ópera entera”, afirma en una reciente entrevista a OperaWire. Para él, la etiqueta de tenor lírico nunca ha sido un límite, sino un punto de partida: “El tenor lírico completo puede cantarlo todo”, recuerda citando a Gigli, Björling o Pavarotti. Su carrera, reconoce, ha sido la prueba de ello.

Su relación con el teatro londinense es larga y profunda. Evoca con emoción su debut en 1992 con La Bohème, una producción que había soñado de joven: “Es como formar parte de la historia”, dice, comparando el arte lírico con una catedral en la que cada intérprete aporta una piedra. Aquella función fue la primera de más de un centenar en la Royal Opera House, cifra que alcanzó oficialmente en 2019 con Andrea Chénier, y que hoy ya ha sobrepasado.

A lo largo de su carrera, Alagna ha lidiado con críticas que periódicamente han cuestionado el estado de su voz. Él lo observa con distancia y sin dramatismos: “La voz es la misma”, asegura. “Desde el principio recibí críticas duras, y es normal. Yo era más exigente conmigo mismo que cualquier crítico”. Lo importante, dice, es cantar con la misma sinceridad y generosidad: “En escena lo doy todo; en ese momento no puedo hacerlo mejor”. El tiempo, añade, suele desmentir los presagios fatalistas: “Cada año dicen que ya no tengo la voz, y luego escriben: ‘la voz sigue ahí’.

Aunque algunos hablan de crisis en el mundo de la ópera, Alagna defiende lo contrario: “Nunca ha sido tan popular como hoy”. La proliferación de festivales y el acceso digital a grabaciones y archivos históricos le parecen una revolución: “Antes era muy difícil escuchar ópera o encontrar referencia de grandes cantantes; hoy los jóvenes pueden estudiar horas y horas en YouTube”.

Quizá por esa defensa de la independencia, se niega a dar consejos a jóvenes cantantes. “Es muy peligroso”, asegura. Recuerda la frase de Giuseppe Di Stefano —“No me des consejos porque ya puedo equivocarme yo solo”— como una verdad profunda. Para él, cada cantante posee un “programa interior” único que debe descubrir sin interferencias. Y aun así, insiste en la necesidad de riesgo: “A veces hay que empujar la voz al límite para descubrir nuevas posibilidades. Si no, solo gestionas; no eres artista”.

A sus 62 años mantiene una forma física envidiable gracias al tai chi y al cuidado constante. Su carrera está llena de momentos que considera transformadores: Rodolfo, Cyrano de Bergerac, Pagliacci, La Scala, su disco siciliano —que vendió un millón de copias— y, sobre todo, el encuentro con Aleksandra Kurzak, su esposa, durante L’elisir d’amore. “He tenido mucha suerte”, resume.

Pero si hay un recuerdo que resume su vínculo con el canto, es uno lejano e íntimo: aquel día en Siracusa, con diez años, en la cueva Orecchio di Dionisio. Cantó una nota y sintió algo inexplicable. “Recibí el Espíritu Santo, fue como un rayo”, confiesa. Desde entonces persigue un sonido perfecto que escuchó solo una vez: “A veces lo sueño, pero al despertarme desaparece. Toda mi vida he sido y sigo siendo un intento de recuperar esa sensación”.

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