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Por Publicado el: 13/01/2026Categorías: En vivo

Crítica: ‘Schwanengesang’ de Schubert, la penumbra habitada de Matthias Goerne

El Canto del Cisne: La penumbra habitada de Matthias Goerne

Schwanengesang (El Canto del Cisne), D 957 de Schubert. Matthias Goerne, barítono y Alexander SchMalcz, piano. Círculo de Cámara. Teatro Fernando de Rojas. Círculo de Bellas Artes

Matthias Goerne y Alexander SchMalcz. Schwanengesang (El Canto del Cisne)

Matthias Goerne y Alexander SchMalcz

Hay artistas que no vienen a los escenarios sólo a cantar, sino a vivir lo que cantan. El barítono alemán Matthias Goerne pertenece a esa estirpe de músicos cuya relación con el Lied trasciende lo puramente interpretativo. Su reciente comparecencia en el Círculo de Bellas Artes junto al pianista Alexander Schmalcz para abordar el testamento schubertiano, Schwanengesang (El canto del cisne), no fue un recital al uso; fue una inmersión en las cavidades más oscuras y, a la vez, más luminosas del alma humana.

El magisterio de la densidad

Desde los primeros compases de Liebesbotschaft, quedó claro que Goerne no busca la complacencia estética del sonido “bonito” por definición. Su voz, que ha ganado con los años una pátina de roble antiguo -densa, rugosa en los extremos, pero de una flexibilidad asombrosa-, se despliega hoy con un vibrato más ancho. Es una voz que parece nacer de las profundidades de la tierra, un chorro de bronce líquido que Goerne moldea a su antojo, a veces rozando el susurro y otras estallando en un forte que sacude los cimientos de la sala.

Lo que siempre ha distinguido a Goerne es su escena. Canta con todo el cuerpo, balanceándose, cerrando los ojos, sin mirar a nadie, como si buscara las notas en un rincón privado de su memoria. Algunos detractores podrán decir que estos gestos sobran, pero en Schubert, y concretamente en este ciclo que no es ciclo, sino colección póstuma, esa entrega física es el motor de una verdad dramática incuestionable.

Schubert: Entre la luz y el abismo

El programa, dividido entre los textos de Rellstab y Heine, permitió a Goerne mostrar sus dos caras. En la sección de Rellstab, escuchamos a un barítono capaz de una línea de canto de un lirismo desgarrador. Su Ständchen fue una lección de legato, huyendo de la cursilería habitual para dotar a la serenata de una urgencia casi desesperada. Pero fue en la sección de Heine donde el recital alcanzó las mayores cotas de intensidad.

En Der Doppelgänger Goerne se detuvo el tiempo. La economía de medios, la quietud casi estatuaria y ese control del fiato le permitieron construir un clímax que daba miedo. No cantaba a un fantasma; era el fantasma. En Die Stadt Schmalcz dibujó con el piano esa atmósfera brumosa, casi impresionista, sobre la cual Goerne proyectó una voz casi despojada de armónicos, gris y gélida como el viento del mar.

Alexander Schmalcz fue el cómplice necesario. No se puede entender el triunfo de la velada sin su labor. En el Lied, el pianista no acompaña, sino que dialoga, y Schmalcz es un maestro del silencio y del matiz. Su pulsación es de una claridad cristalina, permitiendo que Schubert respire entre las frases del cantante. La compenetración entre ambos es absoluta. Se conocen, se huelen, se esperan. Hubo momentos de una elasticidad rítmica -ese rubato tan difícil de ejecutar con gusto- que solo se consiguen tras décadas de compartir escenario.

En un mundo musical cada vez más preocupado por la perfección técnica aséptica y el marketing de la imagen, Goerne se levanta como un gigante de otra época. Su Schubert no es cómodo. Es un Schubert que duele, que incomoda, que obliga al espectador a mirar hacia adentro.

Es cierto que el registro agudo ya no posee la frescura de hace veinte años,  que en algún momento la emisión puede sonar algo entubada y que el vibrato es más perceptible, pero ¿qué importa la ortodoxia técnica cuando se tiene esa capacidad de comunicación? Goerne habita cada palabra, cada sílaba de los poemas, devolviéndonos un Schwanengesang que es, a la vez, una despedida y una llegada.

Al final, el silencio que precedió a los aplausos fue el mejor testimonio del impacto de la música. Un público sobrecogido tardó varios segundos en reaccionar, consciente de haber sido testigo de algo que va mucho más allá de un concierto: una lección magistral de lo que significa ser artista.

Gonzalo Alonso

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