Valentino lo apostó todo al rojo, cuando descubrió “Carmen” en el Liceo
Valentino, el último emperador de la moda, y la ópera
Recién abandonado este valle de lágrimas, comienzan a sucederse los tributos a la figura icónica de Valentino Garavani, el último emperador de la moda. Cuando el mercado se ocupó de sacarlo de circulación porque sus sofisticados diseños resultaban demasiado costosos, el diseñador volvió a uno de sus primeros amores, la ópera. En 2016, concibió el vestuario para una nueva producción de La traviata bajo la dirección escénica de la inexperta Sofia Coppola (su tío Anton tuvo que explicarle casi hasta quién era Verdi cuando aceptó el encargo), que luego se vería, también, en el Palau de Les Arts de Valencia bajo la batuta del estupendo Ramón Tebar. Pero el detalle más relevante acerca de Valentino y su pasión lírica tiene que ver con una temprana función de Carmen a la que acudió, al principio de su carrera, en otro coliseo lírico español.

Valentino amó la ópera desde muy joven
Durante su juventud, Valentino asistió un día a la ópera en Barcelona, la ciudad española que todavía hoy ejerce la primacía lírica en este país: en medio mundo se habla ahora del triunfo, allí, de Lise Davidsen, la diva de nuestro tiempo, al haber elegido el Liceo para cantar su primera, histórica Isolda.
El día que el diseñador (que ya había nacido modisto) acudió al teatro de la Rambla ponían Carmen. Y en una de las escenas de la obra maestra de Bizet le alcanzó, como el rayo de alguna divinidad clásica, el rojo del vestuario elegido para las mujeres: coristas o figurantes.
De aquel asombro inaugural (tan español como Carmen) surgió la principal idea que lo convertiría en el último gran emperador de la moda, comprometido hasta el final de su vida con la persecución de la belleza absoluta: ya fuera en los espléndidos vestidos que concibió para las mujeres más fascinantes de su época (Audrey Hepburn, Jackie O., …) o en la preservada magnificencia de los rosales que adornaban los jardines de sus mansiones, como la que poseía cerca de la Via Appia romana, por donde solían desfilar las victoriosas legiones de César, y el lugar en el que lo encontró la parca.
En un reciente reportaje, The Guardian acumulaba fotos recientes de algunas de las espantosas producciones de ópera, como una reciente Valquiria, que se ofrecen por el mundo, a precio de oro, cuando lo que suelen aportar, en cambio, tantas veces, es basura. De manera literal.
Las imágenes del medio británico son un catálogo de los despojos, materiales de construcción o deshechos hospitalarios con los que muchas escenografías actuales pretenden ofrecer un reflejo, a través de las obras de grandes creadores del pasado (e incluso alguno actual), de lo horrible que resulta vivir en este asco de mundo que nos ha tocado; así se trate de una desenfrenada comedia de Rossini.
Si un nuevo proyecto de aquel tempranamente conmovido Valentino acudiera hoy al Liceo y cerrase los ojos volvería a congraciarse con la belleza absoluta gracias a la extraordinaria voz de Lise Davidsen, fiel intérprete de lo que Wagner quiso transmitir a través de su música.
Pero si se le ocurriera abrirlos en este u otro teatro, quizá ya nunca soñara con vestir a las señoras como primeras damas de legendarios reinos donde aún se veneraba la hermosura bien cosida al artificio que hace soñar.
Posiblemente acabaría alquilando su talento para alguna multinacional de la uniformidad despersonalizada, y si alguien le encargara diseñar el vestuario de una ópera, propondría alguna variante de los pijamas con los que tantos adolescentes acuden hoy a sus citas de fin de semana, última expresión del desenfado.






















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