Crítica: Los pianistas que dejaron huella, de Juan Miguel Moreno Calderón. Un libro imprescindible sobre el piano del siglo XX
Los pianistas que dejaron huella, de Juan Miguel Moreno Calderón
Un libro imprescindible sobre el piano del siglo XX

Juan Miguel Moreno Calderón
Cuarenta y dos semblanzas, de Rajmáninov a Zimerman, que pongan al día, en español, el canon pianístico del siglo XX: nada menos que eso pretende -y consigue- este volumen, publicado el pasado noviembre y justamente celebrado por Justo Romero en páginas anteriores de Beckmesser (“Crítica: Moreno Calderón publica un perfil exhaustivo del piano del siglo XX”, 16-12-2025). Su autor adopta como lejano modelo formal Los grandes pianistas, de Harold Schonberg (traducción española de 1990) y Grosse Pianisten in unserer Zeit (Grandes pianistas de nuestra época, 1965, nunca traducido al español), de Joachim Kaiser.
En comparación con este último, que consta de veinte semblanzas, el canon actualizado de Moreno Calderón no encuentra ya lugar de primera fila para pianistas como Curzon, Baumgartner, Casadesus, Byron Janis, Van Cliburn o Bruno L. Gelber, pero añade una exuberante lista de estrellas entre las que resultan de especial interés para el pianismo hispano, además de Martha Argerich (también tratada por Kaiser), otras como Alicia de Larrocha, Rafael Orozco, Arrau, Jorge Bolet, Barenboim o la lusa María Joao Pires.
De estilo sobrio y contenido, tal vez sin la gracia de Schonberg o la sofisticada retórica de Kaiser, pero muy bien escrita, la obra incluye en cada semblanza, además de un perfil biográfico que nunca desciende a la anécdota sensacionalista, una descripción del repertorio principal de cada pianista, una valoración estilística, valiosa bibliografía comentada y referencias audiovisuales cuando es oportuno, y, sin excepción, un exhaustivo análisis de la producción discográfica de cada uno, con énfasis en sus principales registros.
Particularmente interesantes son los comentarios sobre la estética de la interpretación pianística, que a lo largo del siglo deja atrás el pathos romántico (una línea evolutiva no exenta “de amaneramientos, sentimentalismo, improvisación y relativización del texto”, en buena medida continuada en las décadas centrales de la centuria por Cortot, Samson François o Vladimir Horowitz, que no sólo permite, sino que considera indispensable tomarse licencias con la partitura, situando al intérprete en el centro del hecho creativo).
Todo esto para abrazar un objetivismo filológico que progresivamente se impuso “con el fin de supeditar la figura del intérprete a la del compositor, mediante un pulcro respeto a la partitura”. Será ésta la línea establecida por pianistas como Schnabel, Backhaus, Kempf, Rubinstein y Arrau, hasta llegar a los Brendel, Ashkenazy o Pollini con los que culmina el siglo.
Cuando corresponde, Moreno Calderón incluye notas complementarias sobre asuntos tales como la evolución de la técnica, la historia del piano femenino o, siguiendo el hilo de los artistas elegidos, las características de cada escuela nacional, con mención especial a la ruso-soviética (Rajmáninov, Sofronitski, Horowitz, Sviatoslav Richter, Emil Guilels hasta Ashkenazy y Sokolov), austro-alemana (Schnabel, Fischer, Backhaus, Gieseking, Kempf y Serkin hasta Friedrich Gulda), húngara (Annie Fischer, András Schiff) o polaca (Rubinstein y Zimerman), todo ello sin olvidar versos sueltos como Glenn Gould ni ocultar las serias dificultades que una taxonomía basada en el concepto de escuela nacional conlleva.
Es lástima que un libro de esta importancia no haya sido editado por Almuzara (colección Sinatra/Berenice) con un índice onomástico y/o analítico que ayude al aficionado a localizar más fácilmente la información disgregada a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas de abrumadora erudición pianística. A pesar de ello, los profesionales tendrán en sus manos una fuente de información actualizada y fiable, y los amantes del piano razones suficientes para felicitarse por la compra y perseverar en su afición.

























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