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2026: año de grandes contrastes en música El calendario musical no es una simple sucesión de fechas, sino también una muestra de nuestra identidad cultural. El año 2026 nos trae un montón de efemérides que, más allá del frío dato estadístico, nos obligan a reflexionar sobre la vigencia de unos nombres que, en algunos casos, se mantienen en nuestras salas de conciertos y, en otras, cayeron en el olvido.2026: año de efemérides con grandes contrastes en música
Por Publicado el: 22/01/2026Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

El Mozart de Bilbao: Doscientos años de un sueño truncado

El Mozart de Bilbao: Doscientos años de un sueño truncado

Hay nombres en la historia de la música que se pronuncian con una mezcla de admiración y melancolía, como si el solo hecho de nombrarlos despertara el eco de lo que pudo ser y no fue. Este mes de enero de 2026, habiendo pasado inadvertido, el calendario nos sitúa ante una efeméride dolorosa: se cumplen exactamente doscientos años de la muerte de Juan Crisóstomo de Arriaga. Falleció en París, a pocos días de cumplir los veinte, dejando tras de sí una estela de genialidad que, dos siglos después, sigue asombrando por su madurez y su frescura.

El Mozart de Bilbao: Doscientos años de un sueño truncadoHay nombres en la historia de la música que se pronuncian con una mezcla de admiración y melancolía, como si el solo hecho de nombralos despertara el eco de lo que pudo ser y no fue. Este mes de enero de 2026, habiendo pasado inadvertido, el calendario nos sitúa ante una efeméride dolorosa: se cumplen exactamente doscientos años de la muerte de Juan Crisóstomo de Arriaga. Falleció en París, a pocos días de cumplir los veinte, dejando tras de sí una estela de genialidad que, dos siglos después, sigue asombrando por su madurez y su frescura.

El compositor Juan Crisóstomo de Arriaga

Arriaga no fue simplemente un niño prodigio al uso. Su figura nos invita inevitablemente a un paralelismo con Mozart que trasciende la coincidencia de haber nacido ambos un 27 de enero. Los dos poseían una rarísima precocidad musical, escribiendo óperas y sinfonías en la pubertad con una solvencia impropia de su edad.

Pero mientras Mozart tuvo tiempo de perfeccionar el clasicismo hasta sus últimas consecuencias, Arriaga lo tomó como base para insuflarle un aliento romántico temprano. Comparten esa luz melódica transparente que, sin embargo, oculta frecuentemente una cierta melancolía. Si Mozart murió joven dejando un legado inabarcable, la pérdida de Arriaga a los diecinueve años fue el truncamiento de un genio que, de haber florecido, habría reescrito la historia del sinfonismo europeo.

Fue, ante todo, una inteligencia musical superior que supo absorber el lenguaje de su tiempo para dotarlo de una luz propia, una luz que se apagó prematuramente en un modesto apartamento de la Rue Saint-Honoré, víctima de una fatiga pulmonar -o quizás de un agotamiento creativo- que nos privó de la que hubiera podido ser la voz más universal de la música española.

Nacido en Bilbao en 1806, Arriaga mostró desde la infancia una envidiable facilidad. A los trece años ya había compuesto su ópera Los esclavos felices, cuya obertura sigue siendo hoy una pieza de obligada referencia. Pero el Bilbao de la época se le quedaba pequeño. Su padre, consciente de que tenía entre manos un diamante que pulir, lo envió a París en 1821. Allí, en el Conservatorio, se encontró con la disciplina de Cherubini, un hombre seco pero sabio, que al ver el ejercicio de contrapunto del joven vasco exclamó aquello de: “Es increíble, usted sabe la música antes de aprenderla”.

¿De qué bebió Arriaga? Su música es un crisol donde se funden la claridad del clasicismo vienés y los primeros arrebatos del romanticismo francés. Es imposible escuchar su Sinfonía en re menor sin percibir la sombra de Haydn en el rigor formal, pero también un nervio que nos remite directamente a Mozart. Sin embargo, hay algo más: una tendencia a la tonalidad menor que prefigura a Schubert, a quien Arriaga, curiosamente, no pudo conocer bien.

Sus tres Cuartetos de cuerda, publicados en París en 1824, son su testamento más sólido. En ellos demuestra que no solo domina la técnica, sino que posee un mundo interior complejo. El Cuarteto n.º 1 en re menor es una obra maestra de equilibrio y tensión. Hay en sus movimientos lentos una profundidad lírica que huye de lo superficial; no hay aquí virtuosismo gratuito, sino una búsqueda constante de la belleza a través del diálogo entre los instrumentos. En Arriaga, la forma nunca asfixia al sentimiento; al contrario, parece que la estructura clásica es el único recipiente capaz de contener tal torrente de ideas.

Teatro-Arriaga

El Teatro Arriaga, que recibe su nombre del compositor

A menudo se dice que Arriaga no tuvo sucesores porque murió demasiado pronto para crear escuela. Es una verdad a medias. Aunque su influencia fue más bien una herida abierta en nuestra música, durante gran parte del siglo XIX España buscó desesperadamente un referente de música instrumental pura frente al dominio de la zarzuela. Arriaga se convirtió en ese símbolo: el ejemplo de que el genio hispano podía medirse de tú a tú con los grandes sinfonistas europeos.

Posteriormente, figuras como Jesús Guridi o el nacionalismo de principios del XX, miraron hacia él con respeto reverencial. Su sombra se proyecta en la elegancia de Turina o en la pulcritud de Rodolfo Halffter. Arriaga demostró que la música española no necesitaba de exotismos de postal para ser auténtica; bastaba con la inteligencia y el rigor.

Podemos preguntarnos qué habría pasado si Arriaga hubiera vivido cuarenta años más. ¿Habría abrazado el drama wagneriano? ¿Se habría convertido en el Brahms del sur? Es un ejercicio de música-ficción tan tentador como estéril. Lo que tenemos es lo que hay: un puñado de obras de una perfección asombrosa.

Su muerte, un 17 de enero de 1826, el mismo año en que Beethoven escribía sus últimos cuartetos, marca el fin de una era. París lo enterró en una fosa común, hoy desaparecida. Un final casi idéntico al de Mozart, cerrando un círculo poético tan cruel como fascinante. Hoy, dos siglos después, la mejor manera de homenajearlo es tocarlo: que sus notas sigan vibrando en los atriles, recordándonos que en aquel joven bilbaíno España tuvo a su músico más europeo y el mundo a uno de sus hijos más precoces.

Gonzalo Alonso

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