El Festival de Salzburgo enfrenta una edición de 2026 entre la orfandad y la plenitud
El verano salzburgués se presenta sin sin capitán: la 106ª edición del Festival de Salzburgo se presenta como un faro musical desde la orfandad de la ausencia de director artístico. Tras la reciente salida de Hinterhäuser, la cita austriaca busca alzarse como uno de los puntos neurálgicos del panorama musical del viejo continente, poniendo en foco en el arte y no las polémicas que giran en torno al devenir organizativo.

El Festival Salzburgo se enfrenta a su edición más convulsa
La programación más ambiciosa del Festival de Salzburgo en años llega precisamente en el único verano en que el festival carece de director artístico. Markus Hinterhäuser fue defenestrado el 26 de marzo con efecto inmediato, a cuatro meses de la apertura. El programa existe, las entradas están en gran medida vendidas, y la 106ª edición arrancará el 17 de julio con toda la maquinaria en marcha. La institución es tan grande que se sostiene sola. Eso es un mérito y quizás también una advertencia.
La inauguración ya es, por sí sola, una declaración de intenciones. La nueva producción de Carmen de Bizet abrirá el festival con Teodor Currentzis en el podio y escena de Gabriela Carrizo, coreógrafa y codirectora de la compañía belga Peeping Tom, conocida por sus universos oníricos y perturbadores. En el reparto: Asmik Grigorian en el papel titular —la misma artista que acaba de arrasar en el Festspielhaus de Baden-Baden con su recital de romanzen rusas—, Jonathan Tetelman como Don José, Davide Luciano como Escamillo y Kristina Mkhitaryan como Micaëla.
La combinación de Currentzis con Carrizo sobre una partitura que habitualmente se ejecuta con placidez mediterránea promete exactamente el tipo de provocación que divide al público entre los que salen exaltados y los que salen ofendidos. Eso es exactamente lo que un festival necesita en su apertura.
Si la Carmen es la apuesta popular, el evento que más expectación genera entre quienes siguen el festival desde la trinchera del riesgo artístico es el Saint-François d’Assise de Messiaen, en una nueva producción de Romeo Castellucci con dirección musical de Maxime Pascal.
El Francisco de Messiaen es, junto al Moisés y Aarón de Schönberg, la ópera del siglo XX que más desafía a quien la programa: casi cinco horas, orquesta de ciento veinte músicos, tres Ondas Martenot, un cuadro de representación del sufrimiento cristiano que requiere tanto de la fe del director escénico como de su capacidad de transformarla en imagen. Castellucci —que convirtió su Don Giovanni salzburgués de 2021 en un acontecimiento cultural debatido durante meses— sería el candidato perfecto si tuviéramos un mínimo de certeza sobre lo que va a hacer. Esa incertidumbre es su mejor aval.
El Mozart de la edición corre a cargo de Joana Mallwitz, que dirige el Così fan tutte en producción de Christof Loy con un reparto de primer orden: Elsa Dreisig, André Schuen y Lea Desandre.
Mallwitz viene directamente de los Osterfestspiele de Baden-Baden, donde acaba de inaugurar su nueva residencia con el Lohengrin de Wagner; llega a Salzburgo en el momento de mayor visibilidad de su carrera. Loy, por su parte, es el más inteligente de los directores de escena cuando trabaja con Mozart: tiene el don de hacer parecer que la acción es inevitable, que no podría ocurrir de otra manera, que cada movimiento en el escenario fue decidido por el propio Da Ponte. El Così es además la más cruel de las tres comedias da Ponte — la que termina con la pregunta suspendida en el aire, sin respuesta— y Loy sabe cómo sostener esa ambigüedad.
Elīna Garanča asume el doble papel de Ariadna y la Primadonna en la Ariadne auf Naxos de Richard Strauss, con Manfred Honeck en el podio. La Garanča es mezzosoprano, y la Ariadna es terreno de soprano dramática: el fichaje tiene algo de provocación deliberada y mucho de curiosidad legítima. Habrá que escucharla.

La soprano Asmik Grigorian ©Olivia Kahler
Cecilia Bartoli —que dirige los Conciertos de Pentecostés del mismo festival— encabeza el elenco del Il viaggio a Reims de Rossini en montaje de Barrie Kosky, con Marina Viotti en un papel relevante. Kosky es el director de escena con mayor instinto cómico del circuito internacional: la combinación con una Bartoli en estado de gracia puede resultar deliciosa. El Rossini serio lo pone Salzburgo; el Rossini divertido, estos dos.
En paralelo, el festival completa su propuesta con Werther de Massenet (Benjamin Bernheim y Marianne Crebassa), Der Prinz von Homburg de Henze —rarísima vez en escena—, Passion de Pascal Dusapin, y Lucio Silla de Mozart con la soprano catalana Sara Blanch bajo la batuta de Adam Fischer. La presencia de Blanch en el elenco salzburgués es, en sí misma, una noticia.
En el apartado sinfónico desfilan Dudamel, Muti, Thielemann, Petrenko y Nelsons —que regresa a Salzburgo a pesar del escándalo de Boston, o quizás precisamente por eso—, con la Filarmónica de Viena como orquesta residente. Hay además un homenaje transversal a György Kurtág, con su música rastreable en nueve conciertos distintos, y un ciclo dedicado a Messiaen que dialoga con la nueva producción de su ópera. Cuando un festival construye ese tipo de coherencia interior —los hilos tensados entre secciones del programa— se nota que alguien pensó en ello con tiempo. Ese alguien ya no estará este verano.
Su sucesor, a cinco de abril, sigue sin nombre. La presidenta Kristina Hammer y el director comercial Lukas Crepaz llevarán el timón este verano, lo que en términos prácticos significa que la dimensión ejecutiva cubrirá el vacío pero que la dimensión artística —la que decide qué dice Salzburgo sobre el estado de la cultura— quedará en suspenso hasta que alguien nuevo asuma.
El festival sobrevivirá. Los festivales grandes siempre sobreviven. La pregunta es si lo hará con la misma ambición o si el próximo ciclo de programación — ya sin Hinterhäuser— retrocederá hacia la seguridad del repertorio canónico y el estrellato reconocible. Salzburgo tiene fama de las dos cosas: de apostar fuerte y de caer en la complacencia. Durante nueve años, Hinterhäuser apostó fuerte. Veremos qué viene después.
El verano empieza el 17 de julio con una Carmen que va a hacer ruido. Termina el 30 de agosto. Juan Diego Flórez clausurará el festival con el mismo recital con que inaugurará la Quincena Musical de Donostia dos días después. Una misma voz para cerrar y abrir. Salzburgo ha sabido siempre dónde colocar sus goznes.






















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