Carl Maria von Weber, doscientos años después
Carl Maria von Weber, doscientos años después

Carl Maria von Weber
Una vida breve y agitada
Carl Maria von Weber nació en Eutin, en el Holstein, el 18 de noviembre de 1786, en el seno de una familia de músicos ambulantes. Su padre, Franz Anton von Weber, era director de una compañía de teatro itinerante. Su prima, Constanze Weber, había sido la esposa de Mozart, aunque la relación entre ambas familias no fue estrecha. Bajo la severa tutela de un padre ambicioso que pretendía emular el éxito temprano de Mozart, la infancia de Weber fue la de un niño arrastrado de ciudad en ciudad, sin arraigo y sin escuela fija, educado en los camerinos y en los fosos de orquesta de media Alemania.
Lo que sí tuvo fue talento precoz y buenos maestros. Michael Haydn, hermano menor del gran Joseph, lo instruyó en Salzburgo. El organista y teórico Georg Joseph Vogler lo acogió en Viena y luego en Darmstadt, y fue bajo su tutela donde Weber adquirió la solidez técnica que sus años de nomadismo habían impedido.
A los dieciséis años había compuesto ya su primera ópera. A los dieciocho dirigía el teatro de Breslau. A los veinticinco fue nombrado secretario del duque Luis de Württemberg en Stuttgart, cargo que terminó en escándalo: acusado de malversación —los cargos los planeó su propio padre, que había mezclado indebidamente fondos de la corte con los de la familia— fue expulsado del ducado en 1810.
Siguieron años de conciertos y de viajes como virtuoso del piano, instrumento en el que era reconocido como uno de los más dotados de su generación, con unas manos extraordinariamente grandes que le permitían abarcar intervalos que otros intérpretes solo podían arpegiar.
En 1813 asumió la dirección del teatro de Praga, donde durante cuatro años reformó radicalmente la programación y la disciplina artística. En 1817 fue llamado a Dresde como director de la nueva Ópera Alemana, cargo en el que se enfrentó con tenacidad —y con considerable éxito— a la hegemonía del repertorio italiano que el compositor Giovanni Morlacchi defendía desde el teatro de la corte.
En Dresde escribió sus obras más grandes. Pero la tuberculosis que lo acompañaba desde la adolescencia fue ganando la partida. En mayo de 1826 viajó a Londres para dirigir el estreno de Oberon, encargo del Covent Garden. Sabía que el viaje podía matarle. Lo hizo de todas formas. Murió en casa de su anfitrión, el cantante Sir George Smart, el 5 de junio de 1826, con treinta y nueve años. Dieciocho años después, Richard Wagner organizó el traslado de sus restos desde Londres hasta Dresde y, ante su tumba, pronunció uno de los discursos más bellos que se han escrito sobre un músico.
El nacimiento de la ópera alemana
El nombre de Weber se asocia inevitablemente a Der Freischütz, estrenada en Berlín en 1821 en medio de un entusiasmo que rozó el delirio patriótico. Alemania buscaba una identidad musical propia, un relato sonoro que no dependiera de Italia ni de Francia, y Weber le ofreció exactamente eso. Bosques oscuros, cazadores, pactos con el diablo, coros de aldeanos, melodías de inequívoco sabor popular; todo lo que el romanticismo alemán necesitaba para reconocerse en una sala de ópera.
La obertura de Der Freischütz es en sí misma una obra maestra de síntesis dramática. Sobresale la escena de la Garganta del Lobo, donde el protagonista funde balas mágicas a medianoche mientras los demonios se manifiestan en la orquesta. Supuso un hito en la historia de la música por su audaz empleo de las maderas y los metales.
Weber inventó allí una forma de usar los timbres orquestales —Las trompas evocan el mundo de la caza; los clarinetes y las cuerdas sombrías dibujan el miedo; los silencios pesan; los colores orquestales sugieren lo sobrenatural— que nadie había explorado antes con esa precisión y ese poder evocador.
Las otras dos grandes óperas completan el retrato. Euryanthe de 1823, sin números de variedades y sin diálogos hablados, es un experimento de ópera continua que anticipa el drama musical wagneriano con una audacia que su época no supo valorar del todo. Oberon, la obra del final, tiene una obertura deslumbrante y momentos de lirismo genuino aunque el libreto inglés enredase la trama, lo que el propio Weber lamentó.
Fuera de la ópera, el catálogo incluye dos conciertos para clarinete de una frescura inagotable, el Konzerstück para piano y orquesta, páginas para piano solo de un virtuosismo y una imaginación que abrieron caminos, y una cantidad considerable de música de cámara que la historia ha tratado con menos generosidad de la que merece. Asimismo, su página pianística más célebre, la Invitación a la danza, transformó el vals de una simple diversión de salón en una obra de concierto de refinada estructura
Su influencia
La influencia de Weber sobre la música posterior es más profunda de lo que los manuales suelen reconocer. Wagner lo dijo sin ambigüedad: sin Der Freischütz y sin Euryanthe, el drama musical no habría tomado la forma que tomó. La idea de que cada instrumento de la orquesta tiene una personalidad dramática propia, que el timbre es en sí mismo un argumento, viene en línea directa de Weber.
De igual modo, Héctor Berlioz admiraba con devoción la paleta orquestal del maestro alemán, hasta el punto de instrumentar la Invitación a la danza para incluirla en la versión francesa de El cazador furtivo que se presentó en París. Incluso compositores de la centuria siguiente como Igor Stravinsky o Gustav Mahler, que dirigió sus óperas con una devoción que excedía la mera obligación profesional, reconocieron en la audacia rítmica y en la transparencia tímbrica de Weber el germen de la modernidad. Brahms lo veneró.
A dos siglos de su muerte, Weber permanece como un compositor menos frecuentado de lo que merece, pero decisivo. Su grandeza no reside solo en unas cuantas páginas memorables, sino en haber mostrado que la ópera romántica podía nacer del bosque, del miedo, del sueño y de la identidad de un pueblo.




















Últimos comentarios