Crítica: Falla, Chopin y Albéniz, reflejos en la Alhambra de manos de Perianes
Falla, Chopin y Albéniz, reflejos en la Alhambra de manos de Perianes
75 FESTIVAL DE GRANADA. Recital Javier Perianes (piano). Programa: Obras de Falla, Chopin y Albéniz. Lugar: Granada, Alhambra (Patio de los Arrayanes). Fecha: 6 julio 2026.

Perianes deslumbra con su recital en la Alhambra
© Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Juegos de reflejos y espejos. De músicas y sentidos. Javier Perianes lleva meses paseando por el mundo un programa cargado de imaginación, sutileza, guiños y, sobre todo, de gran música. El primer Falla, aquel que Gerardo Diego, el poeta-músico, llamó “Premanuel de Antefalla”, frente al Chopin siempre en plenitud, con el Albéniz sublime de Iberia como colofón.
El pianismo perfecto y natural, afilado y etéreo a un tiempo, del genio de Nerva encontró marco perfecto en la noche alhambrista. El silencio habitó entre las estrellas y los mármoles de los Arrayanes, con la enorme puerta de la Torre de Comares como marco ideal y quizá como caja de resonancia de una acústica perfecta, en la que la música y sus detalles tomaron relieve y razón de ser.
Mazurcas, nocturnos, valses, canciones, Berceuse y cuatro Iberias frente a frente, reflejados en el sueño de la noche de los Arrayanes y en los dedos, en plenitud virtuosa, humanista y expresiva, de quien es -nadie que haya vivido este recital para los anales dudará de esta afirmación taxativa- un grande del piano contemporáneo. Perianes sedujo y fascinó con este programa enjundioso y penetrante, que penetra en el alma de la música para revelarla colmada de sugestión y diversidad, desde la vaporosidad impresionista de Evocación de Albéniz al nervio de la Andaluza de Falla o el ensueño y magia de la Berceuse de Chopin.
Con su fraseo de terciopelo, con esos pianísimos en el límite del silencio tan marca de la casa, y ese hechizo sonoro que le convierte en artista único en un tiempo estereotipado, Perianes viajó en el programa desde la levedad extrema del ingenuo y sencillo Nocturno que escribe Falla en Cádiz, “siendo apenas un niño”, al virtuosismo total y luminoso de la Triana albeniciana, dicha y cantada con arrojo y vigor, convertida en colofón que a buen seguro hubiera aplaudido con entusiasmo y al alimón la santa trinidad ibérica, es decir, Rafael Orozco, Esteban Sánchez y la reina Alicia de Larrocha.
Perianes planteó el programa esquivando pausas y aplausos. Todo Chopin y todo Falla en un continuo musical sin baches ni desarmonías. Es el hilo conductor de la música más pura. En su sencillez, las primeras piececillas de Falla -de las que el propio compositor renegó- encontraron sentido y razón de ser. A buen seguro que, de haberlas escuchado a Perianes en este recital, se hubiera quedado maravillado con esta música clara y directa, insuflada de magia y fuera de cualquier demagogia. Tan maravillosa y genuina como el agua traslucida que Sierra Nevada vierte en los patios, fuentes y acequias de la Alhambra.

El pianista Javier Perianes
© Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Luego, tras este monolítico bloque, y después de una pausa en la que España cerró su victoria futbolera ante Portugal, las músicas ingrávidas de Falla y Chopin encontraron sucesión en el Falla albeniciano de las Cuatro piezas españolas, que el gaditano dedica precisamente a Albéniz y compone con el “único fin” de “evocar el alma del pueblo que canta o danza”. Desde el pulso rítmico de la Aragonesa a las remembranzas de la Montañesa; de la nostalgia dulzona de la Cubana al desgarro de la Andaluza, Perianes dio fuste y empaque a estas cuatro maravillas deudoras de Iberia, y que Falla, de la mano de Ricard Viñes, dio a conocer en París, en marzo de 1909.
De las “las doce joyas admirables que bajo el nombre de Iberia nos legó nuestro Isaac Albéniz” (palabras de Falla publicadas en La Revue Musicale, en 1920), Perianes abordó con temple, fervor, virtuosismo y estilo las “joyas” de Evocación, El polo, Almeria y Triana. La sugestión quieta en forma de preludio de Evocación y el pulso de las sevillanas de Triana. En medio la melancólica sonoridad -“expressif et bien chanté”- de la copla de Almeria, enaltecida al prodigio por Perianes (¿se puede “cantar” mejor?), y la secreta tristeza de El polo, página penetrante y fatalista, tocada por el onubense con ese “espíritu de sollozo” que reclamaba Albéniz.
Fue un recital redondo. Por contenido y realización. El éxito fue, permítase por una vez el tópico, “clamoroso”. Todo desembocó en una improvisada tercera parte de programa, que ahondó, fuera de programa, aún más en los genios en paralelo de Albéniz y Falla. La muy extensa y áspera Fantasía Baetica, de Falla, pieza cumbre del pianismo español junto con la Iberia de Albéniz, fue el comienzo enjundioso de la tanda de bises. El clamor rozó el delirio tras los dos últimos y conocidos regalos: la Sevilla de Albéniz y la Danza del fuego de Falla. ¡Imagínese! Perianes bordó así, una de las noches más especiales de esta edición del Festival de Granada que ya roza su fin.

























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