La Sinfónica de Boston despide a Andris Nelsons, su alma, y ahora busca sustituto
La Sinfónica de Boston despide a Andris Nelsons, su alma, y ahora busca sustituto

Andris Nelsons
Hay una forma de matar que los anglosajones han perfeccionado hasta convertirla en arte menor: el comunicado corporativo. Sin mirarle a los ojos, sin dar la cara, sin explicar nada que no suene a folleto de máster en gestión empresarial. El pasado 6 de marzo, la junta directiva de la Orquesta Sinfónica de Boston notificó al mundo -y de paso al propio interesado, que se enteró al mismo tiempo que todos los demás- que Andris Nelsons no seguiría al frente de la institución más allá del verano de 2027. La razón esgrimida: el maestro letón y la orquesta no estaban “alineados en la visión de futuro”. Kafka habría disfrutado del episodio. Yo, menos.
Lo que nadie parece haberse preguntado en la sede de Symphony Hall es si la visión de futuro de sus gestores merece semejante pomposa denominación. Y es que los administradores de la BSO justificaron la decisión aludiendo a una “drástica caída” en la asistencia a conciertos durante los últimos veinte años, déficits estructurales, cien millones de dólares extraídos de sus reservas y noventa millones más en costes de mantenimiento pendientes en Tanglewood y Boston. Veintitrés años de problemas financieros acumulados y, claro está, la solución es evidente: echar al director musical. La lógica es impecable. Como si el Titanic hubiera decidido prescindir del capitán por llevar demasiado tiempo en el puente.
Nelsons lleva trece años en Boston. El asunto ha dolido a los músicos de la orquesta, dado el vínculo que se ha creado. Cuando regresó al Symphony Hall para los primeros ensayos tras hacerse pública la decisión, unos sesenta músicos se congregaron en los escalones del edificio y le recibieron con aplausos y vítores. Las imágenes dicen todo sobre quién tiene razón en esta historia. Los músicos han declarado públicamente que respaldan a Nelsons y que el presidente de la BSO, Chad Smith, ha perdido su “confianza y compromiso”. La flauta solista de la BSO, Lorna McGhee, fue más directa: calificó el despido de “suicidio artístico”. No es mala definición.
La indignación no se ha quedado en Boston, ni mucho menos. Simon Rattle, al frente de la Sinfónica de la Radio de Baviera en Múnich, encabezó una carta firmada junto a sus músicos en la que lamentaban “profundamente” la destitución de quien consideran “un director de excepcional talento artístico y gran profundidad musical”. A ellos se han sumado la Filarmónica de Berlín, la Orquesta de Cleveland y la Sinfónica de Chicago. La gestión de Boston ha logrado, en pocas semanas, lo que parecía imposible: poner de acuerdo a media élite orquestal internacional.
El pianista Evgeny Kissin también se ha sumado a la causa. Y ha surgido un pintoresco “Movimiento de la Rosa Roja” que circula por las redes con el apoyo del Sindicato Americano de Músicos. Más de tres mil firmas en una petición en línea y toda la temporada de Tanglewood aún por delante. La dirección de la BSO esperaba que la tormenta amainara, pero no ha amainado.
El colmo llegó en Carnegie Hall. Nelsons dirigió a la BSO en una actuación aclamada con entusiasmo desbordante, pero ni el presidente Chad Smith ni la presidenta del consejo, Barbara Hostetter, asistieron a la fiesta posterior que el propio Nelsons organizó para músicos y amigos en el Salón Rohatyn. Se lo perdieron. Lo que podría haber sido un gesto de grandeza, resultó pura mezquindad. Nelsons, por su parte, ha dicho públicamente que no quería marcharse y que no había anticipado su despido. La transparencia de la institución brilla, como se ve, por su ausencia.
Y ahora, lo siguiente, es ver quién -si lo hay- querrá sucederle y meterse en este berenjenal.
El nombre más mencionado en la prensa de Boston es el de la directora finlandesa Susanna Mälkki, con vínculos con la Filarmónica de Los Ángeles -precisamente la casa de origen del CEO Chad Smith-, cuya visita a Symphony Hall en abril adquiría un peso específico nada disimulado en el calendario de la temporada. Técnica impecable, perfil progresista, exactamente lo que busca una junta directiva que necesita parecer moderna después de haber actuado como una empresa de recortes presupuestarios. Que los criterios artísticos y los de marketing a veces confluyen no es una novedad.

Susanna Mälkki
El otro nombre sobre la mesa es Dima Slobodeniouk, quien fuera director de la Sinfónica de Galicia y el único director que ha conducido a la BSO en varias semanas de abono en los últimos dos años junto a Nelsons, con programaciones frescas y muy buena respuesta de la orquesta. Letón como Nelsons, lo cual tiene su ironía propia. Menos glamour internacional, más músico de verdad. Quizás por eso no lidera las quinielas.
Klaus Mäkelä aparece en algunas conversaciones, aunque ya hay quien le critica por acumular demasiadas orquestas simultáneamente. Boston sería la tercera o cuarta en su colección.
El problema de fondo es que ningún director de primer nivel tiene prisa por subirse a ese podio después de haber visto cómo se trata a quien lleva trece años entregado a la casa. La BSO probablemente enfrentará al menos una temporada sin director titular. Los grandes nombres observan desde la distancia con una mezcla de interés y prudencia muy comprensible. En esta profesión, la memoria es larga y los círculos, pequeños.
La junta de Boston ha convocado una audición a la que ya veremos si se presentan los mejores candidatos. Y, entre tanto, Nelsons seguirá en el podio hasta el verano de 2027, dirigiendo con la misma entrega de siempre a una orquesta que le adora y a una institución que le ha comunicado, con toda la frialdad corporativa del mundo, que sobra. Hay situaciones que no necesitan comentario. Esta es una de ellas.





















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