Crítica: William Christie redime el Festival de Arte Sacro con la ORCAM
William Christie redime el Festival de Arte Sacro con la ORCAM
Obras de Mozart y Haydn. Song Hee Lee, Helen Charlston, Moritz Kallenberg, Sreten Manojlović, Emmanuel Resche-Caserta. Con la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. William Christie, dirección musical. Auditorio Nacional. Madrid, 20 abril 2026.

William Christie se pone al frente de la ORCAM
Foto: Vincent Pontet
Hay conciertos que uno agradece casi con alivio. El Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid, que lleva años ofreciendo programas de desigual calado, deparó el domingo por la tarde en el Auditorio Nacional una de esas veladas que justifican la temporada entera. La ORCAM, bajo la batuta de William Christie, puso sobre el atril dos obras que, miradas juntas, trazan en diagonal casi medio siglo de música sacra vienesa: las Litaniae Lauretanae KV 195 de Mozart, escritas por un Wolfgang de dieciocho años todavía en Salzburgo, y la Harmoniemesse de Haydn, última de sus grandes misas, compuesta en 1802 por un anciano glorioso y casi sordo. Puro contraste entre juventud y madurez.
La primera es una obra de juventud brillante y, a ratos, desconcertante. Hay en ella una alegría casi impropia del texto mariano, como si el joven Mozart no pudiera o no quisiera disimular que disfrutar componiendo era su forma de rezar. La escritura coral es fluida, los solos tienen ya esa mezcla de intimidad y ambición teatral que será su sello, y el conjunto irradia energía.
La Harmoniemesse es otra cosa: una obra de madurez plena, casi hercúlea en su generosidad. El título viene del protagonismo inusual que Haydn otorga a los vientos -los instrumentos de Harmonie– y hay momentos, especialmente en el Agnus Dei, donde la música parece no pertenecer al siglo XVIII sino asomarse al siguiente. Dos obras, en suma, que no son el repertorio más frecuentado del Arte Sacro, y que precisamente por eso resultaron tan bienvenidas.
William Christie tiene ochenta y dos años y una carrera que cualquiera envidiaría. Fundó Les Arts Florissants en 1979 y desde entonces ha redefinido la manera en que el mundo occidental entiende el barroco vocal. Pero Christie no es un especialista que se crispa ante lo ajeno: su relación con el clasicismo vienés tiene una naturalidad que nace del respeto y no de la condescendencia.
Dirigió de memoria y sin podio, con esa gestualidad suya algo peculiar -el brazo izquierdo funciona de forma independiente, casi conversacional- y obtuvo de la orquesta una claridad de textura poco habitual en esta sala. Sin tempos caprichosos ni efectismos, con esa elegancia funcional que solo alcanza quien ya no necesita demostrar nada más y que se conserva joven a los 81 años.
Los solistas respondieron con solvencia desigual. Song Hee Lee mostró limpieza y musicalidad, con una voz de soprano lírica que encontró su mejor momento en los solos mozartianos. Helen Charlston, contralto de timbre cálido y fraseo atento, pero corta de volumen, resultó convincente en Haydn aunque algo discreta en los pasajes más expuestos. Moritz Kallenberg cubrió el papel de tenor con oficio, sin alardes. Pero exhibiendo caudal. Más discreto el barítono Sreten Manojlović que completó el grupo. El concertino Emmanuel Resche-Caserta tuvo una lúcida actuación. El Coro de la Comunidad de Madrid alcanzó sus mejores momentos en los grandes tutti haydianos, donde la masa sonora llegó a ser imponente.
Concierto que, en tiempos de tanto ruido, fue un placer escuchar.





















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