Critica: Los Estunmen, pura acción bien ilustrada
PURA ACCIÓN BIEN ILUSTRADA
Los Estunmen. Música y dirección musical: Fernando Velázquez. Libreto y dirección escénica: Nao Albet y Marcel Borrás. Cantantes, actores y figurantes. Teatros del Canal, sala Roja, 4 de junio de 2026.

Escena
Impresionante espectáculo, variado, colorista, incendiario, el ideado por Albet y Borrás, ellos mismos actores en un ambiguo papel de narradores, juzgadores y deus ex machina. Verdadero virtuosismo escénico, con idas y venidas, ascensiones, contorsiones, saltos, carreras de motos y de coches, grúas incluidas. Atosigante y nervioso. Durante casi dos horas tenemos prendida la atención sobre lo que se nos cuenta; aunque no sepamos, y quizá sea eso, lo menos importante, qué es lo que se nos cuenta.
No hay un flujo narrativo continuo, una progresión racional de los hechos, una correlación. Los cuadros, con cambios de decoración parciales, se alternan y suceden vertiginosamente. Según los autores en esta segunda parte de lo que ellos llaman “una trilogía temática que pone en diálogo prácticas de la Antigüedad con disciplinas de nuestro mundo”, el cine y la ópera “nos sirven para reflexionar sobre la violencia”. Y ellos mismos hablan de deconstrucción y peleas testosterónicas “para desentrañar los claroscuros de una de las figuras más importantes de nuestra sociedad: el héroe”.
La anécdota narrativa en el fondo es muy simple: después de la trágica muerte de su hijo Evangelina, la protagonista de la historia, inicia un viaje de no retorno en el que un conjunto de héroes le proporcionan las claves necesarias para llevar a cabo su venganza. La acción es dinamita pura, pero no existe en ella una correlación de hechos, una concatenación de acontecimientos que la haga comprensible. Los efectos puros y duros se constituyen por tanto en la base del cuento. Quedamos impactados por la pura imagen. Todo ello pareció gustar a un público entusiasta, que coreó determinadas acciones.
La música de Velázquez, siempre buen constructor y, desde su pericia cinematográfica, buen descriptor de imágenes, subraya y acompaña, delimita y refuerza. Pentagramas bien trazados y de fácil escucha, con episódicos parentescos con músicas del pasado -un poco de Beethoven, bastante de Wagner, otro poco de Britten- y de cosecha propia, pero estupendamente hecha, con momentos de bien controlada violencia, es la ideal, aunque para los tiempos que corren alguien pudiera preferir el empleo de una armonía más rompedora. Música pictórica, podríamos decir; que ilustra y embellece determinados momentos escénicos. Y que no ayuda, porque no depende de ella, a aclarar la línea argumental.
Esa música tuvo muy adecuada recreación en la bien medida dirección del propio compositor, atento a todo lo que se moviera. La Joven Orquesta Nacional de España (JONDE) lo hizo muy bien y encajó perfectamente con la dinamita escénica. Bien en general las voces solistas, generalmente dobladoras de algunos de los personajes principales, que han de practicar el play back. A destacar la de Sandra Ferrández, mezzo lírica inteligente, fraseadora y musical, que pechó con una parte más bien inclemente y llena de contrastes y saltos. Su timbre, frecuentemente perfumado, marcó las inflexiones pedidas. La actriz doblada, Nuria Lloansi, mostró desde el principio su buena disposición.
A destacar también entre las demás voces solistas, cuatro en total, la excelente presencia tímbrica del contratenor Gabriel Díaz, el temple del tenor Vicenç Esteve, la materia por pulir del también tenor José Ansaldi y el material oscuro, un tanto rudo, del bajo Josep Ferrer. Aplauso, por supuesto, para los numerosos especialistas, hasta ocho. Y el trabajo de los senadores romanos, vestidos casi siempre de esta guisa, de los propios libretistas. El hijo pequeño de Borrás también tuvo su participación en la parte final con su patinete. Arturo Reverter




















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